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21 de agosto de 2021

La Reina de la Oscuridad, Margaret Weis y Tracy Hickman

No creáis que se me ha olvidado finalizar la trilogía de las Crónicas de la Dragonlance, a pesar de que haya pasado tanto tiempo. 
Mi memoria es, a veces, un poco desastre, pero no podía olvidarme de finalizar las crónicas de los libros que me introdujeron cuando aún era una adolescente en plena efervescencia hormonal en el mundo del rol y de la fantasía de este cariz.
Así que para concluir el repaso que comencé en noviembre con «El retorno de los dragones» y continué en febrero con «La tumba de Huma», hoy os traigo «La reina de la oscuridad», del cual reconozco que es mi absoluto favorito. 
La guerra ya ha comenzado y es imparable. 
Los dragones van a enfrentarse por su diosa Takhisis, la Reina de la Oscuridad que da nombre a este libro, y Paladine, en su sabiduría, concede de nuevo la capacidad de crear nuevas lanzas dragonlance para equiparar a nuestros amigos con el propio Huma, para que así el equilibrio siga en el mundo de Krynn y el mal no sea capaz de conquistarlo. 
Y como más ayuda, aparecen los Orbes de los Dragones, que no son sino más ayuda para vencer la guerra que se preveía desigual pero que, por desgracia, y como en casi todas las relaciones humanas, se ve enturbiada por secretos y por traiciones que hacen peligrar todo por lo que se ha luchado, lo que se ha construido. 
Este desconcierto se hará patente cuando el grupo se enfrente a la mismísima Reina, que está acompañada de un mago familiar, con ojos como relojes de arena, cuya humanidad y sentimientos están en entredicho desde el abandono y deberá demostrar de qué lado está realmente, si de la luz, la oscuridad o la neutralidad.
En este tomo vemos que personajes que casi pasaron desapercibidos cobran un especial protagonismo y son de gran valor para la historia, y, para mi gusto, la propia lucha entre el bien y el mal no se refleja sólo en la guerra, sino que creo que se ve personificada —aceptemos elfos como humanos para la comparación— en la propia historia entre Kitiara y Laurana, y debo reconocer que junto con Sturm o el propio Raistlin son mis personajes favoritos de toda la saga, sin ellas no tendrían ni la mitad de gracia muchas de las escenas ya que piden a gritos el mal o la bondad extrema de cada una de las dos. 
De nuevo vuelvo a recomendaros la saga de Dragonlance si no la conocéis o no habéis tenido oportunidad de que os llegue, y más aún si habéis jugado a Dungeons & Dragons y queréis recrearos en su geografía acompañados de los personajes de los libros.

12 de mayo de 2021

La tumba de Huma, Margaret Weis y Tracy Hickman

Siguiendo el camino que comencé con «El retorno de los dragones», continúo la trilogía de las Crónicas de la Dragonlance. En la segunda parte, reanudada meses después de los hechos que cerraron el primer libro, nuestros héroes continúan con su misión. A la vez de la misión, que acaba conmoviéndoles por encontrar la tumba del legendario Huma, se van desarrollando cada vez más los personajes, se empiezan a ver los caminos que van a tomar —aunque en realidad queramos que siga siendo como lo planeamos al leer el primer tomo—, y, paradójicamente, va girando desde las aventuras hasta el misterio, cuando deben descubrir cuáles son las motivaciones ocultas de ellos mismos, casi como si a través de sus peripecias pudiéramos descubrir, a la par de ellos, cuáles son las causas que les llevan a esta o a aquella decisión. 
Lo único que no me gustó nada es la muerte de un personaje que era muy querido para mí. 
Ya sé que es un ciclo natural, no sólo la muerte, sino la muerte de un personaje. 
Es algo necesario para dar continuidad a la historia y para justificar los motivos de esta o aquella acción, pero, al igual que cuando lo leí la primera vez —y admito que estuve llorando horas y dejé el libro aparte y no quise leerlo más, aunque luego me pudo la curiosidad—, sigo pensando que la historia podría haber seguido con la muerte de otro personaje menos especial y que podría habérsele más jugo al que murió. 
La verdad es que Margaret Weis y Tracy Hickman nunca me decepcionan. 
Y cada vez que me introduzco en los fantásticos mundos del universo Dragonlance siempre acabo contenta y feliz, porque no es fantasía épica al uso. 
Podría decirse que fueron casi pioneros, y, por suerte, no han conseguido equipararles, por mucho que se hayan hecho libros absolutamente fantásticos pertenecientes al género. Siempre me resulta divertido, y reconozco que necesario, volver a los juegos de rol. 
Es una de las formas que tengo para comprobar cómo olvido lo que me hizo «sobrevivir» en mi adolescencia y darme un pequeño toque de atención para que no deje ir una de los pilares en los que me apoyé para superarla y, por qué no decirlo, recordarme que la literatura también podemos escribirla nosotros mismos, siendo, incluso, los personajes que decidamos ser. 
Porque la literatura no tiene que limitarse sólo a los libros, ¿no creéis?

