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14 de septiembre de 2018

El cuaderno dorado, Doris Lessing


Todos tenemos momentos extraños en los que, quizá, la vida no fluye por donde nosotros queremos que lo haga, esos momentos que escapan a nuestro control y que hacen que nos replanteemos si realmente vivimos como queremos vivir o si las cosas por las que luchamos merecen la pena.
Y también creo que esa sensación es cada vez más y más frecuente en el mundo en que vivimos. 
Todo el mundo está desencantado, automatizado, dejamos que los demás piensen por nosotros ya que lo que pensamos es más que posible que no salga adelante, y precisamente porque esa sensación es la que tengo hoy he recordado que Doris Lessing escribió sobre ello una vez y que su valía como escritora la hizo ganar —a destiempo, en mi opinión— el Premio Nobel de Literatura. 
Nuestra protagonista, Anna Wulf, acaba de separarse y tiene a una pequeña hija a su cargo. Es militante de fuertes convicciones comunistas pero está desencantada, a la vez que deprimida, y esto es, en mi opinión, una de las peores combinaciones de sentimientos que puede padecer un ser humano. Y por ello necesita un nuevo punto de vista para reaccionar y afrontar su nueva realidad en la que ya nada es como antes, tiene diferentes obligaciones y ninguna es la que esperaba, algo que la acerca al límite divisorio entre la cordura y la locura.
Para salir adelante decide escribir como acto catártico, dibujar con letras cada parte diferente de su vida en distintos cuadernos que la ayudan a serenarse y comprender por qué ha llegado hasta ahí, y, mientras tanto, va escribiendo una novela, «Mujeres libres» —muy revelador, sobre todo en la situación en que se encuentra ella como personaje principal—, creando Lessing a su amparo una estructura de caja china de lo más interesante porque es como si descendiera un poco más dentro de la mente de la protagonista y de los límites de la novela, completando con ella la información de los cuadernos y la lucha de Anna. 
Mediante ellos va definiéndose Anna como personaje, justificando en cierto modo sus decisiones y, por qué no, con cierta intención didáctica, va moralizando acerca de las cuestiones que se le presentan nuevas en su vida, y va convirtiéndose a pesar de lo que pudiera parecer a primera vista en una bandera neutral de paz, alejada de la guerra de sexos en la que nadie gana, sino que todos pierden porque no se complementan.
Creo que, a pesar de la profunda decepción de la escritora que protagoniza la novela con todo lo que la rodea, lo importante acaba siendo que sigue manteniendo la esperanza de que, tal vez, en algún momento se arregle todo, y creo también que lo que ilustra esta seguridad es que para ella es casi una certeza el color del cuaderno en que escribe.
El dorado es un color alegre, quizá un poco hortera en según qué modo y contexto, pero es un color de vida, de luz, que da fuerza en última instancia, y a mí me resulta un reflejo de esas ganas por salir adelante y seguir, aunque solo se quede en la intención, y ya se sabe que la intención es, al fin y al cabo, lo que cuenta. 

12 de junio de 2018

El quinto hijo, Doris Lessing


De vez en cuando, y a pesar de que disfruto muchísimo con la ciencia ficción —no hay más que ver la anterior entrada—, me gusta sumergirme en la novela más realista porque considero que, siendo la que más se acerca a la cotidianidad, es la que provoca la reflexión más profunda sin que el lector sea consciente de ello.
Así, sin pretenderlo, mientras vamos pasando las páginas del libro en cuestión a nuestra mente acuden momentos ya vividos, decisiones ya tomadas con mayor o menor acierto.
Por lo menos a mí me pasa y lo suelo disfrutar, porque así puedo llegar a considerarme la protagonista de un libro que todavía no se ha escrito y me ayuda a alejarme del mundo y sus banalidades, porque en ese libro yo soy libre en el sentido más amplio de la palabra, y porque como soy autora y protagonista al mismo tiempo puedo modificar los sucesos presentes y futuros a mi antojo.
Quizá parezca una tontería, pero esta pequeña tontería me ha ayudado a sobrevivir mucho tiempo, especialmente cuando las cosas no iban bien.
Una de las autoras que me hacen imaginarme dentro de mi propio libro es Doris Lessing, porque escribe de una forma tan sencilla por directa y tan compleja por ser capaz de exponer cientos de sentimientos y psicologías de personajes al mismo tiempo sin que se pierda el lector en la narración que me hace pensar que el que le concedieran el Nobel fue poco.
Esta historia suele provocar rechazo inicial porque lo cierto es que parece todo tan excesivamente cotidiano que puede resultar insulso.
En ella, Harriet y David se conocen, se enamoran tanto que están seguros de que van a casarse, finalmente lo hacen y tienen cuatro hijos, y son tan tan felices que podrían vivir en una nube eterna, pero, ay, las historias bellas acaban en tragedia, y esta sucede cuando Harriet se queda embarazada de su quinto hijo. En este momento ella siente que este niño no será como los demás y no se equivoca.
Cuando Ben, así le llaman, nace, lo hace antes de tiempo. Es demasiado grande, demasiado bruto, demasiado callado y tan raro que todos le rechazan. Su comportamiento no es normal, pero ningún doctor se atreve a decir que haya algo que le haga diferente, y esta diferencia es tan palpable que es la que se convierte en su estigma, porque él también siente que no le quieren y su comportamiento es, también en parte, una forma de reclamar atención. 
Un día este comportamiento acaba resultando excesivo y le internan en una suerte de asilo, y este hecho es el que marca el punto de inflexión en la novela. Lo que antes de su nacimiento era apacible y tan simplista que rozaba el aburrimiento ahora se convierte en su antítesis, ahora todo es prácticamente una pesadilla. 
Yo, personalmente, he necesitado una relectura del libro —es cortito y se lee en poco tiempo sin problemas—, porque una vez lo terminé me sentí fatal, pero supe que debía de haber algo más que la simple crueldad. Y aunque dolorosas, las preguntas que plantea el comportamiento de todos en el libro son certeras, casi tanto como lo fue la propia Lessing escribiéndolo.
El mayor dilema es el de si su entorno le ha empeorado o si ya no había nada que hacer al respecto de Ben, si lo que somos lo somos por naturaleza o si la crianza influye, si el tener descendencia ya te predestina a querer sin condiciones a esa criatura que ha nacido de ti o si es posible que el rechazo sea tan grande que se nieguen los más puros vínculos de la naturaleza.
Desde luego no recomendaría este libro para leerlo en un momento bajo de ánimos o de nihilismo existencial porque la historia no es fácil, pero creo que en algún momento debería pasar por las manos de cada persona.
Quiero creer que los libros tienen la cualidad de hacernos mejores, y este libro es uno de los mejores ejemplos que puedo daros de esa propiedad.