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11 de octubre de 2021

Rebelión en la granja, George Orwell


¿Quién no se ha encontrado con, o, al menos, le han recomendado este libro que hoy os traigo en la entrada del blog?
¿Quién no conoce, salvo que esté desconectado totalmente de la política y de estos tiempos aciagos en los que vivimos, algo del argumento de esta historia?
A través de las páginas de esta novela que os traigo hoy, Orwell nos enseña, a grandes rasgos y a su manera de ver, cómo se tergiversa una idea política que, en principio, es adecuada, necesariamente consensuada y aparentemente igualitaria contra el granjero que explotaba a los animales de la granja en una fuerza política y represora porque los propios animales empiezan a equipararse a las personas que anteriormente les . 
Lo que en principio fue una buena idea, justa y, en teoría, procuradora de un futuro mejor, poco a poco fue corrompiéndose hasta el extremo de convertirse en una auténtica tiranía, los vencedores, al fin, fueron los opresores. 
Orwell, con esta obra, nos ofrece un punto de vista diferente, una sátira sincera de aquello en lo que puede convertirse cualquier sistema político, incluso aquel que está coronado de las mejores intenciones para con sus ciudadanos. 
En el libro, el autor recurre a lo que, como humanos, podríamos considerar primitivo y carente de raciocinio, a los animales, —aunque, por supuesto, hoy sabemos qué capacidades tienen realmente pese a que no se acerquen a las que como humanos tenemos— para ser mordaz en una suerte de fábula que, recordando a aquellas primigenias, pretende ser didáctica en cuanto a lo que no se debe hacer. 
Además de la crítica a este sistema político construido por los animales rebelados en la granja, Orwell ofrece una velada crítica al género humano en tanto que los animales entienden, poseen una personalidad bien delimitada —cruel y represiva, por parte de Napoleón; eficaz y esforzada en Boxer en el caso que se nos presenta— y son capaces de comunicarse perfectamente con los humanos que primero les oprimen y luego les sirven en cierto modo al establecer contacto comercial con ellos. 
Esta obra es, en fin, una buena forma de enseñar y aprender sobre los fallos ya cometidos —porque, lógicamente, todos somos capaces de identificar las actitudes de los animales, de forma más o menos alegórica y con las metáforas de los nombres con que se denominan— y que no deben volver a cometerse, sobre lo que no debe volver a ser, no por la idea, sólo la forma de llevarla a cabo.

12 de junio de 2021

La naranja mecánica, Anthony Burgess

Hola, hola, mis queridos drugos. 
La verdad es que tenía intención de comentarlo más adelante, pero me apetecía traéroslo hoy. 
No es que yo haga apología de la violencia, ni que me guste especialmente, ni la justifico, ni nada por el estilo, pero esta novela con su excelente crítica a una sociedad corrupta y estúpida, y la fantástica muestra de estudio antropológico que se adivina a través de la misma al relacionar la pertenencia a un grupo determinado mediante la jerigonza y vestuario me cautivó. 
Debo reconocer que, en esta ocasión, vi primero la película, y que, sólo a través de ella, investigando, descubrí que se había inspirado en esta novela de Anthony Burgess. 
La novela nos cuenta en una visión futurista la historia de Alex y sus amigos, que tras ingerir leche con determinadas sustancias, se entregan a una sesión de ultraviolencia, como vienen haciendo desde hace tiempo. 
Tras salir del bar, se producen diferentes situaciones de violencia como peleas, palizas, muertes e intentos de violación, siendo la pelea más significativa la que establecen con la banda de Billyboy, su banda rival. 
Después se dirigen a una casa con un coche robado, donde atan y pegan al escritor que vive en ella y matan y violan a su mujer; siendo esta escena el epicentro de la novela. 
Los drugos discuten porque Lerdo había insultado a Beethoven, de quien Alex es acérrimo admirador, y urden un plan, donde, tras un ataque a una casa, Alex será capturado. En la cárcel, tras asesinar a un compañero, el Primer Ministro le visita, y le ofrece someterse al Método Ludovico. Aceptando, es llevado a un lugar donde tiene todas las comodidades que él desea, se le inyectan algunas drogas y se le pasan imágenes de ultraviolencia con música clásica, y la combinación de éstos le producen malestar si decide volver a las andadas, haciendo únicamente el bien. Por esto, es liberado de la cárcel. Cuando vuelve a casa todo ha cambiado, sus padres le han sustituído y, presa del dolor, acude a la biblioteca... donde, tras esta situación, le esperan sorpresas, no demasiado agradables, en cualquier caso. 
Al final, se reduce a la crítica de la sociedad en tanto que se utiliza a Alex como método propagandístico y electoral. 
Su curación se utiliza como un avance del gobierno para prevenir situaciones violentas y reducir drásticamente la delincuencia, del partido en el poder, y la reelección depende del éxito que este método pueda tener. 
Desde el inicio de la novela, comienza y acaba un círculo a modo de síntesis. 
Alex ha madurado y comprende que la ultraviolencia no tiene sentido, y decide que la mejor forma de establecer esa madurez es formar una familia y tener un hijo al que explicarle el camino que tomó y el que ha decidido seguir, una vez es un hombre maduro. 
Es una novela más que interesante, ya no sólo desde el punto de vista de crecimiento personal del protagonista, sino que, a mi parecer, es una forma de mostrar lo que nunca se debe hacer, lo que debería ser proscrito porque no es forma de vida. 

