Os contaba hace no mucho mi desgana general por todo, a un límite que alcanzaba hasta a la lectura, y mis "reyes", al parecer, se pusieron de acuerdo para darme lo que necesitaba en ese momento, novelas gráficas, que, a pesar de que son igual de densas, imagino que todos, inconscientemente, encontramos lo que tiene dibujitos más ligero, aunque doble en páginas al mayor de nuestros libros. Art Spiegelman nos trae la biografía de un superviviente del horror nazi en Auschwitz, su propio padre, Vladek. A pesar del trazo amable, aunque tosco, el libro recoge mil y una vejaciones, crueldades y formas que nunca debería padecer una persona, y menos por algo tan banal como es la creencia. Y no es que reste valor a las creencias, sino que pienso que ninguna es más o menos que otra y que el hecho de destruir a otra sólo por no ser la misma es algo aberrante. Asimismo, y muy ligado a este tema, creo que es muy propia la animalización de caracteres, algo que consigue mostrar la diferencia y la igualdad al mismo tiempo. Spiegelman, así como lo mejor, nos trae lo peor de la humanidad, dotando a un tema que, en apariencia, pueda haber sido exprimido ya hasta la saciedad de otro enfoque, no sólo desde la perspectiva del superviviente, sino la influencia que estos hechos han tenido en él, y, aunque parezca grotesco, se ve ampliado justamente en el propio Vladek, con ese afán recaudatorio de víveres como reflejo de ese trauma tan tremendo de hambre, enfermedad, trabajos forzados y muerte que repercute en la extraña relación de amor y odio que tiene con su hijo, el autor, algo que, dibujado, hace cercana la historia al lector y hace que se enganche a ella. Se devora en un par de horas, literalmente, a pesar de toda la carga que conlleva, lo digo ya. Me ha gustado mucho el planteamiento que le ha dado, de hecho creo que en cómic no se había visto planteada esta parte tan terrible de la historia, o, por lo menos, yo no lo conozco. Creo que rebosa una intención didáctica por cada poro, a pesar de ser, en esencia, una biografía, y que este es uno de los métodos que más llegan, por lo que os comentaba de la ligereza que asociamos a los dibujos, aunque tengan tanta o más historia que una retahíla de letras. Sin embargo, debo discrepar en una cosa con la obra. Mientras que la primera parte -el tomo que por lo menos yo tengo, y que creo que es el que normalmente se comercializa, tiene las dos partes, lo que es la obra completa- me fascinó absolutamente, la segunda parte, sobre todo el principio, no me terminó de llenar. A pesar de la catarsis buscada que se advierte en toda la obra, está más que claro desde las primeras viñetas, la segunda parte comienza muy enfocada para mi gusto en el autor, que, aunque es obvio que es un protagonista ineludible dado que es hijo de Vladek y Anja, me parece que puso la parte de "humano" y de "ratón" muy cerca, casi metida con calzador. Para mi gusto, y me reitero en esto, creo que hubiera sobrado esa disquisición extraña que, aunque justifica -o lo intenta- la relación del autor con el padre, a lo mejor habría sido mejor seguir con el hilo de cosechar la historia para dibujarla después. Con todo, como digo, es un ineludible, otra forma, en fin, de entender una parte de la historia humana más cruel y, a la vez, de las más cercanas, no en vano ha sido el único cómic que ha ganado el Premio Pulitzer desde su creación ¿no creéis?