1 de febrero de 2021

El retorno de los dragones, Margaret Weis y Tracy Hickman

Sé que insisto mucho en las trilogías, no sé por qué siempre he sentido cierta afinidad hacia ellas, y, siempre, de una manera u otra, han llegado a mí. 
Esta vez, y digo esta porque os la traigo ahora, aunque a mí me llegó hace años, fue curioso. No fue el segundo tomo el que decidió elegirme, sino que fueron el primero y el tercero. 
No sé si es que no tengo suerte para las trilogías, si es una forma de hacer que me enganche o un cúmulo de casualidades. Como os digo, fue hace años, en la terrible adolescencia —en mi caso no fue tan terrible, aunque, como a todos, me afectó profundamente—, cuando estaba empezando a intentar sacar la cabeza del nido y descubrir mundos nuevos que se me habían vedado. Uno de ellos era el del rol. 
Recuerdo que hacía no mucho había actuado el famoso asesino de la katana, al que estoy segura que recordaréis también, y el miedo hacia este mundo tan delicioso era patente; no es que se haya perdido, sino que el olvido ha hecho su efecto. 
En este contexto, mi madre decidió ceder ante el interés que mostraba por este mundo de fantasía épica en el que se conjugaban dragones, magia e incontables aventuras, y me regaló los tomos que he mencionado, y fueron los primeros de un mundo maravilloso que aún hoy recuerdo con emoción. Este fue el primero de la Dragonlance que leí, de Margaret Weis y Tracy Hickman, y la verdad es que comenzó un periplo que aún continúa. En este tomo da comienzo a una saga fantástica. 
Se nos presenta el mundo de Krynn, donde se desarrolla la trama, y a los principales personajes de la misma, Tanis el semielfo, Sturm Brightblade —le adoro—, Caramon y Raistlin Majere, Flint Fireforge y el travieso kender Tasslehoff, que se reencuentran después de haber emprendido un viaje en busca de los antiguos dioses, que ya sólo quedan diluidos a través del tiempo, de las creencias, y de las ciudades, porque han abandonado Krynn y a sus habitantes tras el Cataclismo. 
Es curioso cómo va desvelándose poco a poco todo este mundo de fantasía de la mano de las historias de los personajes. Grosso modo, me recuerda a El Decamerón, casi me los imagino sentados al fuego contando las historias, con sus aventuras y desventuras, con humor, valerosidad e, incluso, con momentos de plena ternura. Al parecer hay una película, pero admito que no la he visto, e, incluso, hasta un musical, y, si no estoy equivocada, está narrado por Raist. 
Creo que es porque, inconscientemente, es una forma de proteger mi idea de los libros. 
Supongo que puedo parecer bastante tiquismiquis, pero en realidad pienso que no deberían adaptarse las obras literarias a un espacio cinematográfico; desde luego que entretendrán y que serán más o menos acertadas respecto al libro, pero creo que la interpretación que se hace de un libro es algo muy personal, cada uno imagina una cosa diferente de los libros que lee, y, para bien o para mal, puede ser diametralmente opuesto. 
A mí me pasó con «El señor de los Anillos», aunque, cuanto más la veo, más me gusta. 

