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30 de agosto de 2021

Por trece razones, Jay Asher

Hace unos años estuvimos una de mis primas y yo recomendándonos lecturas mutuamente —me hizo superfeliz, lo admito—, porque le pasa como a mí, gran parte de su mochila iba llena de libros, y en un momento dado salió este de Jay Asher que, aunque como me comentó está destinado a un público juvenil, las etiquetas que los adultos ponemos no tienen por qué limitar más allá de lo que nosotros mismos dejemos que nos limiten. 
Hannah Baker es una chica adolescente que toma la terrible decisión de suicidarse, y decide, antes de hacerlo, convertir su nota de justificación en unas cintas de cassette que hace llegar a trece personas de las que quiere que oigan su historia. 
Una de estas personas es Clay Jensen, un compañero suyo de clase que, un día cualquiera, encuentra una caja a su nombre con siete de estas cintas, con la intención de que una vez las oiga, las pase a más gente para que sepan lo que pensaba y cuál fue su motivación para esa decisión una vez ha perdido toda esperanza. 
Sin embargo, estas peculiares notas de justificación, más que pretender enseñar a las personas destinadas que no hagan tal o cual cosa, es un poco una acusación implícita de que ellos, de una forma u otra, son causantes de todo el dolor que ha padecido y ha acabado llevándola a matarse. 
Como una pequeña venganza póstuma bastante cruel, la verdad, aunque para ella no menos cruel de lo que ha padecido. 
La cosa aquí es que lo que va explicando la desconcertante voz de Hannah, tan desconcertante como escuchar a una chica que ya ha muerto y encima por esas causas, a simple vista no parece tan grave. Son pequeños detalles, otros más grandes, claro, que van llenando un vaso de desesperación y que, una vez llega al borde, se derrama haciendo que decida morir. 
No nos paramos a pensar en las consecuencias de lo que hacemos, quizá yo sea la primera que no lo hace, pensamos que, tal vez, un acto de broma no puede ser tan malo, pero no nos damos cuenta de que a la otra persona le puede afectar hasta el punto de querer desaparecer para siempre, sin esperar a ver si cambian las cosas, posiblemente convencida de que es un ciclo y de que continuará aunque intente evitarlo. 
Aunque es un poco trágico el libro, y no hay más que ver la historia de la protagonista, me parece que es bonito. 
Me recordó, en cierto modo, a «Campos de fresas» de mi queridísimo Jordi Serra i Fabra, porque poniéndose en lo peor da un toque de atención muy fuerte a chicos, entorno e incluso a padres que quieran hacer llegar este libro a sus terribles adolescentes. 
En esas edades creemos que lo sabemos todo, que somos adultos y que nada va a afectarnos, y es precisamente lo contrario, y pienso que la lectura es una buena forma de llegar sin presionar —directamente al menos— a unos jóvenes en plena efervescencia hormonal que se toman todo a mal aunque sea por su bien.

16 de agosto de 2021

La ladrona de libros, Markus Zusak

 

Normalmente tengo un sentimiento contradictorio hacia los best sellers. 
Si bien el sentimiento inicial que, inconscientemente, planea por mi mente cuando encuentro uno marcado y remarcado, aclamado a bombo y platillo, con el logotipo correspondiente es un poco de rechazo, fenómenos como los de Pendergast me hacen recapitular y decir, "eh, frena, ¡que puede ser que sea bueno!". 
Y eso me pasó con este libro de Markus Zusak. 
Aunque está dedicado al público infantil y juvenil en principio y una se va alejando de este colectivo poco a poco, no fue un impedimento para tomarlo entre mis manos cuando me lo recomendaron, y no me decepcionó. 
Lo que primero me gustó fue que el narrador, la narradora en este caso, fuera la propia Muerte. 
Es un punto de vista, desde luego, diferente en lo que se refiere a lo que estamos acostumbrados. 
Suele ser un personaje tangible, habitualmente alguien que ha "vivido" la situación o que la cuenta desde su perspectiva. 
En este caso, como digo, es un ente abstracto con una connotación muy marcada y que sirve para criticar y evaluar la locura a la que puede llegar el ser humano, y se explica en la ambientación en la Alemania nazi de la novela, contando la historia de la niña. 
También me gustó mucho el planteamiento que se mueve entre lo epistolar, el diario y la propia omnisciencia —y quién más omnisciente que la Muerte, ¿no?—, porque consituye un fantástico cuaderno casi de viaje en lo cruel que podía resultar esa época de prosperidad, sólo para los perfectos dirigidos por un líder lleno de las imperfecciones, justo aquellas contra las que luchaba, para aquellos que no se ajustaban al molde permitido. 
No hagáis como yo y os dejéis llevar por la primera vista, hay libros que engañan. 
Por cierto, la coincidencia de la elección de hoy para publicar esta revisión y la narradora del libro ha sido eso, pura coincidencia, nada premeditado. 
Palabra.

17 de julio de 2021

Peter Pan, J.M. Barrie

Quien diga que Google sólo sirve para las búsquedas, yerra, y lo digo porque un día encontré un doodle de los suyos que recordaba que era el 150 aniversario del nacimiento de J.M. Barrie, escritor de esta fantástica novelita juvenil. 
Por motivos estudiantiles que no vienen al caso, me quedé con las ganas de comentar este libro que tanta diversión me ha procurado, tanto en su adaptación cinematográfica como en esta edición de Alianza, que, por cierto, es la que tengo.
Con Peter Pan y su hada Campanilla de la mano nos adentramos a la fantasía del País de Nunca Jamás que se encuentra después de «girar en la segunda estrella, volando hasta el amanecer» en el que criaturas fantásticas, situaciones irreverentes y lo más bonito de los cuentos de hadas perviven bajo la terrible amenaza del Capitán Garfio y sus piratas. 
Allí es donde lleva Peter, que no quería crecer, a Wendy, John y Michael, para compartir sus aventuras y derrotar a la amenaza que se cernía sobre el fantástico país. 
Este libro, y en especial la caracterización de sus personajes, es fiel reflejo de la sociedad victoriana del momento. 
La descripción psicológica de cada uno de ellos se adapta a los roles que debían cumplirse, pero también a aquellos que se preferían frente a estos, y los grupos se diferencian claramente en tanto Wendy, Michael y John deciden volver y es la mano maternal de la primera la que adopta a los Niños Perdidos, pertenecientes al otro grupo, donde encontramos la delirante existencia de Nunca Jamás. 
Son situaciones y personajes contrapuestos que se complementan, así como las antítesis dotan de carácter a un texto. 
No hay que mencionar las infinitas representaciones y adaptaciones que ha tenido la novela a lo largo de su existencia. De todo tipo y de toda calidad. La de Disney, imagino, es la que todos hemos visto, de una forma u otra, y aunque esta es fantástica, yo me quedo con una posterior, la que hizo Steven Spielberg en 1991, Hook, con un maravilloso Robbie Williams en el papel de Peter Pan y un nada despreciable Dustin Hoffman —gran actor donde los haya— en el papel del malvado Capitán Garfio. Huelga decir que esta adaptación no me parece un atentado literario, ¿no? 
Por cierto, algo curioso que surgió en torno a esta historia y a la de su escritor fue la película que se hizo al respecto, más que en la historia, representando cómo surgió y por qué. Hablo de «Descubriendo nunca jamás», en la que, por cierto, también aparece Dustin Hoffman junto a un fantástico Johnny Depp y Kate Winslet.

