16 de agosto de 2019

Duma Key, Stephen King


Hace tiempo que no volvía a los brazos literarios de Stephen King y la verdad es que, como hacía tiempo que no leía nada suyo, en estos días de asueto me decidí por ella. 
Y qué sustito, madre mía, aunque también os digo que es que yo soy de natural aprensivo, sobre todo con estas cosas y más aún cuando las leo de noche, porque aunque esté de «vacaciones» lo cierto es que solo tengo tiempo para leer robándole horas al sueño.
Edgar es nuestro protagonista y ha sufrido un terrible accidente de coche que le provoca la pérdida de un brazo y una grave lesión cerebral que le vuelve violento hasta el punto de atacar a su mujer. Como consecuencia y naturalmente ésta pide el divorcio.
Aconsejado por su médico decide llevar a cabo una cura geográfica, es decir, retirarse a un sitio alejado de todo para recuperarse y encontrarse a sí mismo, y en esta cura redescubre su capacidad de dibujar, que había olvidado con los tejemanejes de la empresa donde trabajaba antes del accidente.
Sin embargo, este accidente parece haber trastocado todo, y no solo su vida. 
Ahora algunos de sus dibujos parecen oscuros, malignos, y él no recuerda haberlos dibujado.
Los dibujos tienen vida propia y son perversos hasta el punto de matar, y el pasado de la casa y de él mismo sale a la luz impulsado por la maldad que destilan estos cuadros.
Normalmente el terror psicológico me suele aterrorizar, valga la redundancia, no sé si porque soy demasiado imaginativa en según qué ocasiones o porque lo interiorizo de tal forma que empiezo a ver problemas en todas partes, y este librazo no se queda atrás.
Pocos escritores hay como Stephen King para mi gusto que consigan dotar de vida —y de maldad, que no se nos olvide— a algo tan inocente en apariencia como puede ser un dibujo y consagrarlo de tal forma que hasta el más triste garabato nos asuste.
Está claro que King es el gran maestro de este género, y como tal no tiene parangón, pero en relación con libros anteriores suyos que he tenido el placer de leer Duma Key es diferente. Lo que no sé es por qué razón lo es.
Es, sin lugar a dudas, un libro extraño, muy extraño, pero pensándolo fríamente, ¿qué libro de King no lo es?

11 de agosto de 2019

La sonrisa etrusca, José Luis Sampedro


Creo que José Luis Sampedro es uno de esos autores a los que odias o amas si te fijas en algo más que en su literatura. 
Él daba buen uso a su fama y se comprometía con causas más o menos perdidas que muchos temen aceptar por miedo a determinado tipo de represalias, léase menor venta o cualquier cosa que se pase por las cabezas respectivas. 
Al margen de estas circunstancias que en poco aquí nos atañen hoy os traigo el que quizá sea el libro que se asociará eternamente a su nombre, uno de aquellos que le dieron fama internacional y que se alejaba del campo económico en el que había desarrollado su profesión antes de acercarse a la literatura. 
Nuestro protagonista es Salvatore, al que todos llaman Bruno, sobre todo sus viejos camaradas partisanos. Él es un anciano cabezota —como todos a esa edad supongo, a esas alturas de la vida ya no consienten, o no quieren, que nadie les maneje lo que les quede por vivir— que va a casa de su hijo para que le traten una enfermedad que es, por desgracia, mortal.
Lo que no espera Bruno es que a pesar de todo lo que gruñó para que no le movieran de su tierra calabresa a la que tiene tantísimo amor es que encontraría un amor aún más grande y, sobre todo, nuevo, el que siente por su nieto, también Bruno, que le hará más fácil el tránsito y que le descubrirá nuevas facetas, nuevos momentos en los que no creía porque pensaba que no los iba a conocer.
Y allí, en Milán, también encuentra otra pasión, este caso por una mujer, quizá la última, que le dará un poquito de más sentido a su vida.
Con este cuadro casi costumbrista, por decirlo de alguna forma, Sampedro también ofrece dos realidades distintas: la del pasado, la de la juventud de Bruno, en la guerra y con los partisanos, y la del presente de su hijo y de su nuera, que a su vez se dividen de otra forma, Bruno en su Calabria natal, ruda y campestre y no exenta de encantos y Renato, su mujer y el pequeño Brunettino en el Milán más urbano y moderno.
No sé si he sabido expresar todo lo que es la obra, en todo lo que consiste, pero sí os puedo decir que siempre que la leo me hace sentir, con todas sus letras.
Es de nuevo un libro-llorera, como yo los llamo, un libro que te remueve cada fibra del cuerpo porque es una historia de amor tan profunda, tan profunda, que acaba doliendo.
Nosotros vamos cambiando con los cambios que sufre Bruno, aunque por suerte no son tan drásticos en nuestro caso.
Cuando llegué al final, un final que sin duda se advierte casi desde la primera página —no os lo voy a negar— me di cuenta de que cuántas veces hacemos un mundo de lo que nos toca vivir y muchas de esas veces son cosas que, aunque nos parezcan tremendas, en realidad no lo son tanto, y no somos capaces de notar, de apreciar todo lo que tenemos y todo lo que somos, y creo que de cuando en cuando no viene mal tampoco hacer que algo, en este caso un libro, sea capaz de removernos aunque sea un ratito y nos haga mejor persona. 

7 de agosto de 2019

Manolito Gafotas, Elvira Lindo


Reconozco que no tenía pensado actualizar precisamente hoy con este libro, pero estaba buscando información acerca de otro que leí hace muchos, pero que muchos años, y en la página de la editorial en cuestión había un pequeño banner a la derecha con la imagen de este entrañable personaje que me acompañó en mi periplo infantil y que a día de hoy vuelvo de vez en cuando por pura necesidad de nostalgia y buenos ratos. 
Leí muchos libros, sigo leyéndolos, de hecho, pero recuerdo con especial ternura las aventuras de Manolito Gafotas, un niño rechoncho de Carabanchel —Alto, no lo olvidemos— que afronta como puede una realidad costumbrista pero llena de humor con sus amigos, entre ellos prototipos —lingüísticamente hablando— como el chulito, reflejado en Yihad, el Orejones —o Cochino Traidor—, Susana Bragas-Sucias o Paquito Medina, el listo de la clase, su "sita" Asunción, que les recordaba que lo más probable era que acabaran convirtiéndose en delincuentes o, tal vez, en el próximo premio Nobel su vecina Luisa, que es la cotilla del piso y su familia.
El Manolito de Elvira Lindo es un niño de a pie, creo que por eso gusta tanto. Su vida es una vida normal que magnifica las adversidades que se le presentan. 
La especial relación con su abuelo Nicolás, un hombre realmente entrañable que quiere con pasión a su nieto, el Imbécil, su hermano, que le despierta celos y amor a partes iguales, su madre, ama de casa incondicional que se impone a base de collejas y su padre, camionero, que mantiene a su familia con sus largos viajes pero que, a pesar del cansancio, sigue estando allí para ellos, da igual lo que ocurra.
Aún conservo muchas pequeñas historias y expresiones ligadas a este fantástico personaje.
Cuando el fin de semana se hace denso, larguísimo y aunque tenga mil cosas que hacer no tengo ganas de hacer ninguna yo también me pongo pastosa como Manolito. Es curioso cómo, a pesar de que pasen los años, hay cosas que se graban tanto en tu memoria y en tu forma de ser que siguen conservándose aunque haga siglos, figuradamente hablando, que no lo leas. 
La verdad es que he tenido auténtica pasión por este personaje, aún la tengo, de hecho, y lo cierto es que, pensándolo, me entra un no sé qué por el cuerpo cuando compruebo que hace demasiados años que no me dejo atrapar por sus hojas.
Después de traéroslo puede que lo haga más pronto que tarde, porque siempre es bueno recuperar por un ratito la inocencia de aquellos ojos que devoraban con auténtica devoción las aventuras y desventuras de Manolito Gafotas. 