25 de agosto de 2020

Flavia de los extraños talentos, Alan Bradley


Una se cansa, en ocasiones, de leer siempre lo mismo, de, aunque no sean las mismas historias —es obvio, siempre variará algo—, encontrar siempre las mismas pautas, el mismo guión predecible que te arrastra a una desgana lectora bastante preocupante. 
No es una sensación agradable, sobre todo cuando se recurre a la lectura como válvula de escape de todos los males que asolan al mundo.
Así que decidí emprender una búsqueda un tanto peculiar, la de un libro que se amoldara a mis gustos y me ofreciera algo nuevo y fresco, que tuviera un mínimo de originalidad que consiguiera no hastiarme, y en este contexto surgió este libro de Alan Bradley que os traigo hoy.
Estamos en el año 1950, en una oscura mansión victoriana de la campiña iglesia, y nuestros protagonistas principales son cuatro: Flavia de Luce, con unos once años y tremendamente maquiavélica y maravillosa, sobre la que girará la trama, sus hermanas Ophelia y Daphne, a las que odia sobre todas las cosas y su padre, un hombre viudo y taciturno que, quizá, con su carácter, haya empujado a sus hijas a ser así. 
Y es en este contexto donde aparece un cadáver en el jardín. 
Desde luego todas las culpas y las miradas sospechosas recaen sobre el padre, y Flavia, que con una inteligencia brillantísima se hace cargo de la situación, decide demostrar su inocencia indagando en el misterio del muerto dentro de un viejo laboratorio desvencijado que se encuentra en la mansión, llevando a la vez su personal venganza contra sus hermanas.
Debo decir que desde el primer momento me enamoré de la ambientación y, por qué no decirlo, de los actos de la protagonista y de su propia caracterización.
Ese regustillo macabro, ese humor negro tan peculiar y tan ligado a ella misma y esa forma de crear en el laboratorio su propia venganza contra sus hermanas me ha llegado al corazón.
Reconozco que me ha parecido tremendamente divertido, y el ambiente que se respira en la novela es, prácticamente, el de una película de Tim Burton, así que no me extrañaría que si lo conociese lo adaptara, y admito que correría a verla. 
De hecho, al hilo de películas oscuras pero fantásticas, desde que vi la portada no puedo dejar de imaginar a Flavia como Miércoles Addams, con su mismo desempeño, su mordacidad y su peculiar forma de ver la vida.
Quizá sólo sea cuestión de tiempo que salga una película.

16 de enero de 2019

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte


A veces cuando deseas algo con todas tus fuerzas, ya sea que pasen los exámenes o bien que llegue determinado día para, yo qué sé, comprarte un libro que te apetece mucho tener, en el momento en que sucede eso que esperamos te das cuenta de que no te ha merecido la pena volcar todas tus ganas y tus fuerzas en el hecho en cuestión. Te sientes mal porque piensas —no sin razón— que has desperdiciado ese tiempo en el que te habías involucrado tanto y que podías haber empleado para otras cosas muchísimo más productivas. 
Pero por suerte no todo es así en la vida.
En ocasiones desear algo con todas tus fuerzas es el preludio de algo muy bueno, de algo que posiblemente cambie tu vida y cierre uno —o muchos— de los capítulos que la componen. 
Y por eso os traigo hoy el séptimo y último libro de la saga de Harry Potter, el libro con que concluye la que quizá ha sido una de las series de libros más importantes de las últimas décadas, más vendidos y, por lo menos por mi parte, de los que más han significado y más me he releído.
Como digo, este es el libro con el que se pone fin a una historia y también con el que se cierran cabos sueltos a lo largo de toda la saga, y la verdad es que —salvando los detalles que consideraríamos fuera del canon— J. K. Rowling lo hace de una forma bastante satisfactoria, porque aunque no esperásemos que fuese Lord Voldemort quien ganase la batalla —en la literatura es raro que el mal triunfe, sobre todo cuando hay tanta gente expectante— y supiésemos que sería Harry quien triunfase, descubrimos la faceta más secreta de otros grandes personajes como Snape y, personalmente, lloré a mares, tanto de pena cuando mueren personajes que a mí me parecían insustituibles como de emoción en la Batalla de Hogwarts. 
Tuve la inmensa suerte de crecer a la par de Harry y sus amigos, personal y literariamente hablando, y también de sus problemas. 
Recuerdo que cada año prácticamente rezaba porque me llegara la carta que me admitiera en Hogwarts, hasta tenía pensado en mis sueños más infantiles una especie de texto con el que pedía que me hechizaran para entender a la perfección el idioma y no perderme nada; y en el momento en el que dejé de ver viable la situación, no por realidad, sino por edad, siempre mantuve la esperanza de alguna forma imaginando durante horas una escuela de magia mediterránea, con sus casas, sus símbolos y hasta con su sistema educativo. 
Quizá esa fue la magia más grande de Harry Potter, la de hacer que una parte de nosotros tuviera —o conservara en momentos difíciles— algo de esperanza.