29 de mayo de 2021

Olvidado Rey Gudú, Ana María Matute

Hace muchos, muchos años, que llegó este libro a mí, y como suele ocurrir en los grandes libros de mi vida, llegó a mí por casualidad, como si de una mano del destino se tratase y me orientase hacia él. 
Y hoy, al cabo de todos esos años, de nuevo es la casualidad es la que me inspira para esta comentar esta novela. 
Hoy estaba pensando en los libros en los que me gustaba leer cuando tenía veintipocos años, cuando la fantasía de rol se había apagado un poco —que no extinguido, pues aún hoy la disfruto— pero cuando la pasión por estos mundos de fantasía todavía seguía presente, muy presente, y enseguida este me ha venido a la cabeza, esta maravilla de Ana María Matute. 
Esta que os traigo hoy, de toda su bibliografía, es, para mí, mi favorita, y traérosla a este rincón de mi humilde biblioteca. 
Con una ambientación fantástica y medieval, con tintes feéricos y de libro de caballerías, nos regala esta joya literaria, imprescindible en cualquier anaquel que se precie. 
Es el nacimiento y expansión de un reino fantástico lo que se nos muestra, en cuya consolidación son determinantes la magia, la inocencia de una niña y lo que se antoja un juego cruel y emocionante a partes iguales; y se convierte en una maravillosa alegoría de la naturaleza humana, con su ansia de poder y de brillo sobre los demás, el miedo, el amor y la crueldad más fiera. 
El simbolismo está presente a lo largo de toda la novela, reflejado en los puntos cardinales que, contradictorios, se complementan y limitan el desarrollo del reino, aunque también lo condicionan. 
Si por algo me gusta, es por la originalidad y lo personalísimo de su devenir. 
Últimamente estoy pasando una etapa en la que necesito cosas nuevas, algo que no esté trillado hasta la saciedad y copiado a partes iguales. 
Esta novela me lo da, me da épica y época medieval, me da descubrimiento y me da trepidantes aventuras. Es fantástica en todas sus formas. 

8 de mayo de 2021

Crepúsculo, Stephenie Meyer

Si mantuviera la infame categoría de Infumables, este libro, culpable de que si ponemos en Google imágenes "crepúsculo" nos salgan fotos de vampiros bañados en brillantina en lugar de los atardeceres tan preciosos que nos brinda la vida, estaría ahí.
De todas formas, con el paso de los años, he atemperado un poco mi opinión y ahora pienso que si a alguien le gusta algo, siempre y cuando no dañe a nadie, me parece maravilloso y espero sinceramente que lo disfrute, por más que a mí no me guste. 
El caso es que, antes, me habría mostrado del todo intransigente, considerando del libro que lo único bueno es que los adolescentes saben qué significa esta palabra, desconocida, en principio, para muchos de ellos, y que ha hecho que la lectura —ah, esa gran olvidada— crezca en sectores en los que brillaba por su ausencia, pero la verdad es que para un entretenimiento anestesiado, en el que solo necesitas desconectar, es perfecto. 
También hay que admitir que, en su momento, consiguió que tiernos jovenzuelos —aunque creo que entre el sector femenino es donde más ha calado, desde luego— despreocupados, centrados únicamente en vacilar por la calle con motos, maquillajes imposibles y pantalones escasos de tela hagan el esfuerzo —¿sobrehumano?— de sentarse con un señor tocho de los que hacen historia, y no solo uno, sino cuatro; próximamente cinco, aparentemente. 
Y así estaban todas, emocionadísimas con que un vampiro se enamore de ellas y lo dé todo por ellas. Y luego vino la película. Y la histeria se multiplicó por mil. Empezó a surgir un alarmante número de adaptaciones —incluso españolas—, vampiros por todas partes, libros, series, películas... y lo que pasa es que cuando explotas demasiado un formato, se agota. Se agota y hastía. 
Así que pasaron a los zombis, que también da para hablar largo y tendido. 
Pero bueno, si bien me gustan las cosas empalagosas, esto es una vuelta de tuerca que hace que hasta a mí, a veces, me resulte grimoso, y hace unos años tenía la teoría de que haría temblar a Bram Stoker en su propia tumba. 
La historia de amor de estos vampiros llenos de purpurina, la chica en apuros y el lobezno puede llegar a ser cuestionable, pero, de nuevo, al final se trata de desconectar. 