3 de agosto de 2019

El sueño de Alejandría, Terenci Moix


No es la simple segunda parte de «No digas que fue un sueño», que ya os traje hace unos meses, no. 
Es la historia de lo que sucede tras la muerte de Antonio y Cleopatra, de cómo sus hijos van a Roma con Octavia, la esposa de Antonio, mientras Alejandría cae en manos del Imperio. 
Esta vez la acción no se centra en la provincia romana de Egipto propiamente, si bien sigue siendo el telón de toda la obra. 
Esta vez la historia se desarrolla en la Mauritania de la época donde Cleopatra Selene, hija de los desdichados amantes, se casará con su rey.
Allí, el jardinero, Fedro, se convierte en el motor de la novela y centra la profunda búsqueda espiritual que le guía hacia adelante, constituyendo otra muestra —maravillosa, por cierto— de lo que para el grandísimo Terenci Moix significaba y tenía de necesario lo iniciático en el discurrir de la vida de sus personajes y, trasladado, a todo ser humano. 
Los destinos y las pasiones vuelven a jugar a las cartas guiados por los detalles y los pequeños momentos de inspiración propia, lejanos de la historia fidedigna, porque qué sería una novela sin imaginación, ¿no creéis?
En lugar de desmerecerla, dan a la obra un ritmo ameno de lectura, algo que para mí, personalmente me hace tener ganas de devorarla de principio a fin.
Roma seguirá adueñándose de todo a cualquier precio, da igual las vidas que tenga que arrasar o los poblados que tenga que subyugar.
Roma ha de ser grande, y si para ello ha de usar a sus más egregios ciudadanos de forma que actúen como meras marionetas a su antojo lo hará.
Siempre que la leo esta novela me recuerda al desierto.
Podría pensarse que es algo obvio si tenemos en cuenta la localización, donde se desarrolla el nudo de la novela, pero pienso que es más por la forma de narrar que tiene Moix, en la que se ve la pasión que tenía por Egipto y la manera en que consigue que te traslades en el tiempo y en el espacio hasta convertirte en un personaje secundario más. 

31 de julio de 2019

Animal, Colo


Llevo mucho tiempo pensando en este cómic, en cómo me cambió la vida y en que debería traerlo más pronto que tarde; primero por el favor que me hicieron escaneándome la portada que no encontraba por ninguna parte en una calidad decente que yo considerara apropiada para ilustrar la entrada —gracias, sé que me lees—, y segundo porque de verdad que, al margen de zarandajas, este es un cómic que te cambia la forma de ver la vida y no estoy exagerando en absoluto. 
De un tiempo a esta parte estoy dejándome querer por los cómics y especialmente por los autores españoles de cómic. Si  estamos versados y pensamos en la novela gráfica actual a nuestra mente viene enseguida el nombre de Alan Moore o el de Frank Miller, por mencionar solo dos, pero muchas veces nos olvidamos de delicias como las de Paco Roca, Miguelanxo Prado o el de Colo, autor de esta obra que os traigo hoy. 
La premisa de la que parte es bastante original, si es que se puede calificar así. 
Nuestro protagonista quiere dejar de ser humano. Quiere renunciar a su humanidad y para ello hace todo lo posible, desde recurrir a un abogado hasta seguir adelante a los juzgados, pero no nos cuenta directamente por qué. Los motivos nos lo dan los personajes con los que se cruza en su vida y que le han tratado siendo estos los que vertebran la historia de nuestro protagonista. 
De él se habla en tercera persona: este nos cuenta que siempre ha sido callado y que parecía estar de acuerdo en todo, aquel nos enseña que en cierto modo siempre ha estado de paso, observando, ignorando, que hasta de niño era raro, y a través de él y sus acciones, y, sobre todo, de sus deseos, Colo nos enseña que somos reflejo de él, como individuos y como sociedad. 
La sociedad está deshumanizada, el sueño de la razón ha producido monstruos y nos escudamos en el Ellos, en que los monstruos son los demás para no ver que nosotros también lo somos y que estamos ciegos a ese hecho, ¿pero realmente está todo tan perdido como para ser ajenos a la realidad?
Por eso creo que este es un cómic de lectura obligatoria, si bien recomiendo que no se lea en un momento de bajo ánimo porque toca cada una de nuestras fibras al hacer que nos replanteemos si esa pérdida de humanidad que persigue el protagonista con tanta ansia ya es un hecho y esta pretensión es únicamente un conjunto de palabras. 
Mediante sus páginas llegaremos a conocernos un poco más a nosotros mismos, pues este cómic es acaso un espejo. La única advertencia que tengo que haceros es que quizá no nos guste lo que veamos en él. 

27 de julio de 2019

Ada o el ardor, Vladimir Nabokov


Si algo tuve claro cuando leí «Lolita» —que os traeré con el tiempo— es que estaba delante de un grandísimo autor, un autor paradigma de lo transgresor y crítico y mordaz como él solo. 
Y no es por convención general, como habitualmente suele pasar, sino que os lo afirmo tan rotundamente y siempre bajo mi opinión porque lo he comprobado sumergiéndome de lleno en sus obras siguiendo un orden un tanto especial. 
Es cierto que comencé con la más famosa de todas, no por predilección, sino porque, obviamente, al ser la más famosa era la que sabía que iba a ser más asequible en esta ciudad en la que la carencia suele brillar por su permanente presencia, y este descubrimiento que hacía tiempo que me venían recomendando hizo estragos en mí, aunque eximiendo la palabra de cualquier sentido peyorativo. 
Vladimir Nabokov abrió en mí una nueva perspectiva de la literatura rusa que siempre había esquivado. 
La novela que os traigo hoy es la que el propio autor calificaba como su favorita, una saga familiar, un género bastante curioso en el que veo que para entender el presente de la familia hay que entender, principalmente, el pasado de sus ancestros. 
Para mí esta novela es un ejemplo de manual de lo que Nabokov puede llegar a conseguir con lo que aparentemente puede resultar tan sencillo como unas letras. Aquí sigue rompiendo moldes, los pocos que le quedaban tras haber hecho de «Lolita» su estandarte crítico. Deja lo correcto a un lado para narrar en flashback las causas del presente y, en un amor aparentemente inocente entre primos —algo que, por otro lado, en la época en la que se ambienta el libro era más habitual que ahora—, asienta las bases de algo mucho más oscuro y desconocido, producto de relaciones furtivas, del incesto más puro y de anacronismos técnicos que rozan lo divertido por cómo consigue encajarlos en años en los que ni siquiera pasaban por la cabeza de los inventores. 
Tengo que decir que me impactó. 
No solo por los temas que trata que, aparentemente, resultan hasta frívolos, sino porque consigue convertir lo que a simple vista se trata de un libro de sexo por el sexo en pensamientos de trascendencia filosófica en el sentido de que deja las miguitas justas para que construyamos en nuestra cabeza las preguntas necesarias para plantearnos el por qué de haber llegado hasta allí, de las consecuencias de los actos. 
Como bien dice el título, es el ardor en todas sus formas el que encontramos en estas páginas, y espero sinceramente que lo disfrutéis en estos días de verano. 

23 de julio de 2019

James y el melocotón gigante, Roald Dahl


A veces, en un ejercicio de introspección extraordinario, llego a la conclusión de que no querría ser así, pero aunque a veces lo he intentado con todas mis fuerzas —con resultados dispares— no puedo cambiar por más que lo he intentado cuando las circunstancias han sido emocionalmente adversas. 
Soy un oso amoroso bañado en miel y espolvoreado en azúcar glas la mayor parte del tiempo, aunque como persona pasional también puedo ser terrible en la ceguera que da el dolor. 
Pero como hoy puede más la parte de oso amoroso y echo de menos unos abrazos que tendré, por fin, dentro de muy poco, me he acordado de uno de los libros que más me gustaban cuando era pequeña, uno de los libros que rompí literalmente de tanto leerlo y eso era muy difícil porque siempre he sido extremadamente cuidadosa —hasta el punto de rozar la obsesión, creedme— con las cosas que me han gustado, pero ya sabéis que a las tapas blandas las carga el diablo y por eso no me gustan nada de nada. 
De todas formas esa es la única pega que podría ponerle a este libro de Roald Dahl que tantas veces me ha animado, porque lo cierto es que para mí es una de las mejores obras de literatura infantil que ha habido o habrá. 
Aunque esto, siendo sincera, es aplicable a toda su bibliografía.
Como digo, este es un libro maravilloso en toda su extensión a pesar de que la premisa de la que parte es un poco triste. 
James es un niño huérfano que vive con sus malvadas tías y que le tienen acogido desde la muerte de sus padres, si bien decir que está acogido es una expresión demasiado amable para lo que le hacen. Un día encuentra a un extraño que conoce su situación y le afirma que le brindará la felicidad si hace lo que le dice con un regalo que le hace, pero por un tropezón acaba creando el melocotón gigante que será el túnel a un mundo mágico, con habitantes igualmente mágicos que le alejarán de todas las penalidades a las que se ha visto sometido durante la parte de vida que ha pasado con sus tías. 
Me ha gustado volver a sentirme pequeñita emocionalmente por un día y volver a sus páginas gastadas. 
A veces también me gustaría encontrar la forma de hacer gigante un melocotón, aunque fuese por accidente como le ocurre a James y vivir todas las aventuras que vive con sus moradores.
Sobre todo en días como hoy. 