9 de marzo de 2021

No tengo boca y debo gritar, Harlan Ellison

Parece que cuando se acerca el buen tiempo es para mí la época de los Premios Hugo, teniendo en cuenta que con este es el tercer —si mal no recuerdo— elemento literario que ha sido galardonado con este premio de la ciencia ficción. 
No lo conocía, lo admito, fue un buen amigo, un apasionado del tema y de los videojuegos, el que me puso al tanto hace unos años de su existencia. 
También admito que fui posponiendo, y cuando lo leí, vi que había sido bastante a mi pesar, porque reconozco que, aunque quizá no sea igual que las obras de otros maestros del terror, Harlan Ellison ha conseguido que me estremezca pensando en el destino de los que protagonizan este relato de sólo catorce páginas. 
Es un futuro distópico, en el que un ordenador toma conciencia de sí mismo y conocedor de todas las cosas, decide provocar un holocausto nuclear que acabe con la humanidad, rescatando únicamente a cinco personas, una mujer y cinco hombres. 
Y no contento con haberles destruido, continúa su venganza, torturándoles y otorgándoles lo que a mi parecer es el peor don que puede dárseles en este contexto desolador, la inmortalidad, pero, lo que me resultó extraño, el suicidio les está concedido, pero no permitido, y precisamente contra el hecho de que lo lleven a cabo lucha AM, el ordenador rebelde. 
La desesperación toma partido y la humanidad vence a la lógica consiguiendo que uno de los habitantes mate a sus compañeros, poniendo fin a su sufrimiento y a la tortura, pero la venganza vuelve a girar la tuerca del dolor, convirtiéndole el ordenador cuando intenta suicidarse en una masa deforme incluso sin boca para impedir que se autolesione, que grite o que oponga resistencia, siendo la tortura mayor. 
Es de lo más violento que he leído últimamente, y lo único que en mucho tiempo ha hecho que la metaparanoia que a veces me asalta se alimente. 
Cuando lo acabé, reconozco que estuve parada bastante tiempo, intentando recomponer en mi mente los fragmentos del relato y tratando de buscarle una lógica coherente a los sucesos que cuenta. Parece mentira como en un cuento, a mi modo de ver, predecesor absoluto del cyberpunk más actual, se puede concentrar tanto odio, tanta venganza y tanta muerte. 
No sé si es idóneo para estas tardes que, al hilo del relato, va acercándose el calor, pero sí sé que es fantástico para queramos pasar un poco de miedo, del sano. 
Yo no sé vosotros, pero yo, desde entonces, intento mirar con otros ojos a mi ordenador.

28 de enero de 2021

La Carretera, Cormac McCarthy

Me gusta considerarme una mujer de palabra, y hace unos días —o hace unas entradas— os dije que os traería esta pequeña delicia que tortura y que fascina. 
Sólo de ver la portada ya nos podemos hacer una leve idea de la temática o del desasosiego que reina a lo largo de toda, toda la novela, y ahora que están en boga tantos movimientos conspiratorio-paranoicos acerca de un hipotético fin del mundo que se producirá en pocos años —espero que no, teniendo en cuenta los meses que llevamos arrastrando—, me vino a la cabeza esta novela de Cormac McCarthy, tal vez más conocido por «No es país para viejos», que justamente cuenta eso, un padre y un hijo que sobreviven a un cataclismo que destruye a casi toda la humanidad. 
Reconozco que la novela no es apta para leerla en un proceso depresivo o en un día de lluvia, porque la agonía reina a lo largo de las palabras como única motivación para sobrevivir y porque la mano de McCarthy parece dotada de un excepcional sadismo que no deja indiferente, puesto que casi parece que el autor disfrute desmenuzando la poca realidad de los protagonistas, dejando que el hastío, el hambre y el frío sobrevivan erigiéndose como amos del mundo mientras que ellos pasan. 
Han de sobrevivir al apocalipsis, al fin de todas las cosas tal cual las conocemos, y no deja de ser una suerte de rito iniciático, un camino —reflejado, obviamente, por la carretera—, el aprendizaje del niño a través de las peripecias de su padre para llevarlos hacia el sur, donde el invierno no reina y no les puede alcanzar con su mano imbatible y destructora. 
Ellos son lo poco que queda de humanidad donde la humanidad ya ha perecido, y el vínculo reforzado entre padre e hijo son el resquicio, junto con la carretera, de la civilización perfecta y pasada. Es la angustia y la frustración las que pueblan el entorno, y es el camino el que convierte, el que te acaba convirtiendo. 
Porque el rito iniciático que antes mencioné no se reduce a los personajes, sino también al lector, el cambio que se produce se hace patente cuando acabas la última página del libro, por lo menos si te has dejado atrapar por las vicisitudes que padecen el padre y el hijo a lo largo de su camino, un camino que parece no tener fin.