26 de diciembre de 2018

Harry Potter y el misterio del príncipe, J.K. Rowling


¿No os entra como una emoción extraña al saber que las sagas de libros se acaban y que es prácticamente inminente?
No sé el vuestro, pero sí es mi caso, y la verdad es que es una sensación agridulce, no la disfruto del todo porque pienso en qué haré una vez se acabe definitivamente y no sé si llega a compensarme.
En esa tesitura estamos hoy cuando ha pasado la primera parte de las fiestas, hoy os traigo la sexta y penúltima entrega de la saga de Harry Potter que nació de la mano de J. K. Rowling y que a mí, personalmente, tanto me ha entretenido a lo largo de mi vida dadas las veces que me la he releído y que preveo que seguirá haciéndolo posiblemente hasta que muera rodeada de libros. 
Harry ya está en su sexto año, ahora es más maduro, se le permite acceder a conocimientos que antes le estuvieron vedados y está  más marcado aún por la pérdida de personas cercanas que serán el preludio de todas las que vendrán después. A la vez, cobran relevancia ciertas localizaciones que antes se mencionaron de pasada, como la tienda del Callejón Knockturn llamada Borgin&Burkes, pero que ahora se hace determinante, porque aunque todavía no lo veamos si llegamos al libro por primera vez es una pequeña pista que nos da Rowling —que ya había dado en libros anteriores y cuando lleguéis al séptimo o si ya lo habéis leído entenderéis por qué lo digo— y aparecen nuevos personajes como Horace Slughorn, que da lugar a ciertas situaciones cómicas y que es el hilo conductor de nuevas revelaciones de asuntos trascendentes en la historia de Hogwarts, de Voldemort y de la propia familia de Harry.
Creo que este libro es el escalón definitivo para el final de la saga porque me da la impresión de que es aquí donde se alcanza el odio máximo —o el amor máximo, según hacia dónde se inclinen nuestras simpatías, porque no me diréis que siendo amantes de estos libros no habéis proclamado con orgullo a qué casa «pertenecéis» dependiendo de vuestras afinidades— hacia Severus Snape. 
Este es un personaje al que al principio se le tiene un asco supremo, después se comprende con el Always y una vez pasa el momento te das cuenta de que es un personaje profundamente gris y bien definido. Es innegable que es interesante y misterioso, y que puede que hubiera cierto poso de nobleza en él, pero el método quizá no fue el correcto.
Como digo, es quizá el libro en el que se empiezan a entender muchas cosas aunque se malinterpreten otras, pues el conocimiento parcial que se tiene hasta el momento y que concluye con el séptimo libro no permite hacerlo de otra manera. 