19 de julio de 2019

Ana Karénina, León Tolstoi


Seguramente es bastante obvio pero el siglo XIX me fascina casi tanto como la Edad Media.
Es extraño porque, aunque creo que no me hubiera gustado vivir en la época —y me reservo los motivos— sí que me encanta leer acerca de ella, me gusta empaparme de todo lo que llega a mis manos referente a un siglo de luces y de sombras como fue el XIX. 
Siempre he dicho que la literatura es el reflejo de la sociedad en la que se desarrolla, es hija de su tiempo, y creo que ninguna corriente como el realismo es capaz de abofetear las miserias de su época. Y es en este contexto donde León Tolstói, en su madurez, pergeña el devenir de nuestra Ana Karénina. 
El adulterio es el eje central. Y, aunque no es nada nuevo, me parece interesante el modo en que lo trata. No es que hayamos cambiado demasiado de mente respecto a aquellos años, pero ahora nos escondemos tras una liberalidad tolerante que realmente no refleja lo que la mayoría piensa.
Ana se erige como mediadora en una situación en la que ella misma se encontrará, y aunque en un principio parece adecuada su actuación en cuanto a las normas de la época se refiere, sdespués se convierte en el baluarte de la apertura, contraviniendo el encorsetamiento hipócrita para decidir por ella misma y no por los demás.
Tolstói siempre me recuerda una cierta estructura binaria. Normalmente, o así lo interpreto yo, suelen ser dos líneas que discurren paralelas, a veces opuestas. En este caso son los personajes de Ana y Lyovin y la contraposición de la pérfida vida urbanita que corrompe con su sola presencia y la apacible vida rural, epítome de todas las virtudes posibles y que apacigua, o en cierto modo palía, las deficiencias de un ser humano, proscrito e imperfecto por naturaleza. 
Ya sabéis que siento especial inclinación a sumergirme en libros en los que la crítica social es importante, ya sea de forma alegórica o de forma directa, y este es uno de los de la segunda opción. 
Una novela realista rusa no necesita explicación en el sentido de que hasta el más ínfimo detalle queda representado, porque es válido y necesario para argumentar y sustentar la situación que plasma.
En Ana Karénina el blanco de la crítica es la alta sociedad rusa de la época, altamente hipócrita, que se permite el lujo de denostar aquello que ellos mismos llevan a cabo, con la única finalidad de mantener su posición elitista que controla los destinos y los intereses de los demás. 

15 de julio de 2019

Emma, Jane Austen


Como ya habréis supuesto dado que he hecho más de una referencia a ella siento especial debilidad por Jane Austen y su obra. 
Bueno, más bien por las heroínas protagonistas de sus libros.
Todas ellas me parecen maravillosamente bien construidas, cada una es para mí una faceta de una única personalidad, la de su autora, y si juntamos a Fanny, a mi adoradísima Elizabeth y a tantas otras que todavía no he traído pero que prometo traer junto con la protagonista del libro que hoy nos ocupa, Emma, seguramente encontremos a la Jane Austen que se debe leer entre líneas, a la que quizá todavía desconozcamos. 
Yendo al asunto de las facetas, la de hoy es la más hilarante y, tal vez, irreverente de todas, y digo irreverente porque Emma es una suerte de Celestina moderna con sus amigos pero que, sin embargo, una vez su institutriz se casa, se da cuenta del profundo vacío existencial que es su vida, de que, quizá, no todo sea tan divertido como los enredos que crea con sus tejemanejes y son precisamente estos los que la enfrentarán a una realidad a la que debe sobreponerse, pero siempre manteniendo el cariz cómico detrás de sus acciones, porque, al fin y al cabo, si lo pensáis la vida no es más que una tragicomedia patética en muchos casos.
Es la causa del aburrimiento existencial que siente Emma la que la inclina a tales devenires, puesto que su posición económica y el cariño familiar está asegurado, y aunque es inteligente, no es una heroína al uso, puesto que no lucha abiertamente; su lucha es hacer de alcahueta.
Lo cierto es que, aun dentro del estilo tan personal de Austen, que ya es decir mucho, este libro es deliciosamente frívolo, como un reflejo de la alta sociedad de la época cuyo único afán era el de mantener las apariencias, casar a las hijas con buenos partidos para que, a su vez, tuvieran más hijas que casar con otros maridos ricos que las mantuvieran y que continuaran el statu quo que se había creado en la época y a lo largo de los siglos.
Cuando lo leía pensaba en que la a veces exasperante señora Bennet encajaría perfectamente en este mundo que crea Emma, casi como una versión joven de ella. 
Sin embargo, a pesar de esta frivolidad, es un libro divertido y encantador, porque en esta frivolidad que menciono encuentro la más profunda ironía de la Jane Austen más capaz y eso me fascina.

10 de julio de 2019

Zona uno, Colson Whitehead


Sin que sirva de precedente debo admitir que poco a poco me estoy sumergiendo más en el mundo de los zombis. 
No sé si porque, por suerte, va pasando el furor por la novela erótica —y no es que no me guste, la disfruto mucho en el sentido más amplio de la palabra, pero considero que la dosis hace el veneno— o porque, en realidad, voy progresivamente endureciendo mi aprensión y mi miedo —que es mucho todavía, os lo aseguro— y pensando que el hecho de que te coma el cerebro un zombi no es, al fin y al cabo, una opción tan mala. Especialmente en épocas de hastío. 
Colson Whitehead ha sido el primero que en un libro serio de zombis —un día os traeré el «Lazarillo Z» y sabréis a qué me refiero en lo que respecta a la seriedad— ha conseguido que me enganche de verdad y que acabe en cierto modo pensando que un apocalipsis de estos que han predicho tantos libros y series al mismo tiempo no es necesariamente malo.
Desde luego, la hipótesis inicial con la que se sostiene el libro es la básica, la de una epidemia de un virus malo malísimo que ha dividido a la humanidad en sanos y en zombis, una zona acordonada —exacto, lo habéis adivinado, la zona que da nombre al libro— que supuestamente contiene la enfermedad y que, naturalmente, esconde secretos no excesivamente agradables.
Sin embargo, lo bueno a mi parecer de este libro es que no necesita de grandes cambios o invenciones para hablar de algo totalmente nuevo: Colson Whitehead trasciende el bicharraco comecerebros —permitidme la expresión— habitual hacia una reflexión filosófica que no deja de ser una terrible metáfora de nuestra realidad, empleando la zombificación ficticia para ilustrar la que padecemos hoy en día bombardeados por anuncios y hasta por la gente que nos rodea, una zombificación que nos reduce a meras caricaturas de nosotros mismos y que, en última instancia, nos destruye como personas y, por extensión, como humanidad. 
La contraparte es que no encontramos algo demasiado dinámico en según qué fragmentos porque el autor es muy puntillista en su narración, que, si bien en determinados momentos es densa, no deja de ser perfectamente brillante la mayor parte del tiempo.
No sé si la metáfora que yo veo y que menciono más arriba es fruto de la abulia general, pero me ha parecido interesante porque no esperaba encontrar tal vez una reflexión así en un libro del estilo.
A veces los prejuicios nos privan de cosas tan interesantes. 

6 de julio de 2019

Fahrenheit 451, Ray Bradbury


Después de unos días de meditación trascendental vuelvo con este clásico de la distopía escrito por Ray Bradbury en 1953 y que fue producto del terror vivido en los Estados Unidos de su época durante la caza de brujas llevada a cabo por el senador McCarthy en contra de un supuesto comunismo que amenazaba con destruir la esencia americana, si bien y dadas las circunstancias podría haber sido escrita hoy y no nos sosprenderíamos ni levantaríamos la ceja más de lo normal. 
El título hace referencia a la temperatura a la que arde el papel, y Bradbury nos cuenta en esta distopía la historia de Guy Montag y su sociedad. Él es un bombero que no apaga fuegos, sino que los produce. Su función laboral es quemar libros, ya que leerlos impide que la felicidad reine y que la igualdad caiga puesto que, al leer, descubre el individuo las diferencias. 
Un día conoce a una muchacha que le hace cuestionarse y preguntarse si realmente lo que hace es lo que quiere hacer, lo que debe hacer, y en uno de los incendios debe provocar en la biblioteca de una vieja mujer roba uno de los libros, rescatándolo así de su fatal destino y sellando el suyo propio. 
Los ideales de la mujer se hacen patentes cuando es ella misma la que prende su biblioteca, y esta acción tan valiente como desinteresada llevará a Montag a una profunda reflexión que un conocido, el profesor Faber, le aclara. Montag se da cuenta de lo banal de su vida, de lo emotivo de la lectura y, a pesar del riesgo, lee a su mujer y a sus amigas —cuya vida pasa delante de una pantalla con la que interactúan— un poema, y la reacción le hace decidir enfrentarse a su jefe. Sin embargo, una alarma les impide continuar: tienen un aviso y es su propia casa la que debe arder. 
El desenlace a partir de aquí creo que es obvio, pero no me gustaría revelároslo antes de tiempo si sucede que no la habéis leído.
Creo que, además de la evidente cualidad profética que parece tener Bradbury respecto a lo que escribe hablando de esas pantallas enormes y los coches tomando velocidades impensables para la época, es un libro que da que pensar, ya no por la proclamada crítica a la época en la que se escribe el libro, sino porque a veces los ideales se oponen a lo debido, y, en ocasiones, elegir lo correcto no resulta sencillo ni evidente. 
Hubo una película en 1966 con el mismo nombre que fue la que me hizo descubrir el libro. Fue mi profesor de Filosofía el que me la prestó pensando que me gustaría y no se equivocó, y es de hecho una de las pocas adaptaciones cinematográficas de libros de las que no me desharía. 