19 de octubre de 2020

El castillo, Franz Kafka


Este checo me puede. Y el género de este libro aún más.
No sé si os habéis fijado en que el libro que decidimos leer depende de nuestro estado de ánimo, a mí, por lo menos, me pasa. Y cuando estoy más triste me da por echarle mano a obras repletas de símbolos, de oscuridad, de complejidad, y hace un par de días no es que fuese yo precisamente unas castañuelas.
Así que, rebuscando entre la estantería que tengo más cerca, el único que cumplía con estas características era el libro que os traigo hoy, una obra inconclusa de Kafka que, personalmente, y aun después de haber leído «La metamorfosis», me sorprendió la primera vez que me perdí entre sus páginas.
K. es nuestro protagonista. Un agrimensor que acude a un pueblito, una aldea, contratado por los propietarios del pueblo, que viven en un castillo. Y todo parece controlado por este castillo, desde los permisos para alojarse en una posada del pueblo como hasta el más nimio detalle, y K. tiene que ir descubriendo en esos seis días las motivaciones, los usos y el motivo de la presión y del control que parece ejercer el castillo sobre los habitantes de la aldea, algo que no parece sano, sino que torna en una atmósfera opresiva de la que acaba el lector siendo parte.
Desde luego, tiene múltiples lecturas. 
En un primer recorrido, caemos en la cuenta del camino que tiene que superar K. para finalmente trabajar como lo que le han contratado; sin embargo, paralelamente se advierte la crítica hacia el férreo control que ejerce el castillo sobre los habitantes, equiparándolo desde un punto de vista claramente metafórico al Estado o, tal vez, a la religión.
Me gusta la diversidad de interpretaciones que se le puede dar a esta obra, que, como casi todas las suyas me atrevería a decir, gira en torno a la alegoría más dura, más brutal.
Creo que es imposible hacer un análisis del libro en el sentido de que lo que yo puedo interpretar viene delimitado y condicionado por mis circunstancias personales, por mis ideas —tanto políticas como sociales, etcétera— y por lo que ya he leído antes, tanto de él, como de otros autores, como del propio tema del simbolismo y de la metáfora, aunque está claro que hay unos temas evidentes que no se pueden obviar de la concepción que yo, o vosotros, mis queridos lectores, pueda llegar a adquirir de la obra. Y puede que sea esto lo que me guste más. 
La diversidad de opiniones abre un debate bastante interesante, y, lo más importante, nadie tiene la verdad absoluta. Sólo a través de este hipotético debate en, por ejemplo, un club de lectura, se podría llegar a acariciar el fin último de la novela y su significado, y me parece bastante agradable que la linealidad se diluya para dar paso a múltiples lecturas e ideas, porque de libros sosos están los anaqueles llenos.

29 de marzo de 2020

Leyes de mercado, Richard Morgan


En un tiempo de capitalismo salvaje como el que vivimos, más nos valdría echar el freno, recapacitar y plantearnos si realmente esto que tenemos es lo que queremos, aunque puedo asegurar que sí que es lo que nos merecemos, por años de consumismo  descontrolado que nos han llevado a lo que ahora tenemos, aunque admito que no es nuevo, ya lo decía el grandísimo Quevedo: "Poderoso caballero es Don Dinero".
Y, para que conste, no me excluyo de esta espiral autodestructiva que nos hemos impuesto con nuestras acciones.
Richard Morgan nos ilustra acerca de lo que puede llegar a ser este mundo si no ponemos interés en ver el mundo de otra manera, sabiendo que otros métodos son igual de prósperos, válidos y posibles.
Estamos en el futuro, un futuro no tan lejano. Es una época también de recesión, donde los totalitarismos han aflorado —algo propio de tiempos de crisis—, y, al final, la supervivencia como leitmotiv.
Hay empresas que se dedican al todo por el todo, a invertir en conflictos en el tercer mundo que es más paupérrimo si cabe, en drogas, en asesinatos, inversión en riesgos lo llaman, a cambio de una importante parte del PIB del país de turno, las autopistas están privatizadas completamente, y es allí donde se desarrolla parte de la acción y donde nos ubica, por cierto, la fantástica portada; en las autopistas se produce el darwinismo socioeconómico más aterrador, los trabajadores de estas empresas de inversión, los zektivs deben luchar en ellas coche contra coche, el que mata, gana, y puede trabajar. 
Ya no es la supervivencia del más apto, sino que va más allá, la aptitud no es la fortaleza, es la astucia combinada con ella. Y ya no importa ni la vida ni la muerte, sino la corrupción del término «desarrollo» y los beneficios que se pueda obtener de él.
Al margen de toda política me ha fascinado la forma en la que ha sido escrita. 
Es dura, ultraviolenta, sádica por momentos en la forma en que nos presenta el futuro, desesperanzada, y a la vez perfecta.
Creo que con otro tono no habría sido mejor novela y, partiendo de sus premisas, habría sido imposible desarrollarla como se ha desarrollado en un entorno mucho más "azucarado", por decirlo de alguna manera. Y, volviendo a ella, lo cierto es que me parece una hipótesis válida. Es más, me resulta casi profético, al paso que vamos, y aunque parezca un poco pesimista o agorera, creo que, a la larga, es más que posible que acabemos en una sociedad así, si bien no de forma tan drástica, sí que creo que nos daremos cuenta cuando hayamos estirado tanto la cuerda que acabe partiéndose bajo nuestras narices. 

13 de marzo de 2020

Metro 2033, Dmitry Glukhovsky


Si bien es habitual que haya adaptaciones literarias de cara al cine, es menos frecuente —o por lo menos lo he encontrado en menos ocasiones— que un libro se adapte a un videojuego. Y sí, conocí el juego antes que el libro, y creo recordar que hasta jugué un rato.
Los caminos de los devoralibros son insondables.
Dmitry Glukhovsky nos sitúa en un futuro apocalíptico en el que ha habido una cruel guerra atómica que ha obligado a la escasa población superviviente a abandonar la superficie y habitar los subterráneos, creando una nueva civilización en las redes de metro; gran parte del mundo ha quedado sepultada bajo toda clase de escombros y residuos provenientes de esta guerra.
Moscú es ahora una ciudad fantasma, y bajo ella crece toda una serie de ciudades en cada estación de metro, cada una con su propia ideología, su política y sus peligros, cada una de ella es un reflejo de la propia humanidad, inconstante y peligrosa para sí misma, no sólo por las amenazas de los mutantes de la superficie, sino por las amenazas entre ciudades, que no son sino facetas de nosotros mismos.
En este ambiente, Artyom es un joven soldado al que se le encomienda la misión liberadora de encontrar la Polis, que tal vez sólo exista en las leyendas y que puede que sólo sea un mito, para advertirles de todo el mal que les puede afectar si no están prevenidos.
Me gusta porque me parece original el planteamiento y la forma de radiografiar al colectivo de la humanidad a través de estas ciudades que crea.
A pesar de que lo postapocalíptico está a la orden del día con tantas y tantas profecías que señalan el fin del mundo para dentro de nada y, cómo no, este tema surge en la literatura con profusión, alimentando un género y un morbo inherente al ser humano —qué le haremos, me parece que, en esencia, todos tenemos cierto punto de masoquistas—, el tema de dónde se crea la civilización nueva, cómo se crea y los detalles hacen que me parezca un libro en el que uno se puede deleitar con tranquilidad, tal vez de noche, en una cama, haciéndole un pulso al sueño. 
Es una distopía deliciosa, un libro para "paladear", para disfrutar en todos los sentidos. A mí me parece toda una revelación.