12 de noviembre de 2018

Harry Potter y la Orden del Fénix, J.K. Rowling


No os podéis imaginar las ganas que tenía de superar el ecuador de la saga de Harry Potter que hoy continúo para poder llegar a mi segundo favorito después de «Harry Potter y el prisionero de Azkaban», la quinta entrega, donde ya se van ciertos asuntos relacionados con la lucha contra Voldemort, la guerrilla particular establecida por el bien común, aunque él diría que solo hay poder y personas demasiado débiles para buscarlo, y donde aparece el personaje que más repelús me ha dado en mi historia de la literatura particular.
Sí, lo habéis adivinado: Dolores Umbridge.
Me da un ascazo tremendo, y eso significa que está magníficamente bien caracterizada, por lo que a pesar de sus consideraciones sobre la sangre que se verán sobre todo en el último libro de la saga, pienso que es uno de los mejores retratados en toda la heptalogía.
A lo que iba.
Recuerdo que la primera vez que leí el libro fue como si el corazón me diese saltos de emoción en el pecho él solito y por libre, porque aunque anteriormente, en las cuatro primeras entregas, ya se había producido alguna que otra escaramuza con Voldemort, esta es la primera vez que se produce un enfrentamiento de adultos, por decirlo de alguna manera, con la Orden al completo, o más bien con los que quedan de ella, y con los Mortífagos más representativos en el otro bando, con la aparición estelar de Bellatrix Lestrange. Además, se produce la tremenda lucha entre el mismísimo Albus Dumbledore —estoy conteniéndome mucho de decir todos sus nombres tal y cómo él los pronuncia en la película cuando entra a la vista de Harry— y Voldemort en el Ministerio de Magia.
Y no solo fue la emoción la que me inundó el corazón cuando leí la última de sus páginas.
Fue la primera vez que después del asesinato de los padres de Harry se produce la muerte de otra de sus figuras paternas, y sigo pensando que Sirius no tendría que haber muerto y menos a las manos de quien lo hizo. Si tenía que morir sin remedio, por lo menos que hubiese sido por la mano de otro que no fuese Bellatrix.
Al margen de opiniones personales, aunque de hecho este blog está construyéndose sobre ellas, es para mi gusto uno de los mejores libros, uno de los que más acción tienen y uno de los que descubren más personajes cuya trascendencia se verá más adelante, hacia el final de la saga, y eso, bajo mi criterio, lo hace merecedor de especial atención.
El lector avezado descubrirá que los bandos ya están hechos, quizá antes de lo que imaginaba, y no solo por lo obvio, sino que incluso algunos de los personajes acaban sorprendiendo por su posicionamiento, y ese pequeño factor sorpresa a mis ojos es impagable.

17 de octubre de 2018

Harry Potter y el cáliz de fuego, J.K. Rowling


Suelo ser muy cuidadosa con mis libros, tanto que en ocasiones mi interés porque sigan intactos roza la paranoia, especialmente si es uno de mis libros favoritos —como sucede de hecho con una superedición del «Cantar de mío Cid» que tengo, que casi me da miedo tocarla por si acaso la descuadro o le pasa algo, tanto me gusta— pero confieso que este libro, la cuarta parte de la saga de Harry Potter, es el único libro que he destrozado —literalmente— de leerlo tantas y tantas veces.
El pobre está tan remendado con cinta adhesiva que me da penita verlo, y tiene hasta páginas sueltas, pero hasta que salió el siguiente fue mi absoluto favorito tras «El prisionero de Azkaban» y no pude dejar de leerlo. Quienes lo hayáis leído sabréis por qué y entenderéis el ansia que tuve en su momento por saber cómo continuaba la historia.
Confieso que me sé pasajes de los libros y, sobre todo, el hechizo de resurrección de Voldemort de memoria.
Sí.
De memoria.
Y lloré de emoción mientras lo recitaba junto con Pettigrew en la película porque me sentía mala y poderosa.
Pocos finales más apoteósicos que los de este libro de J.K. Rowling que os traigo hoy he encontrado a lo largo de todas las lecturas de mi vida, con el tiempo he pensado que supera a «Las Reliquias de la Muerte» en muchas ocasiones, y que hasta debería haber concluido la saga con él aunque, desde luego, es imposible. Dejaría coja parte de la historia y demasiados cabos sueltos que ata más adelante, pero de verdad que en su momento me pareció increíble y cada vez que lo leo encuentro un aliciente más, un detalle incluso mejor que por el ansia o el tiempo se me había traspapelado.
Aquí se ve a una Rowling más madura, que poco a poco va oscureciendo la saga y que culmina con el encuentro final del laberinto.
Es el preludio de lo que vendrá, ya no hay vuelta atrás y Voldemort ha vuelto, e incluso por un momento llega a parecer invencible. Esta vez Harry lo tendrá difícil para sobrevivir.