2 de julio de 2019

El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde


Hace muchísimo tiempo que quería traeros este delicioso libro que hoy nos ocupa. 
La leí por primera vez cuando tenía unos quince años, nos la mandaron en clase, en una de estas asignaturas raras que ponen para rellenar horario y que creo recordar que se llamaba "Preparación para el estudio y el trabajo" o algo así y en la que en realidad, lo único bueno, consistía en hacer fichas y más fichas y leer libros. Hace poco, sin embargo, la volví a encontrar en mi estantería y me picó la curiosidad y decidí comprobar si mi punto de vista era el mismo o había cambiado respecto a esa época.
Siguió pareciéndome fantástica, para qué mentiros. 
Esta maravillosa obra de Oscar Wilde es un relato gótico de terror fascinante, un clásico de la literatura, y os lo digo a sabiendas de que no todos los clásicos por ser clásicos son buenos. Por suerte este no es el caso. 
En estas páginas, el irlandés nos narra la historia de Dorian Gray, un joven excepcionalmente hermoso que es retratado y su pintor se encapricha de él. El hedonismo en su vertiente más cruda se hace patente en la obra y en las frases que salen por la boca de Dorian cuando charla con el amigo del pintor en sus jardines, con Lord Henry, y dándose cuenta de que la belleza, como la vida, es efímera, hace un pacto, desea no envejecer nunca, de ser siempre terriblemente bello, de poder dedicarse a la perversión —entendida en la moral victoriana— y a la búsqueda más extrema del placer, y este deseo se le cumple, sufriendo los achaques del tiempo el cuadro en lugar de él.
Podría parecer banal esta historia de no ser por lo fantástico que subyace en la novela. 
Todos los actos, todo el libertinaje y los pecados tienen un precio, y este precio se refleja en el cuadro, que siendo una suerte de reflejo del alma del muchacho sufre todas las consecuencias.
En determinadas circunstancias nos podría resultar violenta la historia, pues al fin y al cabo es una bofetada de moral y de realidad que, quizá, nos venga sin esperarla. Sin embargo, lo que en su momento realmente me impactó es que se escribiera a finales del siglo XIX, en una sociedad oprimida real y virtualmente, que es capaz de encarcelar y denostar a todo aquel que rompa el statu quo que las reglas imponen como modo de vida. 
Por eso para mí este libro es un acto de expiación amén de un acto de rebeldía, otro punto de vista posible, si bien no se pierda el carácter moralizante detrás de todos esos actos de libertad y satisfacción. 

29 de junio de 2019

El diablo de los números, Hans Magnus Enzensberger


Hubo un tiempo, no hace demasiado, en el que también me gustaban las matemáticas.
Siendo sincera, hoy en día tampoco es que me desagraden. De hecho, alguna vez me gustaría poder sentarme y estudiar algo así en condiciones —creo que, después de leer esto, a madre le va a dar un infarto de la emoción—, pero hace unos años llegó a mi vida educativa cierto personaje que dejaba demasiado que desear y que tiró por la borda cualquier interés que pudiese albergar en el futuro más inmediato, mi presente.
Sin embargo, y a pesar de esta situación que significó para mí descubrir el amor por la Filología y más de lo que en su momento se pudo apreciar a simple vista, este libro de Hans Magnus Enzensberger nunca dejó de pasar por mis manos y a día de hoy sigo recomendándolo; éste fue el pequeño reducto donde dejaba fluir aquel gusto perdido por las ciencias exactas, imagino que era porque no podía evitar identificarme con Robert, el protagonista, asediado por un profesor cuya desidia y pasión por la glotonería eran las marcas que le calificaban.
A Robert no le gustan las matemáticas, por esta razón anteriormente expuesta y porque realmente no las entiende, pero una noche, de pronto, aparece en sus sueños un curioso diablo con un carácter un tanto —demasiado— voluble que partiendo de lo más básico empieza a enseñarle matemáticas. 
Como es un chico que siempre tiene pesadillas primeramente asocia la presencia del diablo con ellas, sobre todo cuando la paciencia del ser llega a su fin y literalmente, en ocasiones, estalla, pero cuando va entendiendo los números mediante juegos y explicaciones que se le hacen fáciles empieza a dormir precisamente para soñar, para seguir descubriendo y saciando su curiosidad por las matemáticas. 
A la vez que Robert el lector va aprendiendo todo aquello que explica y la verdad es que hacia el final del libro no son temas precisamente fáciles si eres un niño o un lego en la materia. A mí aún no se me olvidan los números de Fibonacci o los números triangulares, y a veces aún me sorprendo usando los ejemplos que emplea en el libro y hace años que lo leí por primera vez. 
Creo que es precisamente esta forma tan sencilla y asequible lo que hace que acabes devorando el libro de principio a fin y comprendiendo principios matemáticos a los que, tal vez, mediante fórmulas ni siquiera nos acercaríamos. 
Aún hoy me gusta leerlo de vez en cuando a pesar de que mi devenir educativo haya corrido de una forma diametralmente opuesta.
No sé si será nostalgia o qué, pero la cosa es que disfruto muchísimo cuando me dejo llevar entre sus páginas. 

25 de junio de 2019

Aquerón, Sherrilyn Kenyon


Este libro también estaba pensado para aparecer en el mes de marzo, pero al final, no recuerdo por qué, lo pospuse y me parece que este es el momento de traerlo, cuando aprieta el calor y se necesitan libros que nos permitan desconectar y llegar a un mundo más cómodo. 
Quizá conozcáis a Sherrilyn Kenyon porque es la creadora de la saga de los Cazadores Oscuros, una serie de libros de temática romántica  —festiva, digamos—, podría decirse que en cierto modo juvenil-adulta, con ciertos tintes paranormales y con mucho de mitología, especialmente griega.
Aquerón es la historia del líder de estos Cazadores Oscuros, el por qué de su nacimiento y todas las vicisitudes que tuvo que vivir y padecer hasta convertirse en el jefe de todos ellos. 
La pista primordial para saber que su vida no será fácil es la predicción de la partera al saber la desgracia de su nacimiento y el nombre elegido —recordemos que Aquerón, o Aqueronte, es considerado el río del dolor, afluente de un río del mismo nombre en el Hades—, y a partir de esto ocurre todo lo malo que podáis pensar e incluso más.
Sé que no es precisamente esta la novela que primero se debe leer, pero por determinadas circunstancias —y porque parece que tengo un imán personal para empezar descolocadas las sagas y las trilogías— me llegó así, para introducirme de lleno y por la puerta grande en la saga de los Cazadores Oscuros. Una familiar mía decidió traérmelo a mi casa, sin darme opción a que me negase o a que me entretuviese buscándolo por mi cuenta. Supongo que quiso evitar que mi proverbial despiste hiciera perder en las arenas del tiempo esta saga que al principio recibí con reticencias por aquello de que, para mí, los vampiros siempre serán los de Bram Stoker y los de Anne Rice y que, sin embargo, después me ha hecho empezar a devorar uno a uno todos los libros de la saga. 
No os voy a negar que es un libro duro.
Al principio hizo que me doliera el estómago de rabia porque sé que por desgracia no es una situación fortuita y meramente literaria, pero como un amigo me recordó en el momento en que lo leí, todo es una experiencia y de todo se saca algo, y Aquerón no habría sido el que es como personaje si no hubiera sufrido toda esa crueldad.
Luego aprendí a disfrutar del panorama que ofrecía de una Grecia clásica hipotética, en la que la mitología era quien llevaba la carga de la sociedad, y me sumergí en un mundo fantástico y mítico a partes iguales que os aseguro que no me defraudó.
Este es el primero que os traigo de esta saga y no será el único. Sin embargo, os recomiendo que no hagáis como yo, empezad por el orden tradicional y no os desvelará acontecimientos determinantes antes de tiempo.