22 de febrero de 2020

La larga marcha, Stephen King



Publicado originalmente bajo el pseudónimo de Richard Bachman, Stephen King explora otro aspecto del terror, en este caso, más bien con tintes distópicos, para acercarnos esta vez al futuro más sórdido.
En el futuro, como os comentaba, las cosas no son en apariencia tan bonitas como se supone que son.
Estados Unidos ahora es abiertamente autocrático y despótico, ya no necesita disimular ante las demás potencias.
Es un estado policial y ultraconservador que organiza periódicamente un concurso perverso consistente en una caminata, la larga marcha, en la que se selecciona por azar a cien personas y estas deberán hacer lo que sea por sobrevivir.
En el caso del ganador, es decir, del superviviente, ya que sólo uno puede quedar vivo, recibirá premios, fama y todo lo que pida, pero para convertirse en el vencedor tendrá que dejar de lado la humanidad y hacer cualquier cosa aunque choque de frente con su ética y su moral, ya que, en esa larga marcha, todos van contra todos, convirtiéndoles en depredadores en la victoria del más astuto sobre el más fuerte, ya que aunque se van haciendo grupos, están vigilados por unos militares que aunque tienen entre sus motivaciones principales dar comida y agua a los participantes, también se ocupan de "liberar" a quienes intentan hacer algo no permitido o se quedan rezagados.
En este contexto, nuestro protagonista, Ray, un chico de 17 años elegido entre estas cien personas que deberán llevar a cabo la caminata, y con las conversaciones que entabla, las amistades y enemistades que crea a lo largo de la marcha, hace entrever que las cosas no siempre fueron así, que no se sabe exactamente quién instauró este sádico concurso y deja claro que todo lo considerado democrático se ha perdido a manos de un Líder, una especie de Gran Hermano orwelliano.
Obviamente, acercándolo así a la cultura actual estadounidense, el concurso está retransmitido por televisión y es, de hecho, uno de los grandes hitos de la misma. El espectáculo no es quien llega al final, porque sólo se lleva la vida y los premios conseguidos. El espectáculo real es contemplar la muerte de los otros noventa y nueve.
A pesar de que el amigo que me lo recomendó lo hizo para que profundizara más en la bibliografía de King, ya que, aunque me gusta, reconozco que no he devorado toda su obra, algo que, por ejemplo, sí me ha pasado con otros autores; me dijo que no daba especial miedo y que lo podía leer de noche, siendo las únicas horas en las que puedo leer con cierta concentración últimamente, pero lo cierto es que sí que hubo momentos en los que tuve que apartar la vista del libro, porque, la verdad, soy bastante aprensiva en lo que se refiere a estos temas.
A veces me cuesta imaginarme a King en estos derroteros distópicos —bajo mi opinión— y me ha resultado agradable saber que la imaginación de este hombre sigue siendo tan prolífica como siempre, y que, aun en sus inicios, como se trata de este libro, ya era retorcido hasta decir basta y capaz de hacer temblar hasta al más firme en las convicciones de resistencia.

13 de diciembre de 2019

El señor de las moscas, William Golding

Hoy no sé por qué me he levantado con este libro en la cabeza. 
Bueno, sí lo sé. 
Además de ser una de mis distopías favoritas creo que es uno de los sueños que casi todos hemos tenido de niños: una vida sin adultos —al menos influyendo directamente— y el gobierno de nosotros mismos. 
Tan inquietante y soñada es que se han hecho diferentes adaptaciones y la primera que me viene a la cabeza es la que se hizo en uno de los episodios de los irreverentes Simpson. 
He descubierto en parte el argumento, pero aun así me permitiré dirigir unas preguntas a vosotros: ¿Qué pasaría si volvieseis a ser niños y si, siéndolo, os encontrarais tras un accidente de avión solos en una isla sin más mandato que el vuestro? ¿sería muy diferente a cómo lo afrontaríais siendo adultos? ¿con qué etapa desempeñaríais una actuación más eficiente?
Quizá fue esto lo que se plantease William Golding en el tiempo en el que este género era el rey entre todos los demás, y por el que se dejó llevar por los pensamientos para llegar a elucubrar esta fantástica novela distópica. 
Como os he mencionado, tras un accidente de avión en la guerra y sin adultos a quien obedecer, o más bien, que se hagan obedecer, son unos niños los que tienen que sobrevivir en un terreno inhóspito con las rencillas irremediables que surgen entre los grupos que controlan el poder y los que lo ansían.
Sin adultos las obligaciones parecen desaparecer y comienzan las desavenencias y las desatenciones, hechos que en un entorno normal no supondrían mayor problema pero que, en el momento en que lo que cuenta es sobrevivir, resulta desencadenante de disturbios y trifulcas, llegando incluso a guerras —mínimas, claro— entre ellos hasta el punto de tomarse prisioneros. Y lo curioso es que cuando son rescatados no supone en ellos el contento que debería haber sido encontrarse salvados y liberados de los peligros. 
Cuando leía esta novela no leía que un grupo de niños se encontraba perdido y formaban una minicivilización que poco a poco se hacía con todo lo malo de la que habían dejado atrás, leía el reflejo de la humanidad, producto de su educación y de sus circunstancias, que se aferra a la vida al precio que sea y que ansía el poder por encima de todas las cosas, más aún cuando está derivado de un vacío legal —los adultos, en este caso— que obligue a acatar las normas para autolimitarse.
No sé dónde leí algo parecido, que las leyes las habíamos creado nosotros para controlarnos a nosotros mismos, no para beneficiar a los demás, conocedores de los niveles de crueldad a los que podemos llegar sin ellas. 
Después de haber leído esta novela por enésima vez llegué a la conclusión de que quizá era cierto y que la civilización es un fantasma que nosotros mismos hemos creado para aterrorizarnos y no alcanzar el potencial destructor que podríamos alcanzar de no tenerla sobre nuestro cuello cada día, a cada momento. 