Aun a riesgo de que parezca que me precipito dadas las fechas en las que estamos, podría afirmar sin lugar a dudas que este libro, para mí al menos, ha sido el gran descubrimiento del año. Tal cual. Admito que puedo ser un poco predecible en cuanto a regalos se refiere, la gran mayoría de las veces siempre hay un libro de por medio, sobre todo si sé que se trata de personas receptivas a la lectura, y este fue uno de los casos. En momentos así, acudo a una de mis tiendas proveedoras de cultura favoritas donde siempre encuentro calma y Justicia Librera, y normalmente es la propia entrada a la tienda la que ya me ilumina. Como me suele pasar, se me fueron los ojos hacia él, y eso que iba sin saber con cuál me iba a quedar, y, cuando lo vi, de repente, todos quedaron descartados, supe que este libro de Ernest Cline, del que reconozco que lo que primero me enamoró fue la portada y después la sinopsis, era el idóneo para la persona a quien se lo regalé. Estamos en el futuro, en el que la forma de vivir se reduce a un juego de realidad virtual, OASIS, casi como si de un Second Life se tratara. Ahí la gente trabaja, va al colegio y, sobre todo, se divierte, ya que como si fuese sólo un juego de rol, los avatares, los personajes en los que se mueven los habitantes, pueden subir de nivel y, debido a estas subidas, conseguir mejoras, ya sea en vestimenta o en dinero virtual. La sociedad, por qué no decirlo, se ha ido al traste. Debido al cambio climático tan bestial, la carencia de petróleo y la crisis social en la que se han hundido, la gente huye, y la forma de huir es sumergirse en OASIS, un mundo creado con la ayuda de Ogden Morrow por James Halliday, geek al uso, que en su madurez ve cómo los valores de su juventud, es decir, los que vivió en los ochenta, se han perdido horriblemente y deja como testamento un reto a sus jugadores-habitantes, encontrar un huevo de pascua que esconde un tesoro en este mundo virtual. Este tesoro consiste en encontrar tres llaves y tres puertas, que conducen a la herencia del creador y, se sobreentiende, al control del mundo de OASIS. Al principio, como es normal, todo el mundo se desespera por encontrarlas, casi como si de una Excalibur se tratase, y poco a poco, ante la falta de resultados, va decayendo, hasta que, un día, casi por casualidad, nuestro protagonista Wade, bajo el nick de Parzival -muy propio, ¿verdad?-, encuentra el camino a la primera llave. Y como todo protagonista debe tener su antagonista, hacen acto de presencia los sixers, esbirros de IOI, una compañía que busca privatizar el juego y sólo obtener beneficios. La verdad es que no sólo me ha maravillado el contenido, sino lo que yo he interpretado como intertextualidad. En los pequeños detalles de la novela he advertido momentos que me han recordado a otras fantásticas obras del género como puede ser la incombustible «1984», que, por desgracia, es cada vez un retrato más fidedigno de la realidad que nos está tocando vivir, y «El juego de Ender», e, incluso, con «Charlie y la fábrica de chocolate», unas teorías muy personales que, mis queridos, me encantaría que en los comentarios se estableciera una suerte de debate al respecto para intercambiar opiniones e iluminarnos mutuamente. El bastión fuerte con el que juega es la nostalgia, y me explico. A mí ya me pilló tarde, porque nací en el año de la última generación cuerda ochentera, pero a quien se haya criado en esta década fantástica y tan llena de innovaciones y de cambios estoy segura de que se le removerá dentro todo un terremoto de sentimientos. No sólo por el ambiente, que aunque desarrollado en el futuro, bien parece sacado de esta época, sino por el magnífico repaso que hace a toda la cultura musical, fílmica, social y de videojuegos que nos trajeron los ochenta. Estoy segura de que si habéis crecido en esta espiral os va a encantar tanto como a mí, y eso que yo ya sólo viví retazos.