20 de junio de 2019

Calibán y la bruja, Silvia Federici


A veces os he traído la parte digamos bonita de la brujería, literariamente hablando, hoy es, sin embargo, la cruda realidad. 
La otra no deja de ser real aunque se construya sobre la ficción, está claro, pero parece que en nuestro cerebro tenemos una especie de resorte que se desactiva cuando llega a nuestras manos algo novelado o hecho teatro; yo imagino que es una suerte de autoprotección ancestral para impedirnos ver la crudeza del mundo en el que vivimos.
Con tintes literarios las cosas no resultan tan terribles.
Quizá hubo un tiempo en el que no todo era así, que las cosas respondían a la Naturaleza sin pasar por encima de ella y era otro tipo de sociedad pero, desafortunadamente, se nos impuso otra manera de ver el mundo y, con ella, empezaron las desigualdades y las persecuciones.
Silvia Federici me parece una mujer fantástica, inteligentísima y muy lúcida en lo que respecta a sus escritos, en los que plantea muchas perspectivas diferentes con las que podemos enriquecer nuestra visión de la vida. 
Lo cierto es que llegó a mis manos de una forma bastante inesperada, como me suelen llegar los buenos libros. Yo pensé que encontraría en sus páginas una especie de novela, pues el título se me antojaba pintoresco, pero descubrí algo que, en su momento, me resultó mucho mejor: un ensayo, una explicación histórica desde otro punto de vista de muchas de las causas de las que ahora padecemos consecuencias.
Aquí Federici hace un repaso cruento pero fantásticamente documentado y explicado de todas estas circunstancias, centrándose en la inmoral caza de brujas de la Edad Media e inicios de la Moderna, expresión de la peor faceta del ser humano y acercándola a consecuencias económicas actuales que nos llevan en cierto modo a la debacle.
Desde luego es polémico y por eso es interesante, porque revuelve, destruye todo lo que creemos o nos han impuesto creer y construye sobre sus cenizas una nueva faceta de la historia, la oculta u ocultada, necesaria al mismo tiempo que la visible.
Es como la otra cara de la moneda necesaria para comprender la vida, la historia contada por las vencidas en lugar de por los vencedores.

16 de junio de 2019

Samarcanda, Amin Maalouf


Oriente siempre fue un mundo que me fascinó desde pequeña y sé que no soy la primera ni seré la última que caiga rendida a sus encantos. 
Ya sea por sus profundas contradicciones, por el sentido de ciertos valores que aun con el tiempo no han pedido trascendencia —aunque la tradición por ser tradición no lleva implícito ser buena, que conste—, o bien porque es la cuna de conocimientos de prácticamente todo el mundo, pero el caso es que me entra la morriña de los lenguajes y de la mitología, y de todas esas pequeñas cosas que llenan mi vida cuando me siento terriblemente sola. 
Y la verdad es que para pintar este mundo que yo imagino y percibo lleno de olores y colores nadie como Amin Maalouf
Este hombre me fascina como escritor precisamente por la conexión filológica que siempre encuentro en sus obras, y ya sabéis que la cabra siempre tira al monte. No sé si es por obsesión o simplemente porque ahí está, pero yo siempre la encuentro, y en este libro no iba a ser menos. 
El eje central de toda la trama es un manuscrito que, denominado como la ciudad uzbeka de Samarcanda, contiene los poemas dedicados al vino del gran Omar Jayam. Con reflejo en este manuscrito y en su poesía, encontraremos al yo poético y su importancia, al poeta y su devenir en definitiva, y al mundo donde se maneja, en el que se iban creando paradigmas líricos que permanecen hasta nuestros días. 
Al mismo tiempo, este privilegiado eje une la Persia medieval, con sus cortes, sus conjuras, sus conspiraciones, con la de finales del siglo XIX, en la que empieza a haber atisbos de modernidad —que fueron superados por un sistema más conservador, tal y cómo sucedió en la medieval—, influidos por el zarato de todas las Rusias, sus guerras y su destino. 
Es un librito muy curioso que me enamoró desde el momento en que lo leí. Creo que es porque arrastra esa connotación de malditismo implícita en el manuscrito, pero también en lo desconocido de Oriente, algo que, tal vez, nos atrae y nos repele por igual, y que solo la ignorancia hace que lo cataloguemos como algo proscrito.
Quizá soy demasiado soñadora, quién sabe, pero aún confío en que las diferencias nos hagan grandes en lugar de dividirnos, y creo que Maalouf conoce la carga de esta reflexión y la pone en práctica acercando los dos mundos como iguales, en consonancia, resaltando todo aquello que puede atraernos para, en última instancia, llegar a unir.

13 de junio de 2019

Las flores del mal, Charles Baudelaire


Quienes estén más o menos acostumbrados a recorrer mis pensamientos en forma de reseñas de las lecturas que hago y plasmo en este blog o, por lo menos, se hayan pasado alguna vez por entre ellas sabrán que no soy dada a comentar poemas porque, sinceramente, muchas veces pienso que no sé si seré capaz de transmitir todo lo que ya transmiten por sí solos o si mi interpretación será la correcta.
A veces, además, me cuesta leer poesía, pero eso más bien tiene que ver con mi estado de ánimo que con otra cosa. Supongo que todos tenemos nuestras preferencias.
Sin embargo, debo reconocer que la profunda dicotomía y lucha de contrarios que refleja este poemario me cautivó desde el primer momento. Me lo tomé como un juego de opuestos y surtió efecto. 
Este maravilloso poemario del simbolista Charles Baudelaire me tuvo presa desde el primer poema que leí, aunque he de reconocer que fue también su fama como poeta maldito la que me inclinó a leer esta obra. 
Constituido en un principio como libro sobre los pecados capitales al final resultó ser algo completamente distinto —quienes hayáis escrito poesía sabréis que se suele saber cómo se empieza pero que al final toman vida propia y nunca se sabe bien cómo van a acabar—, y, dados sus temas y la aguda forma de tratarlos de Baudelaire fue, naturalmente, censurada por el gobierno, siendo la edición definitiva la póstuma.
Baudelaire ve la vida como una lucha de contrarios, el Bien enfrentado a su negativo, y no deja de tener parte de razón. 
Me inspiré para traeros este poemario releyendo una antología que venía adjunta a mi libro de Lengua y Literatura de 4º de ESO. La tenía en un rincón y la encontré, y me puse a releerla y no muy cerca del final hallé este poema que creo que refleja la esencia del libro, siempre bajo mi punto de vista. Así que como para muestra, un botón, os dejo el poema por cortesía de la Antología de 4º de ESO de Lengua y Literatura de la editorial Oxford Educación. Espero que lo disfrutéis tanto como yo:

Reversibilidad

Ángel lleno de gozo, ¿sabes lo que es la angustia,
la culpa, la vergüenza, el hastío, los sollozos
y los vagos terrores de esas horribles noches
que al corazón oprimen cual papel aplastado?
Ángel lleno de gozo, ¿sabes lo que es la angustia?

Ángel lleno de bondad, ¿sabes lo que es el odio, 
las lágrimas de hiel y los puños crispados
cuando su infernal voz levanta la venganza 
y en capitán se erige de nuestras facultades?
Ángel lleno de bondad, ¿sabes lo que es el odio?

Ángel de salud lleno, ¿sabes lo que es la fiebre, 
que a lo largo del muro del lechoso hospital
como los exiliados, marcha con pie cansino, 
en pos del sol escaso y moviendo los labios?
Ángel de salud lleno, ¿sabes lo que es la fiebre?

Ángel de beldad lleno, ¿sabes de las arrugas?
¿Y del miedo a envejecer, y ese odioso tormento 
de leer el secreto horror del sacrificio
en ojos donde un día los nuestros abrevaron?
Ángel de beldad lleno, ¿sabes de las arrugas?

¡Ángel lleno de dicha, de luz y de alegría!
David agonizante curación pediría 
a las emanaciones de tu cuerpo hechicero;
pero de ti no imploro, ángel, sino plegarias.
¡Ángel lleno de dicha, de luz y de alegría!


No me digáis que no es precioso. Siempre me recuerda al cuadro «Ángel caído» de Alexandre Cabanel.