20 de septiembre de 2019

El juego de Ender, Orson Scott Card


«He mirado con sus ojos, he escuchado con sus oídos y te digo que es el indicado.»
De entrada este inicio nos sugiere muchísimas cosas si interiorizamos la frase: en nuestro pensamiento pasaremos por la predestinación, por el control externo, por la alienación y por la indefectible lucha por la supervivencia en el caso de aquellos que controlan y crean casi por una selección genética milagrosa que les permita una hipotética victoria en una lucha aún no producida.  
Lo que no se refleja, o quizá sí pero a niveles más profundos, es lo que realmente arrastra. El desprecio, la humillación por ser un Tercero —algo que en la sociedad en la que se maneja Ender es algo prácticamente proscrito—, el allanamiento del camino a seguir y del propio yo, el hecho de no controlar tu propia vida porque está prometida y subyugada a un bien superior.
Hace tiempo que quería traer esta obra de Orson Scott Card, tan puntera en su tiempo que se llevó los premios Nébula y Hugo, pero he ido posponiéndola porque, sinceramente, en los últimos tiempos tengo atragantado al autor. 
Si bien soy plenamente consciente de que debo separar al autor de la obra, como escritora sé que hay más de un autor en un libro de lo que a simple vista se puede observar. 
Ender y su realidad es una ucronía en la que los extraterrestres están en guerra con los humanos y el fin último de los niños es ser entrenados en tácticas y estrategias militares para desarrollar la guerra y ganarla de paso, y ahí es donde entra en juego Ender como líder indiscutible de un ejército de pequeños niños-adolescentes en potencia cuyos valores deben primar sobre cualquier táctica, porque son estos los que les permitirán sobrevivir. 
Por otro lado y no tan al margen como cabría esperar se encuentra la política, la titiritera que mueve al mundo, y es por ella precisamente que nace Ender como Tercero, porque aunque sus hermanos son especialmente aptos no son los indicados. 
Estos hermanos, bajo pseudónimos y con la prodigiosa habilidad de la retórica y la manipulación, logran abrirse paso a pesar de su juventud a través de las zarzas de la política internacional, manejando los hilos de todos aquellos que, tras el opaco telón de los secretos de estado, controlan la realidad de la gente. 
Creo que su éxito, además de este factor político y manipulativo tan actual, radica en el hecho de que es bajo el punto de vista de unos niños, que son estos los que hacen y deshacen y manejan el cotarro, si se me permite la expresión. 
Es la comparación de los políticos con niños inexpertos, políticos que dependen de ellos hasta el punto de alcanzar a ser el Hegemón, lo que atisba un rayo de crítica social y política tan necesaria en estos tiempos.

6 de julio de 2019

Fahrenheit 451, Ray Bradbury


Después de unos días de meditación trascendental vuelvo con este clásico de la distopía escrito por Ray Bradbury en 1953 y que fue producto del terror vivido en los Estados Unidos de su época durante la caza de brujas llevada a cabo por el senador McCarthy en contra de un supuesto comunismo que amenazaba con destruir la esencia americana, si bien y dadas las circunstancias podría haber sido escrita hoy y no nos sosprenderíamos ni levantaríamos la ceja más de lo normal. 
El título hace referencia a la temperatura a la que arde el papel, y Bradbury nos cuenta en esta distopía la historia de Guy Montag y su sociedad. Él es un bombero que no apaga fuegos, sino que los produce. Su función laboral es quemar libros, ya que leerlos impide que la felicidad reine y que la igualdad caiga puesto que, al leer, descubre el individuo las diferencias. 
Un día conoce a una muchacha que le hace cuestionarse y preguntarse si realmente lo que hace es lo que quiere hacer, lo que debe hacer, y en uno de los incendios debe provocar en la biblioteca de una vieja mujer roba uno de los libros, rescatándolo así de su fatal destino y sellando el suyo propio. 
Los ideales de la mujer se hacen patentes cuando es ella misma la que prende su biblioteca, y esta acción tan valiente como desinteresada llevará a Montag a una profunda reflexión que un conocido, el profesor Faber, le aclara. Montag se da cuenta de lo banal de su vida, de lo emotivo de la lectura y, a pesar del riesgo, lee a su mujer y a sus amigas —cuya vida pasa delante de una pantalla con la que interactúan— un poema, y la reacción le hace decidir enfrentarse a su jefe. Sin embargo, una alarma les impide continuar: tienen un aviso y es su propia casa la que debe arder. 
El desenlace a partir de aquí creo que es obvio, pero no me gustaría revelároslo antes de tiempo si sucede que no la habéis leído.
Creo que, además de la evidente cualidad profética que parece tener Bradbury respecto a lo que escribe hablando de esas pantallas enormes y los coches tomando velocidades impensables para la época, es un libro que da que pensar, ya no por la proclamada crítica a la época en la que se escribe el libro, sino porque a veces los ideales se oponen a lo debido, y, en ocasiones, elegir lo correcto no resulta sencillo ni evidente. 
Hubo una película en 1966 con el mismo nombre que fue la que me hizo descubrir el libro. Fue mi profesor de Filosofía el que me la prestó pensando que me gustaría y no se equivocó, y es de hecho una de las pocas adaptaciones cinematográficas de libros de las que no me desharía. 

