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16 de noviembre de 2021

Lolita, Vladimir Nabokov


«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.» 
¿Quién puede resistirse a un comienzo así? 
En mi contra, tengo que decir que lo primero que me fascinó fue la portada —a pesar de que es una adaptación de la de la película, por eso de darle más fama al libro, atraer al cinéfilo a la literatura, al origen, a la madre primigenia— y, reconozco, que va que ni pintado en el sentido de que la inocencia de la piruleta, la despreocupación de las gafas y la sensualidad de la pose ofrecen un tácito aperitivo para lo que encontraremos dentro de sus páginas, maravilla literaria en estado puro. 
Esta novela de Vladimir Nabokov pretende narrar o justificar la historia del profesor Humbert, que deja la vieja Europa por los Estados Unidos en una suerte de sueño americano y, una vez allí, alquila una habitación en la casa de la viuda Charlotte Haze, desconociendo que ese será el principio o el fin de su cordura y su futuro. 
La hija de Charlotte, Dolores, llamada Lo o Lolita, es una niña-adolescente que le hace enamorar y obsesionar hasta tal punto que, aun habiéndose casado con su madre, en su diario refleja la realidad de sus sentimientos. 
Horrorizada, la madre huye y es atropellada, quedando la joven Lolita a cargo del profesor Humbert, que, con el tiempo, recorre Estados Unidos de motel en motel manteniendo, incluso, relaciones sexuales con la joven, que le abandonará por otro hombre. 
Esta novela me suena a predestinación o castigo moral por los «males» cometidos, al menos en su final, una suerte de justicia cuasi divina que con su acción mantiene el statu quo antes derrumbado. 
La idealización juega también un papel importante: la Lolita que nos presentan los desvaríos amorosos del profesor no es la real, es decir, es una niña en desarrollo y en una edad fatal, por tanto, es capaz de sacar de quicio a aquel que la rodea dentro de la normalidad. 
Creo que, teniendo en cuenta el erotismo y la posible intención moralizadora, pesa más la segunda, velada entre tintes que se nos presentan atrayentes, tácita entre llamadas de atención no sutiles. 
¿Qué tal leerla una tarde de lluvia? Os gustará.

27 de julio de 2019

Ada o el ardor, Vladimir Nabokov


Si algo tuve claro cuando leí «Lolita» —que os traeré con el tiempo— es que estaba delante de un grandísimo autor, un autor paradigma de lo transgresor y crítico y mordaz como él solo. 
Y no es por convención general, como habitualmente suele pasar, sino que os lo afirmo tan rotundamente y siempre bajo mi opinión porque lo he comprobado sumergiéndome de lleno en sus obras siguiendo un orden un tanto especial. 
Es cierto que comencé con la más famosa de todas, no por predilección, sino porque, obviamente, al ser la más famosa era la que sabía que iba a ser más asequible en esta ciudad en la que la carencia suele brillar por su permanente presencia, y este descubrimiento que hacía tiempo que me venían recomendando hizo estragos en mí, aunque eximiendo la palabra de cualquier sentido peyorativo. 
Vladimir Nabokov abrió en mí una nueva perspectiva de la literatura rusa que siempre había esquivado. 
La novela que os traigo hoy es la que el propio autor calificaba como su favorita, una saga familiar, un género bastante curioso en el que veo que para entender el presente de la familia hay que entender, principalmente, el pasado de sus ancestros. 
Para mí esta novela es un ejemplo de manual de lo que Nabokov puede llegar a conseguir con lo que aparentemente puede resultar tan sencillo como unas letras. Aquí sigue rompiendo moldes, los pocos que le quedaban tras haber hecho de «Lolita» su estandarte crítico. Deja lo correcto a un lado para narrar en flashback las causas del presente y, en un amor aparentemente inocente entre primos —algo que, por otro lado, en la época en la que se ambienta el libro era más habitual que ahora—, asienta las bases de algo mucho más oscuro y desconocido, producto de relaciones furtivas, del incesto más puro y de anacronismos técnicos que rozan lo divertido por cómo consigue encajarlos en años en los que ni siquiera pasaban por la cabeza de los inventores. 
Tengo que decir que me impactó. 
No solo por los temas que trata que, aparentemente, resultan hasta frívolos, sino porque consigue convertir lo que a simple vista se trata de un libro de sexo por el sexo en pensamientos de trascendencia filosófica en el sentido de que deja las miguitas justas para que construyamos en nuestra cabeza las preguntas necesarias para plantearnos el por qué de haber llegado hasta allí, de las consecuencias de los actos. 
Como bien dice el título, es el ardor en todas sus formas el que encontramos en estas páginas, y espero sinceramente que lo disfrutéis en estos días de verano.