En un tiempo de capitalismo salvaje como el que vivimos, más nos valdría echar el freno, recapacitar y plantearnos si realmente esto que tenemos es lo que queremos, aunque puedo asegurar que sí que es lo que nos merecemos, por años de consumismo salvaje y descontrolado que nos han llevado a lo que ahora tenemos, aunque admito que no es nuevo, ya lo decía el grandísimo Quevedo: "Poderoso caballero es Don Dinero". Y, para que conste, no me excluyo de esta espiral autodestructiva que nos hemos impuesto con nuestras acciones. Richard Morgan nos ilustra acerca de lo que puede llegar a ser este mundo si no ponemos interés en ver el mundo de otra manera, sabiendo que otros métodos son igual de prósperos, válidos y posibles. Estamos en el futuro, un futuro no tan lejano. Es una época también de recesión, donde los totalitarismos han aflorado -algo propio de tiempos de crisis-, y, al final, la supervivencia como leitmotiv. Hay empresas que se dedican al todo por el todo, a invertir en conflictos en el tercer mundo que es más paupérrimo si cabe, en drogas, en asesinatos, inversión en riesgos lo llaman, a cambio de una importante parte del PIB del país de turno, las autopistas están privatizadas completamente, y es allí donde se desarrolla parte de la acción y donde nos ubica, por cierto, la fantástica portada; en las autopistas se produce el darwinismo socioeconómico más aterrador, los trabajadores de estas empresas de inversión, los zektivs deben luchar en ellas coche contra coche, el que mata, gana, y puede trabajar. Ya no es la supervivencia del más apto, sino que va más allá, la aptitud no es la fortaleza, es la astucia combinada con ella. Y ya no importa ni la vida ni la muerte, sino la corrupción del término «desarrollo» y los beneficios que se pueda obtener de él. Al margen de toda política me ha fascinado la forma en la que ha sido escrita. Es dura, ultraviolenta, sádica por momentos en la forma en que nos presenta el futuro, desesperanzada, y a la vez perfecta. Creo que con otro tono no habría sido mejor novela y, partiendo de sus premisas, habría sido imposible desarrollarla como se ha desarrollado en un entorno mucho más "azucarado", por decirlo de alguna manera. Y, volviendo a ella, lo cierto es que me parece una hipótesis válida. Es más, me resulta casi profético, al paso que vamos, y aunque parezca un poco pesimista o agorera, creo que, a la larga, es más que posible que acabemos en una sociedad así, si bien no de forma tan drástica, sí que creo que nos daremos cuenta cuando hayamos estirado tanto la cuerda que acabe partiéndose bajo nuestras narices. Y entonces, mis queridos, ya será demasiado tarde para todo, para todos.
Puede que la pasión casi obsesiva que dedico a las cosas que me gustan -cuando me dejan tiempo, para mi desgracia- pueda considerarse una suerte de parafilia extraña, aunque, está claro, sin ese componente sexual que lleva inherente. Una de esas cosas es un hecho en una época específica, la Segunda Guerra Mundial, y Juan Gómez-Jurado ha llegado a la parte parafílica y literaria de mi corazoncito con esta fantástica novela. Da comienzo con una anécdota. En 1940, en plena tormenta, el capitán González rescata a unos náufragos alemanes, cuyo jefe le regala, como muestra de agradecimiento, un emblema de oro, que será la puerta que abra el pasado para llevarnos a la Alemania previa al dislate nazi. Es en esta época donde aparece Paul, un chiquito huérfano de padre que vive -o sobrevive- sirviendo junto con su madre en casa de unos barones, que son sus tíos. Todo cambia para él en el momento en que se da una fiesta en esa casa. Aparece otro personaje, Alys, una chica judía, avanzada para su tiempo de mojigatería y reclusión femenina, y más aún con la que se avecinaba, con la que su tío quiere casar a su primo, antagonista de Paul, depositario de rencor, envidia y crueldad, y de la que el pobre Paul se enamora, mientras que su otro primo le confiesa que su padre no murió en combate, sino asesinado, y encima en la misma casa en la que ahora sirve. Y ahí es donde empieza, para mí, lo bueno. Ahora, tras la sorpresa inicial de la revelación, se erige en una especie de Hamlet que busca la retribución justa por la muerte, asesinato ahora, de su padre. Me ha producido algo que, últimamente, sólo me ha pasado con otro libro, uno que os traeré próximamente y que no me pasaba, aunque me hayan gustado, desde «El eterno olvido», la necesidad de terminarlo de un tirón, de conocer los últimos estertores de los personajes hechos páginas. Y os aseguro que en plena época de exámenes trasnochar no era precisamente una de mis ideas, pero no pude evitarlo, tuve que terminarlo de madrugada, y ahora que dormí un poco os traigo mis impresiones. Es muy agradable poder disfrutar de novela actual de calidad, y encima patria. Seguramente me dejo en el tintero a muchos válidos y con mi aseveración quizá lo limito un poco, pero es difícil de encontrar, por lo menos, para mi gusto, algo que no se repita hasta la saciedad, que aporte algo de variedad, aun cuando se adecúe a unos cánones que, de primeras, pueda relegarlos.