25 de septiembre de 2018

Ready player one, Ernest Cline


Este libro llegó a mí de una forma bastante peculiar. Fue el regalo de cumpleaños de alguien que hoy es amigo mío y la verdad es que fue un poco a la aventura, si bien creo que acerté y para mí fue el descubrimiento del año.
Reconozco que puedo ser un poco predecible en cuanto a regalos se refiere, la mayoría de las veces suele haber un libro de por medio, sobre todo si sé que se trata de personas receptivas a la lectura y este fue uno de esos casos. En momentos así acudo a mi librería de referencia en la que me siento como en casa —en serio— y normalmente es la misma entrada la que ya me ilumina. 
Como me suele pasar se me fueron los ojos hacia él, y la verdad es que en ese momento iba sin saber con cuál me iba a quedar. Quería acertar en ese regalo en concreto. Cuando lo vi no necesité buscar más, este libro de Ernest Cline, del que reconozco que lo que primero me enamoró fue la portada y después la sinopsis, era el idóneo para la persona a quien se lo regalé. 
Estamos en un futuro distópico en el que la vida de la gente se desarrolla principalmente en un juego de realidad virtual, OASIS, casi como si de un Second Life se tratara. Ahí la gente trabaja, va al colegio y, sobre todo, se divierte, ya que como si fuese solo un juego de rol, los avatares, los personajes en los que se mueven y viven los habitantes, pueden subir de nivel, y debido a estas subidas conseguir mejoras, ya sea en vestimentas o incluso en dinero virtual.
La sociedad, por qué no decirlo, se ha ido al traste. Debido al cambio climático tan bestial, la carencia de petróleo y la crisis social en la que se han hundido, la gente huye, y la forma de huir es sumergirse en OASIS, un mundo creado con la ayuda de Ogden Morrow por James Halliday, geek al uso, que en su madurez ve cómo los valores de su juventud, la cual vivió en los ochenta, se han perdido horriblemente y deja como testamento un reto a sus jugadores-habitantes: encontrar un huevo de pascua que esconde un tesoro en este mundo virtual. Este tesoro consiste en encontrar tres llaves y tres puertas que conducen a la herencia del creador y, se sobreentiende, al control OASIS al completo. 
Al principio, naturalmente, todo el mundo se desespera por encontrarlas, casi como si de una Excalibur moderna se tratase, y poco a poco ante la falta de resultados la búsqueda va decayendo hasta que un día, de súbito y casi por casualidad, nuestro protagonista Wade, bajo el nick de Parzival —muy propio, ¿verdad?— encuentra el camino a la primera llave. Y como todo protagonista debe tener su antagonista hacen acto de presencia los sixers, esbirros de IOI, una compañía que busca privatizar el juego y obtener beneficios de él. 
La verdad es que no solo me ha maravillado el contenido, sino lo que yo he interpretado como intertextualidad. En los pequeños detalles de la novela se advierten momentos que te recuerdan a otras obras del género como puede ser la incombustible «1984», que, por desgracia, es cada vez un retrato más fidedigno de la realidad que nos está tocando vivir, «El juego de Ender» e, incluso, «Charlie y la fábrica de chocolate» entre otros muchos clásicos. Eso, a mi parecer, enriquece la novela con detalles que no necesariamente se advierten en una primera lectura e invita a la relectura.
El bastión fuerte de la novela es sin duda que juega con la nostalgia, está claro.
A mí me pilló un poco tarde, pero a quien se haya criado en esta década de los ochenta, tan fantástica y tan llena de innovaciones y de cambios estoy segura de que se le removerá dentro todo un terremoto de sentimientos. No solo por el ambiente, que aunque desarrollado en el futuro bien parece sacado de esta época, sino por el magnífico repaso que hace a toda la cultura musical, fílmica, social y de videojuegos que nos trajeron los ochenta. Estoy segura de que si habéis crecido en esta espiral os va a encantar tanto como a mí, y eso que yo ya solo viví retazos. 
Lo único que os pido si decidís leérosla es que os desliguéis absolutamente de la película, esta, desgraciadamente, no tiene nada que ver. 