9 de junio de 2019

Morirás en Chafarinas, Fernando Lalana


Tengo la suerte o la desgracia —mayormente por no poder agarrar simplemente el coche y plantarme donde realmente quiero y necesito estar y pasar el día o la semana o el tiempo que requiera sin tener que dar explicaciones— de haber nacido en Melilla y seguir viviendo aquí. 
Es una ciudad tremendamente pintoresca, desconocida casi, pero bonita al fin y al cabo en la que se tarda menos de ir desde casa a Marruecos que desde casa a la Península, y en la que, a pesar de todo, he encontrado a personas que han pasado por mi vida y por suerte se han quedado.
Y si algo me llamó la atención en su momento de este libro de Fernando Lalana que os traigo hoy es precisamente todo el recorrido que hace por mi ciudad, por parte de ella al menos, y creo que es más fácil sumergirte en un libro cuando conoces lo que describe y, evidentemente, conozco las zonas donde se desarrolla la trama. E incluyo las Chafarinas, aunque a estas las conozco de vista y en realidad estén enfrente de Marruecos algo alejadas de aquí. En días muy claros se pueden ver en el horizonte en medio del mar. 
En la novela, en Regulares, se producen varias muertes cuya motivación no está clara, de hecho una de ellas es un suicidio que queda sin explicación, así que un capitán del regimiento pone en guardia a un cabo para que investigue la causa de estas muertes. Sin embargo, una vez empiezan a descubrirse asuntos oscuros dentro del cuerpo y relacionados con los cadáveres, el soldado es apartado del caso, aunque su investigación, claro, no concluye.
Por su cuenta sigue indagando de forma clandestina, algo que le pondrá en peligro, y poco a poco irá descubriendo que no todo es lo que parece, que las muertes aparentemente fueron por un ajuste de cuentas por tráfico de drogas y que en ellas y en el tráfico están implicados varios oficiales del propio cuerpo a quienes se les presuponía una carrera impoluta.
En Chafarinas la novela cambia de rumbo, y lo que antes se pensaba gris se convierte en negro para ocultar, o acaso limpiar como se hizo con los otros soldados, lo que está detrás de esas muertes.
Siendo completamente sincera es un libro de trama predecible: desde que se descubre la trama sabemos que le van a perseguir para matarle, pero aun así mantiene el ritmo de la narración de tal manera que estás en vilo durante toda ella, esperando que le maten al pasar la página.
Resulta que el autor hizo la mili aquí y que este pedacito de tierra le inspiró para desarrollar una novela que, personalmente, me gusta mucho, aunque no sé si es porque las novelas de este tipo me pierden, por la localización —todos tenemos algo de chovinistas aunque lo neguemos— o por un cúmulo inseparable de ambas cosas.
Quizá si habéis estado aquí, o si pensáis estar, podría ser un ejercicio curioso recorrer la ciudad con un ejemplar del libro en la mano, aunque en casi treinta años las cosas, evidentemente, han cambiado.
Sería una forma bonita y, cuando menos, original de adentraros más en la historia, ¿no os parece?

5 de junio de 2019

Maus, Art Spiegelman


A veces, cuando no puedo concentrarme, procuro volver a lugares donde me siento cómoda, y estos lugares pueden ser tanto físicos como literarios, y si bien los temas no tienen por qué serme agradables sí que agradezco volver a historias que me hacen pensar y reactivarme poco a poco.
Art Spiegelman, con esta obra que os recomiendo hoy, nos trae la biografía de un superviviente del Holocausto en Auschwitz, su propio padre, Vladek. 
A pesar del trazo amable, aunque tosco, el libro recoge las mil y una vejaciones, crueldades y malos modos que nunca debería padecer una persona, y menos por algo tan circunstancial como es la creencia. Y no es que les reste valor, sino que pienso que ninguna es más o menos que otra y que el hecho de destruir a esa otra que nos es ajena por no pertenecer a ella me parece terrible. 
Asimismo, y muy ligado a este tema, creo que es muy propia y acertada la animalización de los personajes, pues es algo que consigue mostrar la diferencia y la igualdad al mismo tiempo.
Spiegelman, así como lo mejor, nos trae lo peor de la humanidad dotando de otro enfoque a un tema que, en apariencia, pueda haber sido exprimido ya hasta la saciedad: no solo de la perspectiva del superviviente, sino la influencia que estos hechos han tenido en él, descendiente de superviviente. Aunque pueda considerarse grotesco, se magnifica el trauma en el propio Vladek, con ese afán recaudatorio de víveres como reflejo de la época de prisión y de todo el hambre, la enfermedad, los trabajos forzados y la muerte que trajo consigo. 
Este hecho repercute en la extraña relación de amor y odio que tiene con su hijo, el autor, algo que, dibujado, hace cercana la historia al lector y hace que se enganche a ella. 
Lo que más me ha gustado de «Maus» es el planteamiento que Spiegelman le ha dado. De hecho y haciendo memoria me parece que es de las pocas, si no la única, novelas gráficas que exponen esta parte tan terrible de la historia. Creo que rebosa de una intención didáctica por cada viñeta, a pesar de ser en esencia una biografía, y también que este es uno de los métodos que más llegan por la ligereza que, erróneamente, asociamos a los dibujos, aunque tengan tanta o más historia detrás que una retahíla de letras.
Sin embargo, debo discrepar en una cosa con la obra. Mientras que la primera parte —el tomo que yo tengo, por lo menos, y que creo que es el que habitualmente se comercializa, contiene las dos partes, la obra completa— me fascinó absolutamente, la segunda parte, especialmente el principio, no me terminó de llenar.
A pesar de la catarsis buscada que se advierte en toda la obra —es incuestionable—, pues está más que claro desde las primeras viñetas, la segunda parte comienza, para mi gusto, muy enfocada en el autor que, aunque es obvio que es un protagonista ineludible dado que es hijo de Vladek y Anja, considero que puso la parte de humano y ratón muy cerca, casi metida con calzador. Para mi gusto, y me reitero en esto, creo que habría sobrado esta disquisición extraña que, si bien justifica —o lo intenta— la relación con el padre, a lo mejor habría sido mejor seguir con el hilo de cosechar la historia para dibujarla después, siempre desde el punto de vista del lector. 
Con todo, como digo, es una novela gráfica necesaria, otra forma, en fin, de entender una parte de la historia humana más cruel y, a la vez, una de las más cercanas. No en vano ha sido el único cómic, si no me equivoco, que ha ganado el Premio Pulitzer, ¿no creéis?

1 de junio de 2019

El Aleph, Jorge Luis Borges


Allí donde el mundo es un cúmulo de diferentes realidades y percepciones, Jorge Luis Borges nos retrata su punto de vista en este delicioso libro de cuentos. 
La metáfora es un todo que casi roza con los dedos la alegoría para describirnos lo real, lo irreal y lo tangible a lo largo de diecisiete cuentos.
En ellos encontramos desesperación, esperanza, ilusión e historia acompañados de puntos de vista y transposiciones en personajes y textos antiguos, donde se refundirá su significado para llevarnos de nuevo al mundo en que vivimos.
Reconozco que cuando llegó a mis manos no estaba muy segura de que me gustase. Es decir, me habían hablado de él, naturalmente, pero no estaba convencida de que en ese momento en el que yo me encontraba fuera a comprenderlo completamente o disfrutar siquiera de las palabras escritas, pero al empezarlo me vi atrapada enseguida. 
La fluidez con que Borges enlaza las letras y los pensamientos se hace irresistible desde el primer momento, y el hecho de que sean cuentos me parece muy recomendable para aquellos cuya paciencia no destaque por su presencia, permitiendo leer uno por día —tal vez más, según— sin perder el hilo, a pesar de que, invisible, vertebre la obra.
Para mí, la filosofía del libro completo se resume en esta frase del cuento primero, «El Inmortal», basado en «La Ilíada» homérica: «Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy». Todos lo somos, todos no somos en este mundo en el que lo individual se denigra en pos de lo colectivo y apenas somos hormigas, marionetas con hilos controlados.
Desde aquí os invito a que os dejéis llevar por las palabras de Borges. Quizá, solo quizá, encontréis sentido a este engranaje que nos mueve, quizá veáis cosas que no habríais imaginado, quizá abráis vuestra mente a diferentes formas de ver la vida. 
De lo que estoy segura es de que os maravillará tal y cómo me maravilló a mí en su momento. 