De un tiempo a esta parte suelo pasar las vacaciones de verano con unos primos de Barcelona. A la mayor le llevo como siete años, pero aun así es una chica que sorprende por su madurez. Con ella se puede hablar de cualquier cosa, tiene la mente lo suficientemente abierta como para entender y no prejuzgar, y la verdad es que en estos dos últimos veranos me ha sorprendido más que gratamente. Este último estuvimos recomendándonos lecturas mutuamente -me hizo superfeliz, lo admito-, porque le pasa como a mí, gran parte de su mochila iba llena de libros, y en un momento dado salió este de Jay Asher que, aunque como me comentó está destinado a un público juvenil, las etiquetas que los adultos ponemos no tienen por qué limitar más allá de lo que nosotros mismos dejemos que nos limiten. Hannah Baker es una chica adolescente que toma la terrible decisión de suicidarse, y decide, antes de hacerlo, convertir su nota de justificación en unas cintas de cassette que hace llegar a trece personas de las que quiere que oigan su historia. Una de estas personas es Clay Jensen, un compañero suyo de clase que, un día cualquiera, encuentra una caja a su nombre con siete de estas cintas, con la intención de que una vez las oiga, las pase a más gente para que sepan lo que pensaba y cuál fue su motivación para esa decisión una vez ha perdido toda esperanza. Sin embargo, estas peculiares notas de justificación, más que pretender enseñar a las personas destinadas que no hagan tal o cual cosa, es un poco una acusación implícita de que ellos, de una forma u otra, son causantes de todo el dolor que ha padecido y ha acabado llevándola a matarse. Como una pequeña venganza póstuma bastante cruel, la verdad, aunque para ella no menos cruel de lo que ha padecido. La cosa aquí es que lo que va explicando la desconcertante voz de Hannah, tan desconcertante como escuchar a una chica que ya ha muerto y encima por esas causas, a simple vista no parece tan grave. Son pequeños detalles, otros más grandes, claro, que van llenando un vaso de desesperación y que, una vez llega al borde, se derrama haciendo que decida morir. No nos paramos a pensar en las consecuencias de lo que hacemos, quizá yo sea la primera que no lo hace, pensamos que, tal vez, un acto de broma no puede ser tan malo, pero no nos damos cuenta de que a la otra persona le puede afectar hasta el punto de querer desaparecer para siempre, sin esperar a ver si cambian las cosas, posiblemente convencida de que es un ciclo y de que continuará aunque intente evitarlo. Aunque es un poco trágico el libro, y no hay más que ver la historia de la protagonista, me parece que es bonito. Me recordó, en cierto modo, a «Campos de fresas» de mi queridísimo Jordi Serra i Fabra, porque poniéndose en lo peor da un toque de atención muy fuerte a chicos, entorno e incluso a padres que quieran hacer llegar este libro a sus terribles adolescentes. En esas edades creemos que lo sabemos todo, que somos adultos y que nada va a afectarnos, y es precisamente lo contrario, y pienso que la lectura es una buena forma de llegar sin presionar -directamente al menos- a unos jóvenes en plena efervescencia hormonal que se toman todo a mal aunque sea por su bien.
