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24 de octubre de 2020

Diario de invierno, Paul Auster


Para prácticamente acabar el mes, otro que cierro escribiendo aún para vosotros en este pequeño anaquel virtual que poco a poco va creciendo, nada mejor que la sordidez autobiográfica de Paul Auster, un autor que siempre me sorprende, y para bien además. 
Y si digo sordidez es con razón. 
Paul Auster no es que sea el colmo de la delicadeza o el prototipo de escritor que miente o adorna para decir la verdad, más bien al contrario, y puede que por eso me guste tanto. A veces se necesita la crudeza, un golpe de realidad que te centre. 
Si por algo se caracteriza es por su estilo directo, no exento de descripciones que podrían escandalizar al más puritano y por no guardar nada, sea bueno o malo. 
Leyendo este libro da la sensación de ser un hombre pleno, que no se arrepiente de nada, a pesar de que le pueda atormentar la situación de la vejez que ya cae sobre sus hombros.
Este libro es una mirada atrás, un balance de una persona que a pesar de ser un escritor renombrado y de éxito, es indudable, se considera casi el más vulgar de los mortales, y esta obra es su justificación, la muestra de que es un ser humano más que supo estar en el sitio correcto en el momento correcto.
Y ya sé que puede ser controvertida la elección que he hecho, por lo intimista y personal, y porque, seamos sinceros, tiene libros con más chicha que este, pero a mí me encanta leer biografías, sobre todo si son propias, porque las exageraciones suelen tender a empeorar las cosas, no a decorarlas con mitologías que luego se revelan como falaces. 
Soy de las que piensa que la verdad se encuentra en lo empeorado más que en lo mejorado, porque la imaginación puede ser traicionera y alejarse de lo sucedido y la miseria siempre estará ahí, en mayor o menor medida. 
Además, ¿quién mejor que uno mismo para contar su vida?
Para mí, este otoño acaba de comenzar, y espero que sea una época de cambios aun cuando los cambios no me gusten demasiado, pero no sé si por optimismo o por estupidez espero que el cambio haga que todo vaya a mejor y que refuerce los lazos ya tendidos y cree otros nuevos que solidifiquen y permanezcan. 

23 de diciembre de 2019

Trópico de Capricornio, Henry Miller


Si el otro día —el mes pasado, madre mía— os traía lo que constituía esta especie de compendio autobiográfico de Henry Miller hoy lo cierro con este otro Trópico. 
Como en el anterior, seguimos con las peripecias de un alter ego de Miller que recorre esta vez su juventud en Nueva York, su vida personal, su trabajo y todas las obsesiones que golpean su mente y que no le abandonan, casi como los gatos a Murakami. 
Y de nuevo la sordidez, el dolor tan extremo que solo produce indiferencia, los excesos y la duda existencial que es omnipresente.
Miller pensaba que el futuro de la literatura estaba en lo autobiográfico, no sé si porque sabía que el ser humano es morboso y cotilla por naturaleza en mayor o menor grado o porque sabía que todos los demás géneros estaban casi sobreexplotados, que la biografía era una rara avis y que el punto de vista del biografiado es quizá el más importante, pues es el único que tiene la certeza absoluta que le permite la memoria, y su obra al completo es hija de este convencimiento, aunque ya sabéis que pienso que cualquier libro, salvo los de carácter técnico, claro, tiene mucho de su autor, sea en el monólogo o personificado en algún personaje que pulule por la historia.
¿Recordáis que el otro día os hablaba de ese pesimismo existencial que se desprende de la obra? 
Pues esta vez os dejo una frase que he extraído de su lectura y que, a mi parecer, la ilustran a la perfección: «El sistema entero estaba tan podrido, era tan inhumano, tan asqueroso, tan irremediablemente corrompido y complicado que habría hecho falta un genio para darle un poco de sentido o poner orden en él [...]».
Creo que si hubiera leído este libro de adolescente habría colapsado, o tal vez no sería la misma que soy hoy, ahora, en este instante. 
Y a veces pienso que quizá no hubiera sido tan malo no serlo. 