17 de febrero de 2021

Mejor Manolo, Elvira Lindo

Ya sé que quedan muchos Manolitos en medio hasta llegar a este, pero como es el último es más seguro que os lo hayáis leído recientemente. 
Y qué diablos, no lo he podido —ni he querido— evitar. Ha sido como volver a mi infancia.
Cuando vi que Elvira Lindo, por fin, sacaba la siguiente entrega de la vida de Manolito Gafotas tuve una reacción un poco extraña e histérica. Y os preguntaréis por qué digo que fue así. 
Mi reacción natural cuando leí que habría más Manolito fue la de salir corriendo hacia mi madre dando gritos como si estuviera poseída diciéndoselo, y luego me volví al cuarto al recuperar la compostura. 
Pasional que es una.
El caso es que lo conseguí hace relativamente poco y me pasó algo raro. No podía abrirlo. 
No por nada físico, claro, sino porque me daba miedo encontrarme algo que no me hiciera gracia como antes o que me motivara a acabarlo como me pasaba cuando me leía del tirón los otros, la mayor parte de las veces uno detrás de otro, sin parar. 
Y no precisamente porque Elvira Lindo no hubiera conseguido de nuevo el "toque Manolito", sino porque yo misma hubiera cambiado de tal forma que no supiera reconocerlo, como cuando volví a probar los Huesitos, que, aunque obviamente me gustaron, me quedé decepcionada y sorprendida al mismo tiempo, sorprendida de que de pequeña me encantasen.
Pero por fin me armé de valor ayer por la tarde y debo decir que me supo a poco, me faltaron como cien páginas más. 
Ahora Manolito prefiere que le llamen Manolo, ya es un adolescente. El Imbécil ha crecido y es prácticamente un genio informático —aunque ya apuntaba maneras cuando cantaba lo de "cómo nos gusta el arroz, cantamos los japoneses, por eso nos lo comemos felices los doce meses"—, y lo que yo no me esperaba, porque me negué a leer cualquier adelanto, ¡tiene una hermana! Catalina como la madre, aunque más conocida como la Chirli, por Shirley Temple, ya sabéis, y que como ella apunta maneras de artista. 
Y con este nuevo personaje y con los antiguos como Luisa, Bernabé, el Orejones —que da una sorpresa que yo, por lo menos, no me esperaba—, el abuelo y el resto de la familia, Elvira Lindo se mete en lo más actual, en los timos por parte de empresarios que prometieron el oro y el moro y luego sólo daban deudas, en Lady Gaga, y hasta en una crítica social que pone en boca de Manolito y de su abuelo. 
Como digo, aunque me faltaron cien páginas o más, no pude dejar de reír desde que cogí el libro hasta que lo solté, así que os animo a leerlo, a que, si lo tenéis, venzáis el miedo de no saber qué esperar de vosotros mismos y a hacerle hueco completando la colección de Manolitos, que es la que vale de verdad.

15 de diciembre de 2020

El bosque de los pigmeos, Isabel Allende


Quisiera finalizar las Memorias del Águila y del Jaguar, una serie de mágica realidad que Isabel Allende nos brindó hace ya algunos años.
Si en la primera, eran Alex y Nadia los que se conocían y se adentraban en la mitología de Sudamérica para comprender qué eran y por qué eran lo que eran, esta vez es África la que se nos muestra como escenario, una África ancestral, tierra de vudú, de peligros inmateriales y misterios por resolver.
Bajo el reportaje de la abuela Kate, encontrarán, tal vez, tanto o más peligro que la vez anterior, ya que el tráfico de marfil y otras actividades clandestinas y prohibidas serán el eje de todas las amenazas a las que tengan que enfrentarse en un sistema corrompido desde las más bajas bases y movido por los poderosos que se presuponen dignos.
Los personajes han crecido junto con los lectores, si en la primera entrega nos encontramos a unos adolescentes que apenas sí sabían qué tenían que hacer o qué querían llevar a cabo, ahora están totalmente compenetrados, son capaces de manejar a su animal totémico y son ya un hombre y una mujer propiamente.
Sinceramente, creo que este libro, plagado de explicaciones, descripciones y escenarios que se pueden equiparar a la antropología menos amateur, es el punto final que mereció la saga, cerrando cabos que se presuponían olvidados y brindando al lector la capacidad de sentir que ha finalizado, junto con ellos, una etapa, un punto de inflexión entre el antes y el después de llegar estas letras a sus manos.
Aunque bueno, las etiquetas están ahí y este libro, inicialmente, se destina hacia un público mayormente juvenil, adolescente y demás, yo creo que es apto, incluso idóneo, para todo tipo de lector.
Un poco de fantasía no le viene mal a nadie. 
Los niños pueden aprender mucho, aunque haya cosas que, inevitablemente, se les escapen, y los adultos pueden recordar y disfrutar con un mundo en el que la realidad se mezcla y hace olvidar los problemas cotidianos de los que todos adolecen.
Os recomiendo la trilogía encarecidamente.

12 de noviembre de 2020

El reino del dragón de oro, Isabel Allende


Hace un par de meses, más de lo que hubiera esperado, y no es que me haya olvidado de continuarla, comencé a enseñaros esta pequeña joya de la novela hispanoamericana actual con la primera parte de esta trilogía de Isabel Allende. 
No me olvidé, es simplemente que han ido surgiendo otros libros y he ido posponiendo la segunda entrega de «Las memorias del águila y del jaguar». Pero aquí está, «El reino del dragón de oro».
Si recordáis, Alex y Nadia recorrieron el Amazonas más puro de mitología y leyendas aprendiendo en su camino que no sólo lo que tenemos por habitual es la realidad, y esta vez es al Himalaya adonde acompañan a la abuela Kate, al Reino Prohibido. Paralelamente, vamos descubriendo que en ese reino hay un dragón de oro, herencia de los monarcas de este reducto, que descubre el futuro y que es reclamado por un misterioso coleccionista del que nada se sabe pero del que se intuye que sus intenciones no son buenas, algo que se confirma con los medios que usa y a los que recurre para obtenerlo, a toda costa, y que en el Valle de los Yetis, estos antropomorfos padecen una enfermedad letal que les destruye poco a poco y les condena, sin piedad, a la desaparición.
Esta vez, las creencias ancestrales del chamán son sustituidas por las de un monje budista, que se convierte en su guía, y por el heredero del reino, depositario de estas enseñanzas y encomendado a él para aprender que los caminos de la naturaleza, la paz, y de la vida, en definitiva, no son los que transitamos cada día, sino que hay senderos alternativos mucho más pacíficos y menos dañinos para con nosotros mismos.
Es curioso porque Allende hace una contraposición entre dos mundos claramente diferenciados, el "civilizado" y el "primitivo", y no es que sea una apología del "primitivismo", en el sentido menos peyorativo de esta palabra, pero sí que se entrevé que, quizá, desprendiéndonos de cosas que podemos considerar un tesoro, nos damos cuenta de que sólo son una carga.
La naturalidad con que afronta este hecho la hace merecedora, cuando menos, de una pequeña reflexión, y yo, desde aquí, os invito a hacerla.