17 de septiembre de 2018

Watchmen, Alan Moore y Dave Gibbons


No sé si es que últimamente estoy más pesimista de lo normal, que puede ser, pero cada vez tengo más claro que esto acabará mal, pero no mal de algo ligero que se pueda arreglar, no, mal de hecatombe apocalíptica de acabar todos muertos.
Y mientras tanto y locuras agoreras aparte, y muy en relación con la ucronía en la que se desarrolla, he decidido volver a traeros una novela gráfica que, personalmente, me encanta. 
Alan Moore haciendo un dueto inestimable con Dave Gibbons en lo que se refiere a ilustraciones vuelve a tocar la llaga de una sociedad zaherida para hacernos ver adónde podemos llegar si no se detiene este frenesí de poder y ansia capitalista que, como todo en esta vida, en exceso es terriblemente pernicioso para todo y para todos. 
Es con esta base que se desarrolla una historia de superhéroes que se alejan del uso habitual, puesto que técnicamente no tienen poderes que los saquen de lo normal si obviamos el caso del Doctor Manhattan, que obtuvo los suyos debido a una exposición a la radiación, y solo son gente muy entrenada y vestida con vistosos trajes que se adecuan a su personalidad para luchar por su país en un tiempo convulso.
Estamos en un 1985 alternativo, si bien en la obra encontramos un repaso desde la creación de este cuerpo de héroes hasta la actualidad propuesta.
Frente al transcurso normal de la historia en esta realidad alternativa Estados Unidos ha ganado la Guerra de Vietnam, y lo que supuso un revulsivo social para apartarse —en cierta medida— de conflictos armados durante un tiempo se ha convertido en la gran victoria americana, la que permite que su camino hacia el capitalismo típicamente conservador estadounidense sea imparable. 
Al principio, y debido al éxito de la guerra por su mano, estos superhéroes son socialmente aceptados, sin embargo, conforme pasa el tiempo y la sociedad se va degradando más y más, dejan de ser las estrellas para ser considerados una carga y hasta se les persigue, considerándose a ellos y a sus métodos ilegales.
Algunos continúan con su quehacer en la sombra, otros aprovechan ese tirón mediático inherente a la popularidad, otros prefieren asumir su recuperado anonimato, y todos se unirán para protagonizar esta historia que llega a nuestras manos en forma de novela gráfica. 
Huelga decir que el planteamiento es impecable y que en cierto modo podemos extrapolar esta historia que nos ocupa a la nuestra.
Bajo la frase "¿quién vigila al vigilante?" encontramos ya una bofetada de realidad importante, y más con los tiempos que corren y lo que estamos empezando a acostumbrarnos —si es que no lo estamos ya— a ver y oír en nuestros televisores y radios, y junto con ella la psicología de los personajes, que fácilmente se pueden identificar con cualquiera.
La verdad es que toda la obra en sí es un golpe a lo establecido, a lo que por predisposición —de cualquier tipo— estamos acostumbrados a aceptar.
Personalmente, aunque es una obra dura en ese sentido, me gusta precisamente por eso, porque ofrece la otra cara de la moneda, una nueva impresión de algo que pretendemos controlar y nos muestra que quizá lo que tenemos o tendremos no es tan bonito como quieren hacernos ver. 

28 de julio de 2018

1984, George Orwell


Un clásico.
Creo que muchos hemos aprendido bastante de política con este bendito libro, de lo que se debe y no se debería hacer.
La represión se hace patente en cada instante, desde la neolengua, el inglés modificado, hasta la propia policía del pensamiento, haciendo que el crimen mental no implique la muerte, sino que sea la muerte en sí misma.
Ya no puedes escudarte ni siquiera en tu mente, en lo que crees en secreto. 
Aquél que incumple con la política del omnipresente Gran Hermano acude a la Habitación 101 en el Ministerio del Amor donde pasan las cosas más terribles, puesto que en ella recrean los miedos más profundos del represaliado para meterle en vereda y hacer que vuelva a concordar con el sistema político del IngSoc.
Inglaterra en 1984 está dividida en dos grupos sociales claramente diferenciados, los miembros del partido, atemorizados en la mayoría de los casos aun a pesar de su pertenencia al mismo, y los proletarios, aislados de la política pero pobres y temerosos de los que tienen el poder.
En este entorno aparece el personaje de Winston Smith, que trabaja en el Ministerio de la Verdad, encargado de reescribir la historia en caso de que sea necesario, de crear nuevas personas, de borrar a otras que existen de verdad, a modificar los hechos de forma que siempre satisfagan y hagan ver que el IngSoc y el sistema de gobierno del momento son lo mejor que le puede pasar a cualquier "civilizado". 
El mundo, a su vez, se divide en tres partes, Oceanía, que es donde vive Smith y el IngSoc se hace fuerte, Eurasia y Asia Oriental, y de una forma u otra Oceanía siempre está en guerra con uno de los dos siendo el otro su aliado contra el que queda... ¿o no están en guerra?
Emmanuel Goldstein es el enemigo del pueblo, la antípoda del Gran Hermano, el que se dedica a destruir, en teoría desde dentro, el "glorioso" IngSoc. En él se basa toda la acción que nos trae George Orwell porque al igual que el Gran Hermano su presencia es omnipresente y no se tiene constancia real de que exista o siga existiendo, y es a favor de él o de su idea que Smith lucha en cierto modo, estableciendo una relación con Julia, una chica de la liga AntiSex, y afiliándose a la Hermandad, que resulta ser otra rama más del partido para controlar a la sociedad y descubrir quién les traiciona.
Todo está presidido por la Victoria, la vigilancia de la sociedad a la propia sociedad y el temor del gran enemigo que puede destruir la relativa calma y grandeza de Oceanía, y a la Habitación 101, donde podrían encontrar la muerte o la humillación pública tras la tortura.
Cuidado al leerlo, ya sabéis, el Gran Hermano os vigila.

