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15 de diciembre de 2020

El bosque de los pigmeos, Isabel Allende


Quisiera finalizar las Memorias del Águila y del Jaguar, una serie de mágica realidad que Isabel Allende nos brindó hace ya algunos años.
Si en la primera, eran Alex y Nadia los que se conocían y se adentraban en la mitología de Sudamérica para comprender qué eran y por qué eran lo que eran, esta vez es África la que se nos muestra como escenario, una África ancestral, tierra de vudú, de peligros inmateriales y misterios por resolver.
Bajo el reportaje de la abuela Kate, encontrarán, tal vez, tanto o más peligro que la vez anterior, ya que el tráfico de marfil y otras actividades clandestinas y prohibidas serán el eje de todas las amenazas a las que tengan que enfrentarse en un sistema corrompido desde las más bajas bases y movido por los poderosos que se presuponen dignos.
Los personajes han crecido junto con los lectores, si en la primera entrega nos encontramos a unos adolescentes que apenas sí sabían qué tenían que hacer o qué querían llevar a cabo, ahora están totalmente compenetrados, son capaces de manejar a su animal totémico y son ya un hombre y una mujer propiamente.
Sinceramente, creo que este libro, plagado de explicaciones, descripciones y escenarios que se pueden equiparar a la antropología menos amateur, es el punto final que mereció la saga, cerrando cabos que se presuponían olvidados y brindando al lector la capacidad de sentir que ha finalizado, junto con ellos, una etapa, un punto de inflexión entre el antes y el después de llegar estas letras a sus manos.
Aunque bueno, las etiquetas están ahí y este libro, inicialmente, se destina hacia un público mayormente juvenil, adolescente y demás, yo creo que es apto, incluso idóneo, para todo tipo de lector.
Un poco de fantasía no le viene mal a nadie. 
Los niños pueden aprender mucho, aunque haya cosas que, inevitablemente, se les escapen, y los adultos pueden recordar y disfrutar con un mundo en el que la realidad se mezcla y hace olvidar los problemas cotidianos de los que todos adolecen.
Os recomiendo la trilogía encarecidamente.

12 de noviembre de 2020

El reino del dragón de oro, Isabel Allende


Hace un par de meses, más de lo que hubiera esperado, y no es que me haya olvidado de continuarla, comencé a enseñaros esta pequeña joya de la novela hispanoamericana actual con la primera parte de esta trilogía de Isabel Allende. 
No me olvidé, es simplemente que han ido surgiendo otros libros y he ido posponiendo la segunda entrega de «Las memorias del águila y del jaguar». Pero aquí está, «El reino del dragón de oro».
Si recordáis, Alex y Nadia recorrieron el Amazonas más puro de mitología y leyendas aprendiendo en su camino que no sólo lo que tenemos por habitual es la realidad, y esta vez es al Himalaya adonde acompañan a la abuela Kate, al Reino Prohibido. Paralelamente, vamos descubriendo que en ese reino hay un dragón de oro, herencia de los monarcas de este reducto, que descubre el futuro y que es reclamado por un misterioso coleccionista del que nada se sabe pero del que se intuye que sus intenciones no son buenas, algo que se confirma con los medios que usa y a los que recurre para obtenerlo, a toda costa, y que en el Valle de los Yetis, estos antropomorfos padecen una enfermedad letal que les destruye poco a poco y les condena, sin piedad, a la desaparición.
Esta vez, las creencias ancestrales del chamán son sustituidas por las de un monje budista, que se convierte en su guía, y por el heredero del reino, depositario de estas enseñanzas y encomendado a él para aprender que los caminos de la naturaleza, la paz, y de la vida, en definitiva, no son los que transitamos cada día, sino que hay senderos alternativos mucho más pacíficos y menos dañinos para con nosotros mismos.
Es curioso porque Allende hace una contraposición entre dos mundos claramente diferenciados, el "civilizado" y el "primitivo", y no es que sea una apología del "primitivismo", en el sentido menos peyorativo de esta palabra, pero sí que se entrevé que, quizá, desprendiéndonos de cosas que podemos considerar un tesoro, nos damos cuenta de que sólo son una carga.
La naturalidad con que afronta este hecho la hace merecedora, cuando menos, de una pequeña reflexión, y yo, desde aquí, os invito a hacerla.

25 de marzo de 2020

La casa de los espíritus, Isabel Allende


Supongo que me pasa como a todos, que, de vez en cuando, me hace falta un poco de algo diferente en mi vida, esa pequeña dosis revitalizadora que lo cambia todo. Y a veces ese algo diferente es el realismo mágico, que consigue que vea las cosas de otra manera, abriendo mi mente y aceptando que la literatura no siempre tiene por qué ser fidedigna, sino verosímil.
Por lo tanto, no podía faltar en esta selección Isabel Allende, una autora que ha conseguido mi evasión en muchas ocasiones.
En este libro que os traigo, Isabel Allende nos relata la historia familiar de los Trueba, con un retrato puntilloso y preciso de cada miembro de la familia, y junto con esta familia tan peculiar, cuyo eje es Clara, la madre, que posee el don de la clarividencia, es la historia de Chile a través del tiempo, y, a la vez, de toda Latinoamérica.
Dentro de la misma familia se pueden ver las distintas vertientes políticas que pincelaban la época, y quizá este sea uno de los motivos por los que acabamos amando u odiando a este o aquél personaje, la identificación es tremendamente fácil, y todo lo que arrastramos con nosotros termina de caracterizar al Trueba o al ajeno de turno, haciendo una especie de simbiosis entre nuestra propia experiencia y lo que sabemos —o creemos saber— de política.
E imagino que esto será mucho más fuerte en alguien de Chile que haya vivido en primera persona la mayoría de los acontecimientos, algunos infames, que golpearon el país.
Al final, lo que intuyo es una profunda soledad, como si la capacidad de contactar y entender a los espíritus fuese el clavo necesario al que agarrarse para no perecer entre tanta convulsión, y para una historia tan dura es imposible no pensarla con la magia que le confiere este y otros caracteres extraordinarios que adornan a los personajes.
Si me gusta es porque a pesar de todos los ingredientes, opuestos y equivalentes a partes iguales, que la conforman ninguno de ellos sobra, y la verdad es que considero relativamente difícil hilar tantos temas y tan diferentes para que quede algo decente, cuanto más si es uno de los mejores libros de la literatura hispanoamericana, por lo menos a mi parecer.