13 de septiembre de 2020

¡Cómo molo!, Elvira Lindo


A pesar de que, cronológicamente, no es el segundo de los libros que comprenden la saga de Manolito Gafotas, de la pluma de mi adorada Elvira Lindo, sí que lo es en cuanto a historia se refiere.
Vacaciones, algo temible, por lo menos para Manolito. 
Y no porque le pese el dejar el colegio por tres meses, ya sabemos esa relación tan peculiar que tiene Manolito con el colegio, sino porque él es el único que se queda en Carabanchel (Alto) durante el verano pasando calor mientras que sus amigos se van de vacaciones y le mandan postales para darle envidia, algo que lleva muy mal. Y hay otra cosa especial en ese verano, en septiembre, el Imbécil empezará el colegio y Manolito se erigirá como guardián protector ante tamaña afrenta, decidiendo ayudar a la señorita Estrella en su gesta de educar al pequeñajo, principalmente porque es guapa y no malvada como su sita Asunción.
Aquí vemos aún más lo especial que es Manolito y lo que puede llegar a ser la infancia, algo que se antoja plácido pero que, sin embargo, puede llegar a ser un problema, sobre todo cuando se empieza a acercar el umbral de la adolescencia. 
Su mayor deseo es que sus padres se divorcien, como los del Orejones, para que así, intentando evitarle el trauma, le den todo lo que pida, algo que, obviamente, Cata, la madre, responde a base de collejazos.
Qué queréis que os diga, me encanta. No sólo porque ofrece un retrato fantástico de la cotidianidad de un bloque de vecinos, que eso, mis queridos, da para mucho, sino porque caracteriza cada uno de los personajes en relación a su función en la novela, en la propia saga. Y aquí es el comienzo del protagonismo del Imbécil, un personaje que dará mucho juego y que pronto se acabará haciendo tan imprescindible como el abuelo Nicolás, formando un trío muy peculiar, muy unido y, sobre todo, con multitud de anécdotas y golpes de efecto.
Aun hoy, cuando ya soy bastante mayor en comparación con aquella niña que se sentaba en un rinconcito y se ponía a devorar libros como única salida, sigo disfrutando de las peripecias de nuestro Manolito y riéndome a carcajadas con sus aventuras.
Será que esa niña sigue dentro y se resiste a hacerse adulta.

30 de junio de 2020

Pobre Manolito, Elvira Lindo


Soy una fan acérrima de Manolito Gafotas, ya lo sabéis, y, aprovechando este verano tan sofocante que hace que pocas ganas tengamos de sumergirnos en los libros, a pesar de que es cuando más tiempo se tiene para hacerlo por norma general, os traigo la segunda entrega de la divertida vida de este niño de Carabanchel Alto cuyo problema principal es que es capaz de hablar y hablar hasta la extenuación, hasta marear a sus padres e incluso a su abuelo Nicolás, que ya es decir mucho.
Con todas sus coletillas, que son muchas, y esa particularísima visión del mundo con los problemas adaptados a la estatura de este niño tan adorable, vuelve a traernos sus aventuras y desventuras en un mundo en el que su padre está más ausente que presente, su madre es...pues como todas las madres supongo, tratando de educarle a base de gritos y collejas, y su abuelo lo intenta de otra manera, sin presionarle y malcriándole un poco.
A mí lo que más me gustaba eran esas disertaciones casi filosóficas que de vez en cuando le arrancan a Manolito las situaciones en las que acaba poniéndose y las descripciones de los amigos. 
Casi podías llevarlos a tu propia clase de colegio, que encontrarías al menos una de las características de sus amigos en los tuyos, y, desde luego, ese humor sano y tierno, que te hace reír a carcajadas incluso cuando estás "pastoso", como decía el propio Manolito.
Está claro que, bueno, llega un momento en el que la literatura infantil o juvenil deja de llenar. Supongo que estamos demasiado cegados por el mundo adulto y que en nuestro orgullo de madurez —que en algunos casos no es tanta— pretendemos estar por encima en cierto modo.
Yo opino lo contrario.
Si bien es cierto que hay que estar con cierta predisposición, por lo menos a mí me pasa, a veces no está de más dejar a un lado cualquier prejuicio que podamos tener en lo que se refiere a volver un poquito a los orígenes, aun cuando ya no nos hagan tanta gracia las peripecias de Manolito con sus amigos, bien porque nos las sepamos de memoria de tanto leerlas —como es mi caso—, bien porque nuestro sentido del humor, junto con nosotros, ha evolucionado. 
Pero coger un libro de estas características cuando estamos sobrepasados por el estrés, por el agobio del trabajo —o de no tenerlo— o incluso por los quehaceres cotidianos, es una oportunidad muy buena de intentar alimentar un poquito al niño que, aunque olvidado, llevamos dentro, ¿no creéis?

4 de febrero de 2020

El Principito, Antoine de Saint-Exupéry.


La otra tarde, sin nada que hacer, decidí echarle un ojo a la estantería, a ver qué encontraba; esa vieja estantería que lleva aquí casi desde que tengo memoria y que me ha dado tantos paisajes, tantas vidas, tantos momentos inolvidables.
Recorriéndola encontré este maravilloso libro de Antoine de Saint-Exupéry, amado y odiado a partes iguales, «El Principito», sonreí para mis adentros, lo reconozco, supongo que sería la niña que aún sigue por alguna parte y que se alegró de encontrarlo.
Lo volví a leer una vez más, y, nuevamente, obtuve cosas maravillosas, siempre me pasa que, cuando releo un libro, encuentro en él textos diferentes, puntos de vista distintos, «nunca te bañarás dos veces en el mismo río», que decía Heráclito, si mal no recuerdo.
Una vez superada la alegría inicial, volvió a planear sobre mí la tristeza que sentía en ese momento, y, entre sus hojas, encontré lo que necesitaba oír —leer, en este caso—. Se lo dice la flor al Principito cuando éste se marcha, cuando no quiere que la cubra para protegerla, muy convencida, le comenta: «Será necesario que soporte dos o tres orugas si quiero conocer las mariposas...».
Sí, es justo lo que necesitaba oír.
A través de sus letras, y como ya dije antes, resurgió la niña que llevo dentro y que pensaba que estaba profundamente dormida. Bajo la apariencia de un simple cuento, porque, tal vez, a ojos profanos pueda parecerlo, se esconden grandes enseñanzas sobre la vida, la amistad y el amor.
Nunca está de más eso de viajar hacia el interior de uno mismo, y menos si es la lectura la que te conduce.
Parece que cuando traigo libros de este tipo recurro casi siempre a lo mismo, a eso de leer textos aparentemente infantiles para recobrarnos a nosotros mismos —y, que tal vez, parezca por mis palabras que he vivido demasiado como para esperar a la huesuda— pero he comprobado, tras mucho viajar a mis adentros, que es como mejor se está.
Las palabras de Saint-Exupéry parecen caricias al aire, recibidas al leerlas, y la ternura del principito, que aprende que «lo esencial es invisible a los ojos», logra encender una llama de esperanza. 
Lo de la esperanza viene a que, casualmente, cada vez que lo leo, estoy triste, pero acaba pasándose.