29 de mayo de 2019

Casi la luna, Alice Sebold


¿Dónde queda el límite entre lo mórbido y la piedad más pura?
¿Dónde está el límite entre la cordura y el ansia? ¿entre lo justo y lo necesario?
Supongo que estas son las preguntas que se hace una, o que, por lo menos, yo me hice cuando pasé la última página de este libro de Alice Sebold que os traigo hoy.
Helen es una mujer divorciada con intereses artísticos que un día, sin una razón realmente comprensible —aunque ninguna lo es, está claro— mata a su madre, que padece de agorafobia y de demencia senil. 
Lo que en principio puede parecer un crimen por piedad, si tenemos en cuenta las dolencias de la anciana —y me reitero, no es óbice para el suceso—, pronto toma tintes extraños cuando, poco a poco y a raíz del asesinato, el pasado de esta mujer con su madre en particular y su familia en general va quedando al descubierto, demostrando que no todo era tan bonito como parecía desde la posición del espectador, sino que el crimen ha podido ser perpetrado como una especie de catarsis necesaria para librarse de todo el lastre y como culminación de una vida de sufrimiento y dolor.
Helen, consciente en última instancia de lo que ha hecho y del porqué, no quiere ser condenada como una enajenada que en un arrebato de locura ha decidido destrozarse la vida haciendo lo propio con una vida ajena, sino que le pide ayuda a su ex marido para que la ayude en ese trance y así comienza a ponerse de manifiesto la extraña relación con su familia a lo largo del tiempo y las decisiones y los hechos que han culminado en ese asesinato.
Yo, personalmente, no sé si lo haría.
Hay una serie que vi que en uno de sus capítulos dice que cualquier persona es capaz de cualquier cosa, que nos sorprenderíamos si alcanzáramos a ver qué es lo que piensa nuestro interlocutor, pero, aunque a ratos estoy bastante segura de ello, el resto del tiempo pienso que no todo el mundo puede ser tan mezquino y tan cruel, casi como si fuera una especie de autoconvencimiento para seguir teniendo esperanza. 
Tal vez esté equivocada al mantener esta actitud, pero me resulta raro imaginar a quien estimo como unos asesinos cualquiera. 

24 de mayo de 2019

Las vírgenes suicidas, Jeffrey Eugenides


Hoy os traigo uno de esos extraños casos en los que la adaptación cinematográfica no me parece un atentado literario y hasta me parece que está exquisitamente conseguida, con las consabidas licencias.
De todas maneras seamos sinceros: admito que para mí prácticamente nunca una película logrará igualarse al libro que adapta o en que se inspira porque en cada uno de los lectores habrá un pensamiento diferente, una realización diferente, esta o aquella interpretada de una manera distinta a como la imaginó el guionista en cuestión porque son nuestras vivencias y nuestra propia existencia la que determina cómo leemos e interpretamos lo que leemos. 
Sin embargo esta novela de Jeffrey Eugenides creo que no se ajusta a este criterio de homogeneidad y llegó a mí tras la curiosidad que sentí cuando vi la película, y la verdad es que ni siquiera me importó que en la portada apareciera una imagen relacionada con ella siendo esto algo que me molesta profundamente por regla general. En este caso me pareció algo adecuado, un buen enganche para gente que, como yo, desconocía que estuviera basada en un libro y pudiera acercarse a él y lo descubriera.
La trama es, en apariencia, sencilla. 
En menos de un año y medio las cinco hermanas Lisbon se suicidan en un contexto familiar fervientemente católico y estrictamente opresor. Y tras este aparentemente sencillo hecho se esconde algo muchísimo más complejo que puede en cierto modo presentirse dadas las circunstancias en las que son encontradas, así que nuestro autor de hoy en la voz de los chicos con los que iban a salir esa noche de hacía veinte años intentan desentrañar la causa, el motivo último del suicidio que sigue empañando con misterio el anodino barrio en el que vivían las hermanas y sus mentes, que siguen perdidas en la fascinación que ejercen veinte años después de su muerte. 
Las hermanas Lisbon y su decisión son lo atractivo de la incógnita a pesar de la obvia gravedad de los hechos.
Es una novela dura, directa y a veces demasiado gráfica, pero a mi parecer es uno de los puntos fuertes y el pilar sobre el que se erige esta magnífica obra. 

21 de mayo de 2019

La sombra del ciprés es alargada, Miguel Delibes


Hace casi diez años que el maestro vallisoletano nos abandonó y nos dejó huérfanos de literatura en un mundo cada vez más horrible, y prácticamente nadie se acuerda de él salvo los lectores que seguimos disfrutando aún hoy de sus páginas. 
Ni siquiera esas instituciones que le rendían una pleitesía casi ciega con su cuerpo aún caliente le han vuelto a hacer un homenaje decente a nivel estatal, ni un recuerdo a la figura de este insigne escritor que aportó luz en una época en la que la palabra quedaba proscrita en todos aquellos que poblaban un país en ruinas, salvo aquellos que cantaban sus alabanzas y sus glorias trasnochadas. Suerte que quedaron los neutros y los ocultos.
Hoy, en un día que no significa nada para el autor —o eso tengo entendido— es mi intención recordarle y hacer que vosotros, aquellos que aún pasáis por aquí para ver qué he añadido a este anaquel virtual, le recordéis y disfrutéis, y si sois de los que todavía no os habéis dejado acariciar por sus palabras, recias y duras como la tierra en la que nació Miguel Delibes, tenéis la oportunidad de dejaros que os encuentren y os llenen. 
Este libro fue su opus primum. Una novela que, a pesar de estar hecha desde la relativa inexperiencia literaria, consiguió alzarse con uno de los premios más importantes del país, de cercana creación en el momento de la publicación de la misma, y la verdad es que ofrece una perspectiva diferente de una de las barbacanas de la vieja Castilla, Ávila, que en lugar de ser defendida por sus murallas se ve limitada en cierto modo por ellas, lo que la convierte en objeto de una profunda meditación existencialista. 
Al final es la eterna oposición entre conservadurismo y progresismo reflejada en el niño Pedro al cuidado de Don Mateo, que le irá inculcando con sus enseñanzas una frialdad inexpugnable para sobrevivir en un mundo de pasiones sin que estas le afecten; unas enseñanzas que se verán contrarrestadas por la juventud y las ganas de vivir y experimentar del niño, que le hacen permeable a todas estas palabras que contrarían la esencia propia del ser humano. 
Es curioso cómo acciones y circunstancias tan aparentemente volubles como puede resultar la amistad o las relaciones interpersonales pueden vencer a un pesimismo extremo y casi inefable inculcado y que sangra y nace de la tierra misma. 
A través de los personajes somos nosotros mismos los que vamos cambiando al mismo tiempo que ellos mientras se convierten en agregados o soldados de la esperanza que viene a vencer el halo oscuro de la muerte. 

17 de mayo de 2019

El último ritual, Yrsa Sigurðardóttir


¿Recordáis que os comenté cuando os traje hace un tiempo «Diabulus in musica» que llevaba muchísimo tiempo queriéndolo traer para vosotros y que siempre pasaba cualquier cosa que me hacía posponerlo o cambiarlo por otro?
Pues algo así me ha ocurrido con este libro de Yrsa Sigurðardóttir, aunque en este caso no ha sido porque me haya sentado delante de la hoja en blanco durante interminables horas y no haya podido escribir ni una sola palabra, sino más bien porque lo tenía pensado para el mes de marzo y lo que al principio fue una forma de hacer listas para saber si este o aquel libro se adaptaba mejor a lo que proponía se acabó convirtiendo en una especie de descarte que aún hoy dos meses después sigo aprovechando. 
Y este no es que no pasara la criba, sino que me parecía que debía dejarlo para más adelante, y ese momento ha llegado. 
Un joven, Harald, aparece muerto en la Universidad de Reikiavik, en la Facultad de Historia en la que estudia, y lo que podría pasar por un anodino asesinato más —aunque, entendedme, un asesinato no debería ser nunca un hecho anodino o rutinario—  se convierte en una especie de hito porque al cadáver le han arrancado los ojos y le han marcado el cuerpo con unos signos que todavía no se han logrado identificar.
Días después es su madre, Amelia, quien recibe una carta escrita con la sangre de su propio hijo y que contiene unas palabras que terminan de desconcertarla. Este será el pistoletazo de salida de la trama del libro, la investigación de este crimen que hundirá sus raíces en los aciagos momentos de las quemas y cazas de brujas en el medievo
La causa no será otra que el descontento con la investigación, y contratarán a una abogada islandesa que echará por tierra la intención policial de culpar a un delincuente adolescente de poca monta para descubrir el verdadero secreto que hay detrás de la muerte de Harald.
Debo reconocer que las tramas así me pueden, aunque se sepa a partir de la página cincuenta, pongamos de ejemplo, cómo van a acabar y que realmente no van a suponer un antes y un después en la historia de la novela policíaca, pero es una especie de descarga emocional que liga la historia y las ideas que, personalmente, me fascina. 
Como os digo, creo que este es un libro de esos que se usan para desconectar, para apartarte de todo el estrés y el agobio y permitirte un ratito de paz, y ahí radica parte de su encanto, así que con entera conciencia os lo recomiendo para que seáis capaces de disfrutar de él y de su intertextualidad, y, por qué no, del misterio que encierra tanto como lo he hecho yo. 