Siguiendo el camino que comencé con «El retorno de los dragones», continúo la trilogía de las Crónicas de la Dragonlance. En la segunda parte, reanudada meses después de los hechos que cerraron el primer libro, nuestros héroes continúan con su misión. A la vez de la misión, que acaba conmoviéndoles por encontrar la tumba del legendario Huma, se van desarrollando cada vez más los personajes, se empiezan a ver los caminos que van a tomar -aunque en realidad queramos que siga siendo como lo planeamos al leer el primer tomo-, y, paradójicamente, va girando desde las aventuras hasta el misterio, cuando deben descubrir cuáles son las motivaciones ocultas de ellos mismos, casi como si a través de sus peripecias pudiéramos descubrir, a la par de ellos, cuáles son las causas que les llevan a esta o a aquella decisión. Lo único que no me gustó nada es la muerte de un personaje que era muy querido para mí. Ya sé que es un ciclo natural, no sólo la muerte, sino la muerte de un personaje. Es algo necesario para dar continuidad a la historia y para justificar los motivos de esta o aquella acción, pero, al igual que cuando lo leí la primera vez -y admito que estuve llorando horas y dejé el libro aparte y no quise leerlo más, aunque luego me pudo la curiosidad-, sigo pensando que la historia podría haber seguido con la muerte de otro personaje menos especial y que podría habérsele más jugo al que murió. La verdad es que Margaret Weis y Tracy Hickman nunca me decepcionan. Y cada vez que me introduzco en los fantásticos mundos del universo Dragonlance siempre acabo contenta y feliz, porque no es fantasía épica al uso. Podría decirse que fueron casi pioneros, y, por suerte, no han conseguido equipararles, por mucho que se hayan hecho libros absolutamente fantásticos pertenecientes al género. Siempre me resulta divertido, y reconozco que necesario, volver a los juegos de rol. Es una de las formas que tengo para comprobar cómo olvido lo que me hizo «sobrevivir» en mi adolescencia y darme un pequeño toque de atención para que no deje ir una de los pilares en los que me apoyé para superarla y, por qué no decirlo, recordarme que la literatura también podemos escribirla nosotros mismos, siendo, incluso, los personajes que decidamos ser. Porque la literatura no tiene que limitarse sólo a los libros, ¿no creéis?
Supongo que, como todos, tengo ese puntito de masoquismo que hace que, aunque me dé un miedo tremendo, lea o vea cosas que a priori podría descartar precisamente por esa razón. A mi favor tengo que decir que suplo ese masoquismo viendo las películas de terror acompañada, porque cuando lo hago necesito desesperadamente agarrarme y esconderme. Ya, ni yo misma me entiendo. Sin embargo, a pesar del miedo que a veces me da, debo reconocer que disfruto, sobre todo cuando se me presenta una novela y un protagonista tan inteligentes como los que nos ocupan, obra de Thomas Harris. ¿Quién, aunque deplore sus actos, no admira al doctor Hannibal Lecter? Es formidablemente brillante, seductor, y, lo que es más importante, tremendamente manipulador. Y como contraparte, Clarice Starling -quid pro quo, Clarice-, una alumna del FBI a la que encomiendan entrevistarle para conocer quién está detrás de unos pavorosos crímenes que asolan la ciudad y que cumple con unos patrones muy determinados, enfocándose en determinado tipo de chicas. Me parece absolutamente maravillosa la forma en la que se va estableciendo la relación entre los dos y cómo se desarrolla la investigación policial. A través de ella, de "desahogarse", por decirlo de alguna manera, con la faceta buena del psiquiatra, va paliando sus miedos y consigue resolver el caso con su ayuda. Creo que es una obra de lectura obligada. Principalmente porque aunque, como decía antes, sus actos no son lo más recomendable para llevar a cabo, hay que reconocer la tremenda elegancia con la que los desempeña, casi con la precisión de una obra de arte un tanto sui géneris con la que se deleita. E igualmente me parece fascinante la propia película, creo que sin Anthony Hopkins no hubiera sido lo mismo. Además de ser un actor maravilloso, creo que él es el que define finalmente el carácter y la actitud del doctor Lecter; de una forma memorable consigue que hasta nos identifiquemos en cierto modo con él y que aceptemos sus actos. Hasta el detalle de aprender con las vivencias del doctor Lecter que la carne humana más sabrosa es la de las mejillas tiene un punto de humor negro que me fascina.