12 de septiembre de 2019

La ciudad de las bestias, Isabel Allende


Revolviendo entre mis libros —algo que suelo hacer con bastante frecuencia sin ningún motivo en especial, si bien ahora ocurre que lo estoy haciendo porque estoy limpiando la estantería para hacer sitio— y soplando un poco de polvo de sus cubiertas he vuelto por un momento a mi adolescencia más ansiosa de comprensión y libertad. Esta necesidad se vio compensada por parte del realismo mágico, y en este caso fue de la mano de mi queridísima Isabel Allende.
Este libro que hoy nos ocupa es el primer título de los que conforman «Las memorias del Águila y del Jaguar», una trilogía que me dio la posibilidad de volar y correr en mi mente aventuras que de otro modo me habrían estado vedadas.
En este tomo, el primero, insisto, los protagonistas toman contacto. Es la Amazonia la que conforma el telón de fondo y donde se crearán las historias entre mitología y folklore que se confunden con la propia realidad.
Alex es un niño que, por circunstancias familiares, acaba viviendo con su excéntrica abuela Kate, una periodista especializada en viajes que le tiene preparada una sorpresa, una expedición a la selva amazónica en busca de una bestia que, en principio mitológica, es más real que el aire que respiran.
Como compañera tiene a Nadia, una joven autóctona, y como ayuda para encontrarse un chamán cuyas palabras pueden resultar exasperantes por ambiguas, pero que esconden siempre una enseñanza que adivinarán con mentes privilegiadas.
En esa selva descubrirán mundos mágicos no tan lejanos del que ellos consideran real: dioses mitológicos, olvidados a causa de sus civilizaciones devastadas, que siguen vivos y se hacen notar, sus animales totémicos —que dan nombre a estas Memorias— que les ayudarán en momentos cruciales y la maldad y la ambición de la gente que no ve más que negocio en asuntos que inspiran una paz casi religiosa.
Entrevemos El Dorado en las descripciones de Allende, y hace suyo al lector con momentos tragicómicos, con personajes perfectamente caracterizados en cuanto a físico y psicología en una novela, en una trilogía, con una sencillez asombrosa y sorprendente.

7 de agosto de 2019

Manolito Gafotas, Elvira Lindo


Reconozco que no tenía pensado actualizar precisamente hoy con este libro, pero estaba buscando información acerca de otro que leí hace muchos, pero que muchos años, y en la página de la editorial en cuestión había un pequeño banner a la derecha con la imagen de este entrañable personaje que me acompañó en mi periplo infantil y que a día de hoy vuelvo de vez en cuando por pura necesidad de nostalgia y buenos ratos. 
Leí muchos libros, sigo leyéndolos, de hecho, pero recuerdo con especial ternura las aventuras de Manolito Gafotas, un niño rechoncho de Carabanchel —Alto, no lo olvidemos— que afronta como puede una realidad costumbrista pero llena de humor con sus amigos, entre ellos prototipos —lingüísticamente hablando— como el chulito, reflejado en Yihad, el Orejones —o Cochino Traidor—, Susana Bragas-Sucias o Paquito Medina, el listo de la clase, su "sita" Asunción, que les recordaba que lo más probable era que acabaran convirtiéndose en delincuentes o, tal vez, en el próximo premio Nobel su vecina Luisa, que es la cotilla del piso y su familia.
El Manolito de Elvira Lindo es un niño de a pie, creo que por eso gusta tanto. Su vida es una vida normal que magnifica las adversidades que se le presentan. 
La especial relación con su abuelo Nicolás, un hombre realmente entrañable que quiere con pasión a su nieto, el Imbécil, su hermano, que le despierta celos y amor a partes iguales, su madre, ama de casa incondicional que se impone a base de collejas y su padre, camionero, que mantiene a su familia con sus largos viajes pero que, a pesar del cansancio, sigue estando allí para ellos, da igual lo que ocurra.
Aún conservo muchas pequeñas historias y expresiones ligadas a este fantástico personaje.
Cuando el fin de semana se hace denso, larguísimo y aunque tenga mil cosas que hacer no tengo ganas de hacer ninguna yo también me pongo pastosa como Manolito. Es curioso cómo, a pesar de que pasen los años, hay cosas que se graban tanto en tu memoria y en tu forma de ser que siguen conservándose aunque haga siglos, figuradamente hablando, que no lo leas. 
La verdad es que he tenido auténtica pasión por este personaje, aún la tengo, de hecho, y lo cierto es que, pensándolo, me entra un no sé qué por el cuerpo cuando compruebo que hace demasiados años que no me dejo atrapar por sus hojas.
Después de traéroslo puede que lo haga más pronto que tarde, porque siempre es bueno recuperar por un ratito la inocencia de aquellos ojos que devoraban con auténtica devoción las aventuras y desventuras de Manolito Gafotas. 