16 de junio de 2018

V de Vendetta, Alan Moore y David Lloyd


Podría decirse que soy una mujer de obsesiones. 
Bueno, qué diablos, no me voy a quitar méritos, soy una mujer bastante obsesiva con según qué cosas.
Sé que no tiene por qué ser bueno, pero tampoco necesariamente malo, y a mí, de momento, me satisface razonablemente. De esta manera y siguiendo el dicho popular que reza "si algo funciona, no lo toques" mientras no me afecte demasiado en mi vida cotidiana pienso seguir llevando a cabo mis pequeñas manías que, en fin, no sé si me proporcionan suerte o tranquilidad o una mezcla inefable de ambas. 
Esta obsesión en concreto tuvo su inicio cuando empecé la carrera y consiste en que la noche anterior a comenzar las semanas de exámenes siempre veo "V de Vendetta". Es una especie de desconexión que me permito y que hace que ya me sepa prácticamente de memoria casi todos los diálogos de la película, tan fantásticamente protagonizada por Hugo Weaving —¿quién no recuerda al Agente Smith de Matrix o a Cráneo Rojo en el Universo Marvel?— y por Natalie Portman. 
Me gusta mucho, me gusta el tema, los actos y disfruto como una niña con la banda sonora y fue la película lo primero que llegó a mí.
Un tiempo más tarde supe que era la adaptación de una novela gráfica, esta que nos ocupa hoy, escrita por Alan Moore e ilustrada por David Lloyd, y digo adaptación porque aunque capta la esencia del cómic obviamente no es una reproducción fidedigna, algo que, sin embargo, sí que ocurre con otra novela gráfica que os traeré dentro de un tiempo y que, igualmente, me fascina, tanto el original como la adaptación cinematográfica, "Watchmen". 
Así que esta es mi decisión de hoy, traeros esta obra —a mi parecer prácticamente maestra— del cómic que considero ineludible en cualquier anaquel.
Estamos en unos años en el futuro, ha habido una guerra nuclear a escala mundial y ahora Inglaterra está bajo el control totalitario del partido Fuego Nórdico, un partido de ultraderecha liderado por el Líder Susan. La gente ha cedido su libertad y hasta su vida para "protegerlos" de un peligro ideado precisamente por los ideólogos del régimen, que los crea en las mentes de los ciudadanos para seguir ostentando el poder. A cambio reprime en campos de concentración y experimenta con judíos, homosexuales, musulmanes e izquierdistas, pero todos callan, todos salvo uno, V, un misterioso enmascarado con la faz de Guy Fawkes. Con la ayuda de Evey Hammond, encontrada prácticamente por casualidad y salvada de los Dedos del partido, le dará a la gente algo por lo que luchar y en lo que creer, un camino inevitable de vuelta hacia la democracia.
Creo que una de las cosas que más curiosas me resultó de la adaptación fue precisamente el papel que interpreta John Hurt, actor que tristemente nos dejó hace relativamente poco. Y la causa de que me pareciera curioso y hasta divertido es que en esta película interpretara al opresor mientras que en otra memorable adaptación, en este caso de 1984, obra que os traeré con el tiempo, interpretara al oprimido, al siempre interesante Winston Smith. 

9 de junio de 2018

Solaris, Stanisław Lem


Hacía tiempo que me apetecía retomar la ciencia ficción en tanto que es un género que me fascina y que suelo consumir a menudo, y qué mejor manera de hacerlo que de la mano de Stanisław Lem, máximo exponente de una generación en la que lo satírico y lo filosófico daban luz a novelas tan maravillosas como es esta que os traigo hoy. 
Me parece genial el punto de vista desde el que se refleja este texto, porque se enfoca directamente desde el protagonista. Esto consigue que tenga la cualidad de omnisciente, algo que en lo personal me encanta en la literatura porque me hace sentir como una especie de titiritera que mueve a la vez los personajes.
Ya sea porque soy una maniática a la que le gusta tener todo bien agarrado y estructurado, ya porque otorga unos puntos de vista que un narrador no omnisciente no podría tener de ninguna de las formas, lo cierto es que desde las primeras páginas del primer capítulo me enamoré de esta novela. Me parece destacable para bien el detalle y el detenimiento de las descripciones, siendo para mí uno de los puntos fuertes de la novela. 
El planteamiento, pensaréis, poco tiene de ajeno en las novelas de ciencia ficción de la época. 
Lem nos lleva a una realidad en la que la humanidad intenta establecer contacto con un ente alienígena, personificado, si se puede decir así, en forma de océano. Este océano es, aparte de una forma de vida en sí, receptáculo de de muchas otras sustancias y que se presupone inteligente y vivo en un principio. Cuando la forma de contacto comienza a ser agresiva comienzan a sucederse circunstancias imprevistas: el océano es más inteligente que la tripulación que lo estudia y lo utiliza en su contra, extrayendo información de ellos. De esta manera Lem nos permite un viaje a la mente humana y sus características, al conocimiento en sí mismo y a las relaciones afectivas que podemos crear en cualquiera de los niveles.
Me reitero en que, además de lo previsor o visionario que pudo resultar Lem a la hora de reflejar estos contactos, anteriores a los que se intentaron con la sonda Voyager y la propia exploración extraterrestre, el punto fuerte de la novela es la descripción minuciosa y detallada de los seres y del mismo espacio que los rodea y que se pretende contactar. Milimétricas y destallistas, son estas descripciones las que hacen Solaris perfecta para adaptarla en cualquier medio, algo que se hizo en dos ocasiones con diferentes resultados. Me resulta maravilloso el modo en que acerca la psicología de los personajes y del propio ente a la realidad, acariciando con ello el abrazo de estas dos realidades, literaria y fantástica. 
Creo que tanto si sois fanáticos de la ciencia ficción como si no os gustará, y si es el último caso, os introducirá en una espiral deliciosa de fantasía y posibilidades que cada vez parecen estar más y más cerca.