12 de septiembre de 2019

La ciudad de las bestias, Isabel Allende


Revolviendo entre mis libros —algo que suelo hacer con bastante frecuencia sin ningún motivo en especial, si bien ahora ocurre que lo estoy haciendo porque estoy limpiando la estantería para hacer sitio— y soplando un poco de polvo de sus cubiertas he vuelto por un momento a mi adolescencia más ansiosa de comprensión y libertad. Esta necesidad se vio compensada por parte del realismo mágico, y en este caso fue de la mano de mi queridísima Isabel Allende.
Este libro que hoy nos ocupa es el primer título de los que conforman «Las memorias del Águila y del Jaguar», una trilogía que me dio la posibilidad de volar y correr en mi mente aventuras que de otro modo me habrían estado vedadas.
En este tomo, el primero, insisto, los protagonistas toman contacto. Es la Amazonia la que conforma el telón de fondo y donde se crearán las historias entre mitología y folklore que se confunden con la propia realidad.
Alex es un niño que, por circunstancias familiares, acaba viviendo con su excéntrica abuela Kate, una periodista especializada en viajes que le tiene preparada una sorpresa, una expedición a la selva amazónica en busca de una bestia que, en principio mitológica, es más real que el aire que respiran.
Como compañera tiene a Nadia, una joven autóctona, y como ayuda para encontrarse un chamán cuyas palabras pueden resultar exasperantes por ambiguas, pero que esconden siempre una enseñanza que adivinarán con mentes privilegiadas.
En esa selva descubrirán mundos mágicos no tan lejanos del que ellos consideran real: dioses mitológicos, olvidados a causa de sus civilizaciones devastadas, que siguen vivos y se hacen notar, sus animales totémicos —que dan nombre a estas Memorias— que les ayudarán en momentos cruciales y la maldad y la ambición de la gente que no ve más que negocio en asuntos que inspiran una paz casi religiosa.
Entrevemos El Dorado en las descripciones de Allende, y hace suyo al lector con momentos tragicómicos, con personajes perfectamente caracterizados en cuanto a físico y psicología en una novela, en una trilogía, con una sencillez asombrosa y sorprendente.

2 de diciembre de 2018

Como agua para chocolate, Laura Esquivel


En una época en la que tendemos a creer a pies juntillas todo lo que nos muestran desde los medios de comunicación —haciendo el efecto contrario las más de las veces— y los libros de texto que muchas veces se olvidan de mostrarnos el amplio abanico de escritores que se prodigan en los distintos géneros repitiendo hasta la náusea los mismos nombres, desgastados tal vez por exceso de uso, hoy me gustaría mostraros, si es que no lo sabéis ya, que en el Realismo mágico hay más nombres aparte de Gabriel García Márquez, Horacio Quiroga o Carlos Fuentes entre otros —sin denostarles, naturalmente, porque es obvio que lo suyo tienen cuando se les tiene en tales pedestales. 
El problema es que por encumbrar a unos nos olvidamos de otros escritores cuya trayectoria literaria es tan buena como la de los recordados. Y este es, para mí, el caso de Laura Esquivel, una escritora mexicana que en este libro que os traigo hoy establece la relación que existe entre lo de más allá, lo sobrenatural, y lo de más acá, lo humano, a través de la historia y los amores de una mujer fronteriza.
Es el tiempo de la Revolución mexicana y la laxitud de las normas brilla precisamente porque está en su máximo apogeo, y esto también sucede en los amores. La madre de nuestra protagonista, cual Bernarda Alba a lo mexicano, separa a Tita de su amor para juntarlo con su hermana, y es el conjunto de recetas de cocina y las metáforas usadas para reflejar los estados de ánimo y relacionadas con ellas las que hacen reír o llorar hasta los más fatales desenlaces que puedan imaginarse.
Ya no es solo la separación, porque la pérfida madre consigue no solo la boda, sino que se vayan del país, también es la muerte del hijo de su hermana y su eterno amor el que la termina de quebrar estallando como un globo de papel, y es al final de todo la exaltación de las pasiones y la muerte quienes ganan de mano cualquier partida perdida en el pasado.
Esta tragicomedia moderna ambientada en épocas convulsas y confusas merece un puesto en el estante de cualquier librería que se precie. La risa acompaña al llanto de la mano allí donde la muerte se celebra como santa y se la venera. Es la dicotomía de lo doloroso y la distensión que son caras de la misma moneda, y el destino que parece querer vengarse de Tita a lo largo de su vida por motivos desconocidos parece tener piedad en tanto que le permite culminar lo deseado durante tanto tiempo, aunque se lo arrebate después de la forma más cruel.
Si fuera creyente, si fuera Tita, diría que Dios juega a los dados, dijeran lo que dijeran.