23 de julio de 2019

James y el melocotón gigante, Roald Dahl


A veces, en un ejercicio de introspección extraordinario, llego a la conclusión de que no querría ser así, pero aunque a veces lo he intentado con todas mis fuerzas —con resultados dispares— no puedo cambiar por más que lo he intentado cuando las circunstancias han sido emocionalmente adversas. 
Soy un oso amoroso bañado en miel y espolvoreado en azúcar glas la mayor parte del tiempo, aunque como persona pasional también puedo ser terrible en la ceguera que da el dolor. 
Pero como hoy puede más la parte de oso amoroso y echo de menos unos abrazos que tendré, por fin, dentro de muy poco, me he acordado de uno de los libros que más me gustaban cuando era pequeña, uno de los libros que rompí literalmente de tanto leerlo y eso era muy difícil porque siempre he sido extremadamente cuidadosa —hasta el punto de rozar la obsesión, creedme— con las cosas que me han gustado, pero ya sabéis que a las tapas blandas las carga el diablo y por eso no me gustan nada de nada. 
De todas formas esa es la única pega que podría ponerle a este libro de Roald Dahl que tantas veces me ha animado, porque lo cierto es que para mí es una de las mejores obras de literatura infantil que ha habido o habrá. 
Aunque esto, siendo sincera, es aplicable a toda su bibliografía.
Como digo, este es un libro maravilloso en toda su extensión a pesar de que la premisa de la que parte es un poco triste. 
James es un niño huérfano que vive con sus malvadas tías y que le tienen acogido desde la muerte de sus padres, si bien decir que está acogido es una expresión demasiado amable para lo que le hacen. Un día encuentra a un extraño que conoce su situación y le afirma que le brindará la felicidad si hace lo que le dice con un regalo que le hace, pero por un tropezón acaba creando el melocotón gigante que será el túnel a un mundo mágico, con habitantes igualmente mágicos que le alejarán de todas las penalidades a las que se ha visto sometido durante la parte de vida que ha pasado con sus tías. 
Me ha gustado volver a sentirme pequeñita emocionalmente por un día y volver a sus páginas gastadas. 
A veces también me gustaría encontrar la forma de hacer gigante un melocotón, aunque fuese por accidente como le ocurre a James y vivir todas las aventuras que vive con sus moradores.
Sobre todo en días como hoy. 

29 de junio de 2019

El diablo de los números, Hans Magnus Enzensberger


Hubo un tiempo, no hace demasiado, en el que también me gustaban las matemáticas.
Siendo sincera, hoy en día tampoco es que me desagraden. De hecho, alguna vez me gustaría poder sentarme y estudiar algo así en condiciones —creo que, después de leer esto, a madre le va a dar un infarto de la emoción—, pero hace unos años llegó a mi vida educativa cierto personaje que dejaba demasiado que desear y que tiró por la borda cualquier interés que pudiese albergar en el futuro más inmediato, mi presente.
Sin embargo, y a pesar de esta situación que significó para mí descubrir el amor por la Filología y más de lo que en su momento se pudo apreciar a simple vista, este libro de Hans Magnus Enzensberger nunca dejó de pasar por mis manos y a día de hoy sigo recomendándolo; éste fue el pequeño reducto donde dejaba fluir aquel gusto perdido por las ciencias exactas, imagino que era porque no podía evitar identificarme con Robert, el protagonista, asediado por un profesor cuya desidia y pasión por la glotonería eran las marcas que le calificaban.
A Robert no le gustan las matemáticas, por esta razón anteriormente expuesta y porque realmente no las entiende, pero una noche, de pronto, aparece en sus sueños un curioso diablo con un carácter un tanto —demasiado— voluble que partiendo de lo más básico empieza a enseñarle matemáticas. 
Como es un chico que siempre tiene pesadillas primeramente asocia la presencia del diablo con ellas, sobre todo cuando la paciencia del ser llega a su fin y literalmente, en ocasiones, estalla, pero cuando va entendiendo los números mediante juegos y explicaciones que se le hacen fáciles empieza a dormir precisamente para soñar, para seguir descubriendo y saciando su curiosidad por las matemáticas. 
A la vez que Robert el lector va aprendiendo todo aquello que explica y la verdad es que hacia el final del libro no son temas precisamente fáciles si eres un niño o un lego en la materia. A mí aún no se me olvidan los números de Fibonacci o los números triangulares, y a veces aún me sorprendo usando los ejemplos que emplea en el libro y hace años que lo leí por primera vez. 
Creo que es precisamente esta forma tan sencilla y asequible lo que hace que acabes devorando el libro de principio a fin y comprendiendo principios matemáticos a los que, tal vez, mediante fórmulas ni siquiera nos acercaríamos. 
Aún hoy me gusta leerlo de vez en cuando a pesar de que mi devenir educativo haya corrido de una forma diametralmente opuesta.
No sé si será nostalgia o qué, pero la cosa es que disfruto muchísimo cuando me dejo llevar entre sus páginas. 

9 de junio de 2019

Morirás en Chafarinas, Fernando Lalana


Tengo la suerte o la desgracia —mayormente por no poder agarrar simplemente el coche y plantarme donde realmente quiero y necesito estar y pasar el día o la semana o el tiempo que requiera sin tener que dar explicaciones— de haber nacido en Melilla y seguir viviendo aquí. 
Es una ciudad tremendamente pintoresca, desconocida casi, pero bonita al fin y al cabo en la que se tarda menos de ir desde casa a Marruecos que desde casa a la Península, y en la que, a pesar de todo, he encontrado a personas que han pasado por mi vida y por suerte se han quedado.
Y si algo me llamó la atención en su momento de este libro de Fernando Lalana que os traigo hoy es precisamente todo el recorrido que hace por mi ciudad, por parte de ella al menos, y creo que es más fácil sumergirte en un libro cuando conoces lo que describe y, evidentemente, conozco las zonas donde se desarrolla la trama. E incluyo las Chafarinas, aunque a estas las conozco de vista y en realidad estén enfrente de Marruecos algo alejadas de aquí. En días muy claros se pueden ver en el horizonte en medio del mar. 
En la novela, en Regulares, se producen varias muertes cuya motivación no está clara, de hecho una de ellas es un suicidio que queda sin explicación, así que un capitán del regimiento pone en guardia a un cabo para que investigue la causa de estas muertes. Sin embargo, una vez empiezan a descubrirse asuntos oscuros dentro del cuerpo y relacionados con los cadáveres, el soldado es apartado del caso, aunque su investigación, claro, no concluye.
Por su cuenta sigue indagando de forma clandestina, algo que le pondrá en peligro, y poco a poco irá descubriendo que no todo es lo que parece, que las muertes aparentemente fueron por un ajuste de cuentas por tráfico de drogas y que en ellas y en el tráfico están implicados varios oficiales del propio cuerpo a quienes se les presuponía una carrera impoluta.
En Chafarinas la novela cambia de rumbo, y lo que antes se pensaba gris se convierte en negro para ocultar, o acaso limpiar como se hizo con los otros soldados, lo que está detrás de esas muertes.
Siendo completamente sincera es un libro de trama predecible: desde que se descubre la trama sabemos que le van a perseguir para matarle, pero aun así mantiene el ritmo de la narración de tal manera que estás en vilo durante toda ella, esperando que le maten al pasar la página.
Resulta que el autor hizo la mili aquí y que este pedacito de tierra le inspiró para desarrollar una novela que, personalmente, me gusta mucho, aunque no sé si es porque las novelas de este tipo me pierden, por la localización —todos tenemos algo de chovinistas aunque lo neguemos— o por un cúmulo inseparable de ambas cosas.
Quizá si habéis estado aquí, o si pensáis estar, podría ser un ejercicio curioso recorrer la ciudad con un ejemplar del libro en la mano, aunque en casi treinta años las cosas, evidentemente, han cambiado.
Sería una forma bonita y, cuando menos, original de adentraros más en la historia, ¿no os parece?