13 de mayo de 2019

En busca del león verde, Judith Merkle Riley


Este libro es muy especial para mí. 
Bueno, cuál no. 
Este libro me lo recomendó una vieja conocida con la que perdí contacto hace años y que, aunque no llegó a ser más cercana, el tiempo en que la traté me demostró una sabiduría infinita, un conocimiento más allá de lo habitual que consiguió sorprenderme en más de una ocasión y una ternura tan infinita como su sabiduría, basada en la experiencia y en el trato.
Ella sabía que en esos días en los que coincidimos y que hoy se me antojan tan lejanos yo no estaba pasándolo bien, que necesitaba descubrir una parte de mí que latía y que yo no sabía que lo hacía, pero ella sí, y me recomendó una lista de libros que me ayudarían a encontrar y a encontrarme en todo aquello que me inquietaba. Y lo consiguió.
Este es el segundo libro de una trilogía escrita por Judith Merkle Riley que, a pesar de ser fantástica en su composición, no sé qué predisposición tengo a empezar siempre las trilogías por el segundo libro, ya me perdonaréis pero esto forma parte de las rarezas que llevo en la mochila. 
Al principio era casualidad y ahora costumbre, y quizá es una especie de señal para que me enganche a la trilogía en cuestión, comience desde el principio y me deje atrapar hasta concluirla. 
Creo que ya he comentado en alguna ocasión que la Edad Media me puede. Si bien admito que no es quizá la mejor época para llegar a la vejez creo que en esta época como en ninguna otra se puede comprobar lo que se puede llegar a ser como individuo y sociedad y el comienzo, propiamente dicho, de las diferencias que nos hacen únicos. 
Tras la hegemonía vino la partición, y fue en este ambiente catalogado como oscuro en el que fuimos evolucionando socialmente hasta ser lo que somos ahora, asentando las bases de lo que vendría después.
En este contexto que os presento encontramos a Margaret de Ashbury, que, como muchas veces se ha repetido en la historia lamentablemente, es raptada y obligada a casarse con un hombre que no conoce, un monje expulsado de su orden que pertenece a una familia poco recomendable para los cánones socioeconómicos de la época. 
A pesar de las obvias reticencias mostradas él es reclutado obligatoriamente para luchar en la Guerra de los Cien Años y desaparece en la contienda. A la luz de esta circunstancia Margaret comprende dos cosas, en apariencia simples, que desarrollarán toda la historia: la primera es que se ha acabado enamorando de su marido con el tiempo y la segunda es que tiene que ir en su busca.
Confieso que este fue uno de los detalles que me hicieron caer rendida a la novela porque no es lo habitual. Estamos acostumbrados a las novelas en las que el caballero debe rescatar a la dama en apuros, siempre apresada por mil espantos animales o físicos, del tamaño de torres, y para eso esta no es una novela al uso.
Esta vez, como se aprecia, es el hombre el que está en apuros y es nuestra Margaret la que ha de demostrar todo el valor y el coraje que guarda para, con el telón de la alquimia de fondo, sortear todos los peligros que aparecen a su paso, encontrar el León Verde y retratar de una forma exquisita el día a día de una sociedad medieval acechada por sus riesgos.

8 de mayo de 2019

Kafka, Robert Crumb y David Zane Mairowitz


Este fue un regalo de cumpleaños hace ya muchos, muchos años, pero no fue hasta tiempo después que pude sentarme a leerlo con toda la calma y tranquilidad mental que a mi parecer exige una obra como esta. En su momento porque la emoción me embargaba hasta niveles inenarrables, para la relectura porque no son precisamente buenos tiempos en algunos aspectos y me cuesta concentrarme. 
Ahora que he vuelto a disfrutar de cada una de sus páginas con la visión y la distancia que dan los años os brindo mis pensamientos para que, como yo, os dejéis atrapar por la vida hecha cómic de uno de los escritores más especiales de los últimos tiempos, Franz Kafka
De la mano y la pluma de Robert Crumb y David Zane Mairowitz surge esta peculiar biografía, e insisto en lo de «peculiar» porque en mi humilde parecer no es una novela gráfica al uso. 
Estamos acostumbrados —o yo por lo menos estaba de algún modo acostumbrada— a ver las novelas gráficas casi como un tebeo de aquellos de nuestra infancia, ligeros, con cierta sátira presente pero nada muy «elaborado», digamos, y por eso me hice el propósito de traeros aunque fuese una de estas obras al mes. 
Y este es uno de los mejores ejemplos que puedo encontrar para sacudir a los iniciados o recordar a los avanzados en estos mundos literarios, pues esta obra, titulada en inglés «Kafka for beginners» o «Introducing Kafka», nos muestra de una forma casi educativa al Kafka menos complejo para el lector menos acostumbrado a sus mundos surrealistas y simbólicos.
Yo, que me considero una lectora empedernida de la literatura en general y con gusto por Kafka en lo particular, descubrí la primera vez que llegó a mis manos muchas cosas que no conocía y reinterpreté pequeños detalles que tal vez, bajo mi criterio, había entendido de otras maneras, quizá con la que provee la literatura que más que formar parte de la vida es la vida misma. 
Y por eso me parece una obra tan didáctica como original, una buena forma de acercar a autores a los que en cierto modo se les teme por su dificultad —que, seamos sinceros, Kafka la tiene en alguno de sus libros, sobre todo si no estamos versados en sus símbolos, sus metáforas o incluso su tortura interior—; esta novela gráfica es una más que recomendable manera de desentrañar parte de su misterio y disfrutar de una forma más plena de sus obras.
Decidme si le dais una oportunidad. 

4 de mayo de 2019

El Árbol de la Ciencia, Pío Baroja


Narrando la vida de Andrés Hurtado, Pío Baroja nos ofrece una perspectiva de la España de finales del siglo XIX, con sus hipocresías, sus delirios de grandeza, su cainismo, su orgullo herido y la doble moral.
No hay que olvidar que la acción se sitúa justo en los años en los que los últimos reductos de lo que había sido el Imperio Español se escapan de entre los dedos de las autoridades que, con mayor o menor acierto, lidiaron con la situación de la forma en la que la razón les dio a entender, y esta llamémoslo tristeza social que inundaba el país se contagia a sus habitantes, bien por la pérdida de riquezas que aún se esperaba obtener de aquellos recónditos lugares, bien por la incertidumbre que producía el no saber qué ocurriría con los familiares que a buen seguro se encontraban allí.
Así, Baroja nos ofrece este libro, que dividido en dos partes separadas por una disquisición filosófica, nos hace ver aspectos totalmente diferentes del país y de sus gentes:
En la primera parte la descripción se centra en Madrid, capital del reino, una mezcla en ebullición a punto de estallar de burgueses y proletarios, cada uno reclamando lo suyo; en la segunda se establece una relación del caciquismo y los devenires y sufrimientos para el pueblo derivados de este, sus injusticias sobre una población empobrecida e ignorante que no tenía más remedio que aceptar con las orejas gachas o creyéndose favorecida por el señorito todo lo dicho sin rebatirlo, sin preguntar por qué, y uniendo las dos partes encontramos el diálogo filosófico de Andrés Hurtado con su tío, el doctor Iturrioz, en el que se produce una especie de búsqueda del interior, un intento por salir y escapar de todo lo malo que le rodea hacia una luz supuesta que, con manto protector, espera que lo mejore todo. 
El pesimismo parece ser la única constante de todos los protagonistas, bien por las circunstancias adversas, bien porque la España de la época —y quizá la de todas las épocas en cierto modo— lo lleva adherido en la piel como un perfume inevitable. Debemos recordar que es época de desastres y de desazón, de angustia por un pasado que, sin ser mejor en realidad, a los habitantes se lo parece. 
Este libro es una de mis pequeñas joyas. Es una magistral crónica de la contemporaneidad que envolvía a Baroja y además una excelente muestra de la pericia del autor con la narrativa y la psicología de los personajes. 
Los hace nuestros, los hace uno de nosotros, y en cierto modo nos contagia de la inquietud existencial de ellos para que nos preguntemos qué estamos haciendo y si lo estamos haciendo bien.