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10 de enero de 2012

El rey Lear, William Shakespeare


Hoy me he despertado trágica, pero mucho.
No sé si es que ya se acerca peligrosamente el fantasma de las navid...de los exámenes del primer cuatrimestre que empiezo a somatizarlo, a ponerme nerviosa y a sentirme mal.
La parte buena es que puede que sólo me dure hoy.
Así que con esta predisposición con que la Justicia Librera me ha despertado, he decidido traeros una de mis tragedias favoritas -es que no queda nadie vivo y cuando me levanto así también me dan ganas de una erradicación a nivel mundial-, venida directamente de la pluma de William Shakespeare.
El rey Lear, basada en una historia céltica anterior, una de las obras con mayor carga trágica que he leído y de la que, además, he extraído diferentes máximas para aplicarla a la vida real y fiarme y no fiarme de ciertas cosas.
Una de las últimas veces que la leí me recordó a una frase de Platón que rezaba: "La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que ama -o siente- mucho, habla poco", y cuando conozcáis a Cordelia entenderéis por qué lo digo.
El rey Lear, mayor ya y sintiéndose incapacitado para gobernar, así como deseoso de probar el amor filial, decide repartir el reino entre sus tres hijas, exigiéndoles demostrar cuánto le aman. Las mayores le adulan hipócritamente, ambiciosas de poder y territorios, mientras que la menor, Cordelia, es sincera, dice que le quiere lo que le tiene que querer, ni más ni menos. Creyendo aquí una falta de amor y, por qué no decirlo, como no alimentó su vanidad y su ego, la deshereda, y el rey de Francia la acepta aun sin dote. Mientras que las hijas mayores le traicionan -se veía venir, la verdad-, la pobre Cordelia acude a su ayuda para recuperar su reino, pero lo paga con su vida.
Aunque al final se ve la relación con la cita de Platón que os mencionaba antes, creo que sí que es importante decir lo que se siente. Está claro que no con las aviesas intenciones de las otras dos hijas, pero recordarlo no cuesta nada y se puede hacer muy feliz a la persona que nos oye.
Al margen de todo esto, que no es una reflexión de la tragedia, sino de uno de los personajes, es, tal vez, una hija de su tiempo, como una especie de advertencia a una dinastía que aún estaba asentándose y que podía adolecer de ciertas traiciones para legitimar otras ramas o tal vez proclamar un cambio de gobierno, aunque, como digo, procede de una historia anterior, me parece muy oportuno el uso de la analogía y de la alegoría que es en sí misma.
Siempre he considerado el teatro como una representación de profunda validez didáctica, y siempre he disfrutado especialmente con él, pero lo mejor es verlo puesto en escena, admito que leído puede llegar a ser un poco extraño en ocasiones, sobre todo si no tenemos cierta predisposición imaginaria en ese momento por cualquier motivo.
Por cierto, bonita portada la que os traigo, ¿no os parece?

3 que opina(n) acerca de este libro.:

Shorby dijo...

Me encanta el autor, tiene novelas míticas.
Esta la tengo pendiente, lo mismo aprovecho para el reto de 10 Clásicos =)

Besotes

Amparo Kreysa dijo...

A veces nos olvidamos de que los clásicos también existen ¡te felicito por recuperar a uno de los más grandes! Me has hecho recuperar el placer que sentí al leerlo. Gracias

Zamarat dijo...

Es una de las tragedias que tengo pendientes. Abrazo!