24 de abril de 2019

Campos de fresas, Jordi Sierra i Fabra

Esta portada me fascina.
Ese tablero de tres en raya me parece idóneo para el tema del que trata, idóneo y fantástico.
Este libro llegó a mí hace mucho, mucho tiempo, cuando aún era una tierna adolescente perdida —como todos estamos en esa época con más o menos acierto, supongo— que sobrevivía a base de libros. 
Aprovechando esta debilidad mía, madre intentaba inculcarme valores y actitudes a través de ellos, temas que, quizá, consideraba una especie de tabú y veía mejor exponérmelos así, segura de que los comprendería a través de la lectura, y uno de esos temas fue la drogadicción y los peligros que conlleva. 
En este libro de Jordi Sierra i Fabra, al que quizá conozcáis porque su labor se desempeña principalmente —aunque no exclusivamente— en la literatura juvenil y su maestría le hace destacar y ser de los más leídos en los centros escolares, se plasma de una manera directa y sin tapujos la espiral de destrucción que arrastra la drogadicción y muestra que la excusa del «solo una» no es válida bajo ninguno de los conceptos.
La culpabilidad, la vergüenza —por qué no decirlo, para con la sociedad por el fallo cometido y por el no haber sabido encauzar la situación antes— y la muerte se hacen presentes en cada una de las páginas del libro, en las que no faltan momentos lúcidos que arrastran hacia la introspección. 
No me parece justificable bajo ningún concepto la presencia saciadora de drogas legales o no en los medios de masa como algo divertido o que desinhibe o que produce efectos deseados como es el caso de la protagonista de este libro, que llega a la pastilla a través de los desórdenes alimenticios.
Creo que, sin dudar, sin temor a tabúes estúpidos o a cualquier excusa bajo la que podamos escudarnos, deberíamos afrontar limpia y directamente con los adolescentes temas como estos por más crudos que sean. En mi opinión es crucial para ganar tiempo y evitar males mayores, si bien y como todos sabemos los adolescentes aceptan y hacen lo que quieren por norma general.
Convendría saber que aunque se trate de un tema tan escabroso como las drogas, los desórdenes alimenticios y la muerte no es solo ficción literaria, que puede ocurrir, aunque sin caer en el alarmismo. Este libro es una bofetada de realidad, y quizá en esos años en los que necesitamos más guía que nunca debiera ser contemplada su lectura como una opción ineludible. 

26 de marzo de 2019

Los escarabajos vuelan al atardecer, María Gripe


Reconozco que a veces me cuesta sentarme a escribir este blog. 
Lo empecé hace muchos años casi por casualidad, por una especie de reto, y lo seguí hasta aquél parón tan amplio en el que no me veía ni con fuerzas ni con ganas para seguir escribiendo. Y ahora he vuelto y llevo unos meses en los que, en cierto modo, me obligo a volver cada día y recuerdo que al principio la verdad es que no sabía muy bien cómo reseñar. Puede que ahora tampoco sepa cómo, pues sé que a veces divago demasiado, pero admito que a fuerza de práctica he ido aprendiendo a sacar lo más importante de cada lectura y a relacionarlo con lo que me inspiró en ese momento, y espero mejorar con cada libro que os traiga.
No estaba muy segura de cómo hacerlo —a veces sigo sin estarlo— y de por cuál empezar. Hay muchísimos libros y casi todos me gustan, ya lo sabéis, pero en el momento en que me siento a escribir estas letras este libro de Maria Gripe que os traigo hoy estaba muy cerca de mí en el escritorio. 
Me lo regaló una amiga de mi madre un verano hace muchísimos años para que lo pasara leyendo, aunque con lo finito que es me duró una tarde. A pesar de que prácticamente lo devoré me gustó mucho, muchísimo, tanto que años y años después sigo leyéndolo y teniéndolo cerca. 
Tres niños, Annika, Jonas y David, acceden a cuidar las plantas de una quinta durante el verano mientras su dueña se encuentra fuera. Allí, una de esas plantas les llama profundamente la atención, la Selandria, una planta cuya flor tiene preciosos pétalos azules y que, incomprensiblemente, parece conocer a la gente, parece estar ligada a los sentimientos de la gente y ser sensible a ellos. Mientras los niños están en la finca David recibe llamadas de teléfono de la dueña en las que juegan ambos al ajedrez y ella les va proporcionando pistas al respecto de la historia que cuenta y que esconde la planta.
Durante el tiempo que pasan allí investigan el pasado de la quinta recorriéndola, y descubren unas cartas que les traslada a la Suecia del siglo XVIII y a una historia de amor desgraciado cuyo escenario fue la casa y que tuvo el principio del fin con unas estatuas traídas de Egipto. El párroco Lindroth será también una ayuda inestimable para descubrir el misterio, desarrollándose la novela entre la iglesia y la propia finca Selanderschen.
Creo que en esta época en la que el libro llegó a mis manos ya se perfilaban mis intereses. Siempre he sido una fanática de Egipto y su mitología y del misterio, y empezaba a demostrar interés en el ajedrez, un juego de mayores —para mí en ese tiempo— que me gustaba especialmente, y la verdad es que no es una novela juvenil al uso, y me explico. 
Sin ánimo de generalizar, y siempre de acuerdo con mis experiencias lectoras, me ha parecido que la mayoría de las veces en que las novelas van destinadas a niños o a adolescentes están cortadas por el mismo patrón, como si se tratase de una fórmula mágica que les indujera a leer, y la verdad es que no creo que sea una postura correcta. Si bien consigue lo que se pretende, cuando ya has leído la octava o la décima te aburre porque sabes qué va a pasar, los estereotipos que te vas a encontrar y la resolución que tendrá. 
En este caso no es así, y no porque sea un libro tan especial para mí. Maria Gripe consigue dar los golpes de timón necesarios para que lo que predecimos se quede en agua de borrajas y cambie por completo. Y el viaje en el tiempo que hace entre el siglo XVIII, el XIX y la actualidad es altamente interesante porque refleja que, aunque en tiempos diferentes, hay cosas que, al fin y al cabo, nunca van a cambiar, y esas pinceladas de mitología y misterio hacen de esta novela una lectura necesaria y deliciosa aunque hayamos dejado atrás aquellos años de niñez que en retrospectiva se antojan tan felices. 