3 de noviembre de 2019

Trópico de Cáncer, Henry Miller


De vez en cuando me gusta ir a puntos donde suele estar mal visto llegar. 
No sé si por autoconvencimiento o por cierto matiz de rebeldía que a mis treinta años aún subyace en algún punto de mi mente me gusta permitirme, de tanto en tanto, el pequeño lujo del exceso.
Y últimamente este exceso del que hablo es fundamentalmente literario.
En estos días, no sé si por la tensión de las fechas que se acercan —y las preveo durísimas, como una prueba terrible—, me decanto por autores prohibidos, olvidados, digamos... trasnochados, y la verdad es que sumergirme en este mundo realmente sórdido me ayuda a afrontar y a asumir que las cosas sucederán cuando tengan que suceder y preocuparme por ellas no va a adelantarlas o hacer que las supere con mayor o menor éxito. 
Con este libro de Henry Miller nos trasladamos al París de los años treinta, una década en la que todavía brillaban los rescoldos del oropel de los felices años veinte. Entre esos rescoldos ya surgía la llama de la guerra, y haciendo uso de un álter ego recorremos su vida, llena de detalles —algunos ciertamente escabrosos para las mentes no acostumbradas—, sin contemplaciones en cuanto al lenguaje y un monólogo interior que es el que forma el libro que no se detiene en ningún límite puesto que el autor no lo tiene y es esencialmente un texto autobiográfico cuajado de anécdotas —principalmente eróticas— y lo convierte en un libro único en su género, pues aunque hace unos años vivimos un boom de la literatura erótica, lo cierto es que en la época en la que se escribió —1934— era raro encontrar textos de este tipo sin inhibiciones de ningún tipo —permitidme el descaro.
Y a pesar de todo este erotismo, de todo este tono aparentemente desenfadado por las anécdotas, de toda esta lascivia a flor de piel —o de letra— este libro junto con su compañero «Trópico de Capricornio» —que os traeré en un tiempo— destila un tremendo pesimismo existencial, y la verdad es que la época era proclive a ello. 
Recordad que estamos en el tiempo de la vanguardia, del exceso más excesivo, del surrealismo, de explorar, de, en definitiva, poner los sentimientos a flor de piel, y eso es un arma de doble filo de manual puesto que puedes conseguir los placeres más absolutos y, al mismo tiempo, encontrarte de cara con las miserias más profundas de tu alma. 

30 de enero de 2019

La habitación de invitados, Helen Garner


Lo cierto es que esta vez no he elegido una novela fácil. Reconozco que me ha tenido rodeada de pañuelos de papel en más de una ocasión, y eso que aunque soy bastante empalagosa la mayor parte del tiempo suelo hacerme la dura con estas cosas. 
Helen Garner ha conseguido llegarme al corazoncito y hacerme llorar como una estúpida mientras a duras penas pasaba las páginas porque las lágrimas no me dejaban ver lo que había escrito.
La protagonista de la historia es ella misma, una escritora de mediana edad y prototipo de la mujer moderna, liberal y liberada, que va preparando la habitación de invitados a la que hace referencia el título para su amiga Nicola, que acude a llevar a cabo un tratamiento alternativo para un cáncer que padece pero que, sin embargo, pronto se revelará que la ha destruido más incluso de lo que ella podía llegar a sentir.
Mientras que Nicola es el arquetipo de una hija de la nueva era, por decirlo de alguna forma, que confía en métodos alternativos para algo tan tremebundo como puede ser un cáncer —que yo para un resfriado me hago todas las infusiones que haga falta, pero para un cáncer no lo veo viable—, Helen es el prototipo de quien defiende el método de la medicina química tradicional, que se enfada porque ve en la actitud de su amiga a alguien que está derrochando su vida en algo innecesario que quizá, tratado de otra forma, podría tener hasta solución. 
Y a través de estos dos caracteres opuestos, personificados cada uno por una de ellas, se exploran los misterios de la amistad, de cómo puede afectar una opinión diferente a los cimientos de la misma y cómo a la vez se dejan de lado todas estas riñas de intereses que chocan entre sí ante la inevitable llegada de la muerte que esperaba a la vuelta de la esquina en lugar de en el pueblo de al lado como podían llegar a pensar ambas.
Lo dicho. 
He llorado como una idiota mientras leía el libro porque no pensaba solo en las disertaciones casi filosóficas que se hacen acerca de la amistad, un tema que ha sido tratado hasta la saciedad desde puntos de vista quizá más asépticos. Pensaba en Nicola, consciente o inconsciente de que su vida se apagaba a marchas forzadas y que no estaba dispuesta a dejar que sus creencias se vieran destruidas precisamente en un momento en el que ya no le quedaba nada que perder porque ya estaba todo prácticamente perdido; y pensaba en Helen, en su intento por hacer razonar a Nicola, pero a la vez entendiendo que tal vez diese igual y que si era su última voluntad quizá lo mejor fuera dejar que la llevase a cabo, en su interés en mantener la amistad y al mismo tiempo no dejar que su amiga se fuese.
Es más complicado de lo que parece, ¿no creéis?