Admito que quizá soy la menos indicada para criticar mazapaneos extremos, principalmente porque en determinados momentos yo podría hacer que le entrara diabetes a un oso amoroso -y no exagero-, pero me han superado, sí, como lo oís. Este libro consigue empalagarme hasta a mí, que, como digo, a veces parece que estoy recubierta de azúcar, así que por eso he decidido colocarlo en la infame categoría de infumables. Además, hacía mucho tiempo que no os traía uno y ya tenía ganas yo de explotar mi faceta de cabreo literario. Qué puedo decir. Este libro intenta ser un manifiesto de que el amor no tiene fronteras ni barreras, excepto las que nosotros mismos le pongamos, y el mensaje está bien, lo acepto, pero por desgracia no es todo de color tan fucsia hortero como lo que nos muestra Moccia. Y luego está la adaptación cinematográfica, que es un poco una vuelta de tuerca a lo que hablábamos del exceso, está dirigida por el propio Moccia, que eso es un punto a favor -a mi parecer- porque quién mejor que el escritor para adaptar su obra, pero eso no nos ocupa ahora mismo. Creo que de otra forma, habría dicho lo mismo y habría conseguido un mayor efecto, sin necesidad de hacer que nos salga azúcar por cada poro. Sin embargo, algo que reconozco que sí que me ha gustado es el recorrido que hace por Roma, una ciudad tan misteriosa como preciosa. De todas formas, y para que quede constancia, valoro muchísimo la valía de estos libros que hacen que miles de adolescentes en plena efervescencia hormonal descubran el maravilloso mundo de la lectura, aunque sea con ellos, pero eso no significa que mi opinión se incline hacia lo bueno, porque no me lo parecen. Por si acaso, y como mujer prevenida que me considero, recalco que esto es mi opinión, que puedo estar tremendamente equivocada y que, si consideráis que lo estoy, os animo a que me convenzáis de lo contrario, porque estoy totalmente dispuesta a releerlo y reconsiderar mi opinión si fuese necesario y comprendiera que con vuestros puntos de vista estáis en lo correcto y yo no, pero, de momento, esto es lo que pienso de este libro, sin intención de ofender a nadie.
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El porqué de este lugar
Este blog comenzó el 4 de marzo de 2009 pretendiendo ser un lugar de fomento de la lectura, que tan olvidada se encuentra en muchos casos. Aquí hago, como me gusta llamarla, pseudocrítica literaria amateur. Comento los libros que más me han llamado la atención de entre todos los que me he leído, y son muchos. Sólo soy una filóloga en formación, en proceso, que pasa por una profundísima crisis existencial de la que espero reponerme más pronto que tarde. Yo, como bien decía Borges, siempre pensé que el paraíso sería una especie de biblioteca. Soy una bibliófila empedernida, y después de algunas personas y un gato un poco loco, los libros son lo más importante de mi vida. Con estas recomendaciones, que puede que no sean las mejores del mundo, pero que, al fin y al cabo, son mías, espero evolucionar poco a poco en mi forma de expresar lo que me inspiran estos libros y en la calidad de las pseudocríticas que hago. Mi intención no es otra que transmitir mi profundo amor por los libros y la literatura. Si con alguna de mis notas, como me gusta llamarlas, os pica la curiosidad y consigo que tengáis ese libro entre las manos y lo disfrutéis, puedo darme por satisfecha. Y, por cierto, si consideráis que algún comentario está fuera de lugar, que os ataca directamente o que, quizá, alguna imagen os pertenece, o no tiene por qué ser todo «malo», sino que queráis decirme algo y no queréis que se publique o similar, no tenéis más que escribirme a lacrimaeamoris@gmail.com y lo quitaré u os contestaré sin ningún problema. Gracias por venir. Sin más, bienvenidos a mi humilde biblioteca.