6 de marzo de 2019

Aún te quedan ratones por cazar, Blanca Álvarez


Hoy me he puesto más tierna de la cuenta, lo reconozco, y no es algo que me guste mostrar especialmente porque acabo sintiéndome vulnerable y sumergiéndome en pensamientos extraños que normalmente ya no me visitan.
Y como me sentía pequeñita y frágil —aunque parezca mentira lo soy— decidí que lo mejor para traeros hoy era una novela entre infantil y juvenil, algo breve y delicado al mismo tiempo que me hiciera sentir mejor.
Así es este libro de Blanca Álvarez, breve y delicado, casi como una caricia suave, y me ha hecho sentir bien desde que he visto la portada, primero porque me parece muy muy tierna y porque el gato que la ilustra se parece al mío. 
Lo bueno de ser un libro así es que no se omite la posibilidad de narrar una época terrible como fue la Segunda Guerra Mundial —perdón si estoy un poco monotemática—, sobre todo su impacto en Japón, que fue uno de los países que más penalidades sufrió por la ineptitud de las personas al cargo. 
En un contexto de guerra no se puede estar precisamente alegre, pero Ryo, el muchacho que servirá de eje a la novela, no lo entiende, o no lo quiere entender. 
No entiende por qué su padre está lejos de su Nagasaki natal, no entiende por qué su amiga Reyko no parece la misma persona que él recordaba, no entiende por qué su madre está triste y no entiende por qué su abuela ya no es el pilar irrompible de la familia, sino que poco a poco se desgrana como se desgrana el país, cada vez más roto por la guerra. 
Así que Ryo tiene que madurar y ver la vida de otra forma, y quien le ayudará a asumir este cambio es su gato, que le guiará a través de esta transformación tan importante para recuperar las riendas de su vida y también recuperar a Reyko.
Con las enseñanzas de su gato descubre que la solución está en él mismo y que deberá pelear duramente para poder volver a tener su vida en su lugar.
De verdad que es un libro que te llega al corazón porque no expone los hechos desde el rencor, una opción que la mayoría de nosotros tomamos solamente para protegernos, y no seré yo quien juzgue las acciones de los demás; expone los hechos desde la necesidad de seguir adelante, de pasar página y descubrir que los hechos, cualesquiera que estos sean, hacen mella en nosotros para bien y para mal, y nos hacen madurar y saber qué es lo que queremos y lo que no queremos hacer en el futuro, aunque, por desgracia, también está en la naturaleza humana el no aprender de los errores y seguir repitiendo el mismo patrón una y otra vez. 
A veces está bien volver a ver la vida desde los ojos de un niño, y la pizquita de ayuda necesaria es la que nos da la perspectiva de una fresca novela juvenil que tiene diferente significado dependiendo del momento en que te dejes llevar por ella. 

3 de febrero de 2019

Charlie y la fábrica de chocolate, Roald Dahl


Estoy absolutamente convencida de que aunque no hayáis leído ningún libro de Roald Dahl por lo menos habréis visto alguna película inspirada en su obra literaria. 
Seguramente os suenan títulos como Matilda, James y el melocotón gigante, Las brujas o Charlie y la fábrica de chocolate —si bien la primera versión que se hizo de este libro que os traigo hoy se llamó en España «Un mundo de fantasía» y estuvo interpretada por un maravilloso Gene Wilder en el papel de Willy Wonka. 
Intento traer siempre que puedo algo de literatura juvenil e infantil porque también me parece trascendente aunque quienes pongamos nuestras manos en esos libros seamos más o menos adultos. Siempre gusta sumergirse —a mí por lo menos— en la nostalgia de tiempos que, salvo excepciones, siempre nos parecerán mejores y recordar con el libro nuestros sentimientos, amén de que conociéndolos quizá podamos regalarlos o recomendarlos a alguna criatura que conozcamos. 
Es la historia de Charlie Bucket, un niño muy pobre pero muy bueno que, tras una serie de circunstancias, acaba ganando uno de los cinco billetes dorados que el misterioso Willy Wonka ha puesto a la disposición de los niños del mundo para guiarles por su fábrica de chocolate tras una época de hermetismo por un espionaje industrial salvaje. 
Con este billete y el paseo se ofrece un fantástico premio que les será dado al final de la visita. Junto con él ganan el billete —mediante diferentes argucias— cuatro niños, glotones, malcriados, soberbios y estúpidos niños, que precisamente por estas características acaban abandonando la visita en distintos puntos de la misma hasta dejar a Charlie como único visitante y ganador del premio final a través de las salas de la fábrica de chocolate, a cada cual más desconcertante y maravillosa, incluso sin sentido, porque, como el propio Charlie afirma en una de las películas, «las golosinas no tienen sentido».
Debo reconocer que las adaptaciones cinematográficas de esta novela son de las pocas que no me parecen viles atentados literarios —exigente que es una— y ambas me parecen recomendables, si bien es cierto que le guardo más cariño a la primera que se hizo, quizá porque la vi con mi abuela y eso despierta todos los sentimientos buenos que me produce esta película. 
Evidentemente la película actual dirigida por Tim Burton tiene unos efectos especiales asombrosos y un colorido fantástico que la hace, si cabe, aún más atrayente, pero realmente no tiene nada que envidiarle a la protagonizada por Gene Wilder, surrealista, fantástica y divertida aun con las limitaciones propias de hace casi cincuenta años.