11 de diciembre de 2018

Bilbao-New York-Bilbao, Kirmen Uribe


Si el autoanálisis no me falla, aunque es posible que lo haga, creo que soy una persona bastante —demasiado— pasional. Amo y siento en exceso, no importa qué y no tengo control sobre ello, y, francamente, me importa poco.
¿A cuento de qué viene este pequeño momento de confesión? Pues a que estoy enamorada de Euskadi, de su gente, de su idioma, de su paisaje, de todo en general. Tengo la suerte de ir una vez al año y todas las personas con las que he ido me lo han dicho, la sonrisa que se me pone cuando la piso es distinta a todas las demás. 
Y por desgracia no es algo que todo el mundo entiende. Por este amor que le tengo a Euskadi he llegado al punto de intentar aprender euskera, y digo intentar porque es un proceso largo y complejo como podréis imaginar.
Evidentemente este amor se extiende a lo literario, y por eso hoy os traigo una novela de Kirmen Uribe. 
Es un librito muy curioso, ya no solo por el título, que según nos vamos adentrando en la novela descubrimos que tiene todo el sentido del mundo, sino por la forma en que está escrito. 
Liborio Uribe, después de saber que su muerte está cerca, quiere ver por última vez un cuadro de Aurelio Arteta; él ha sido toda su vida un hombre de mar y es frente a este cuadro que su nieto, Kirmen, nuestro autor, recopila y rastrea estas anécdotas de su abuelo con sus compañeros en el mar para acaso pincelar la historia de su familia en tres generaciones y escribir una novela. 
En el transcurso de un vuelo entre el aeropuerto de Bilbao y el JFK de Nueva York es donde se centra el nudo, donde las cartas, los correos electrónicos, las memorias y los diarios se combinan para culminar en esta historia buscada, en descubrir el pasado para comprender el presente y afrontar el futuro.
Me gusta esta técnica narrativa, lo reconozco.
Eso de coger de aquí y de allá, de mezclar novela con epístola, de hablar de la creación de un texto en él mismo, de ser, tal vez, el inicio de un collage literario aparentemente deshilado que acaba siendo el puzzle de tres generaciones es algo que me ha llegado. No sé si se la pueda catalogar de realista —lo cierto es que, después de mucho pensar, las etiquetas existen solo para complicarnos la vida en todos los sentidos— pero al recurrir a personajes reales creo que el asentamiento que logra es mucho más cercano que el que puede brindar un personaje poco definido psicológicamente y me explico. La vida hecha, por muchos tintes de fantasía que se le dé, tiene una base, unos cimientos que no se pueden cambiar —o sí, pero ya me entendéis— y que sirven para construir sobre ellos. Crear un personaje es muchísimo más difícil y siempre puedes olvidar algo que, aunque en apariencia innecesario, puede resultar indispensable para la resolución de la trama.
No es una novela al uso, pero quizá sea esa cualidad de inusual la que la hace merecedora de un puesto en el anaquel de cualquier biblioteca bien cultivada.