28 de septiembre de 2018

Harry Potter y el Prisionero de Azkaban, J. K. Rowling


Este mes está siendo un poco complicado para mí por los asaltos constante de realidad que de vez en cuando vienen a "alegrarme" la vida derivada precisamente de la presión que he sentido estas últimas semanas. Por esa razón estoy aprovechando para seguir con series de libros que tengo a medio empezar para así no dejarlos descolgados en los anaqueles del tiempo y dar consistencia a una historia que no se entiende si no es repasando desde el primer libro que forma la saga hasta el último que la concluye.
En este afán que pretende ir completando y cerrando algunos capítulos hoy le ha tocado a mi queridísimo Harry Potter en su tercera entrega, y debo admitir que este es uno de mis absolutos favoritos porque aparece como personaje que interactúa y demás —recordemos que en "La piedra filosofal" aparece únicamente mencionado por Hagrid cuando le cuenta a Dumbledore cómo llegó a Privet Drive— el que me parece uno de los mejores personajes de todos los libros, el incomparable Sirius Black, y desde luego uno que se le compara para mi gusto en adoración, Remus Lupin. 
Además, también aparecen por primera vez la prisión de los magos, Azkaban, y sus guardianes, y es el único de los libros que conforman la saga en el que al final del mismo no se enfrentan directamente a Voldemort, sino que es el camino necesario de paso entre la niñez y la adolescencia más madura de Harry, el que más contexto da en la historia y en los personajes, y el que más ofrece a los lectores. 
Nosotros aprendemos que las apariencias no tienen por qué ser verdad, y que detrás de lo que parece tan evidente puede haber mucho que no vemos, algo que puede volver patas arriba cualquier hecho constatado.
No os voy a asaltar con la historia porque pocos serán quienes no conozcan las peripecias de Harry en este y en otros libros, ya sea por vía directa de haberlos leído o por haber visto las películas que se han hecho basadas en la saga, ya porque tienen pequeños en casa que crecieron con sus historias o que están en proceso de hacerlo, pero sí os diré que junto con el quinto es a mi parecer de los más logrados, no solo porque ya empieza a desarrollarse la trama como debe hacerlo, vislumbrando lo que al final será el misterio que todos ansiábamos descubrir cuando lo leíamos, quién sobreviviría, sino porque Rowling, para mi gusto, se afianza como escritora, empieza a creer más en ella y en el éxito de su historia y deja a un lado las recurrencias de los dos primeros libros para entrar de lleno en lo que será el final de la saga. 

25 de agosto de 2018

Harry Potter y la Cámara Secreta, J. K. Rowling


Aunque adoro la saga entera y cuando me la releo lo hago del tirón —sí, la sutilidad y la mesura nunca han sido mi fuerte— cada vez que tengo oportunidad debo reconocer que de todos los libros que la comprenden este es quizá el que menos me gustó en su momento y con las películas me sucede lo mismo, aunque admito que es también el que tiene más carga "histórica" al respecto de Hogwarts y no solo en relación al trío de oro.
En el mundo de los magos está por desatarse el horror una vez más, y como siempre, este viene de la mano de Lord Voldemort y si bien no depende directamente esta vez de él, sino de Lucius Malfoy —debo admitir públicamente que en los primeros libros era mi malote favorito de la saga y aunque luego le venció el patetismo esto solo le hizo humano— que deja el diario del joven Voldemort en el caldero de Ginny Weasley, la finalidad última es desatarle a él y devolverle el poder que una vez ostentó sobre el mundo mágico. 
Este diario de la juventud de Voldemort resulta ser la llave que abre la puerta de la legendaria Cámara de los Secretos, un lugar donde Salazar Slytherin guarda un horror que "salvará" al colegio de los hijos de muggle, indignos a sus ojos de ser recipientes de la magia, y devolverá a esta última al lugar que pertenece, a los sangre pura. 
Controlando a la pequeña Weasley con el mejor arma del que dispone el Señor Oscuro, la manipulación, la Cámara se volverá a abrir y a perseguir a los nacidos de muggle, aunque por circunstancias favorables concernientes al desarrollo de la trama ninguno resulta muerto esta vez por el horror que contiene y todas sus víctimas quedan, en cambio, petrificadas. 
Harry Potter junto con sus amigos tendrá que demostrar su inocencia a la vez que busca derrotar a la bestia que, en última instancia, no deja de ser una metáfora retorcida del propio Voldemort.
La verdad es que como digo es el que más historia canónica desprende, en el que Rowling pone sobre la mesa toda la documentación que ha creado en torno a este mágico mundo y da unas dosis mayores de contexto.
Por primera vez se menciona Azkaban y se define, dando paso a que Rowling la desarrolle más profundamente en el siguiente tomo. Vemos por qué Hagrid fue expulsado de la escuela, aunque finalmente queda exculpado y, sobre todo, es para mí el primer libro en que se ve que ya son un trío de verdad y no una pareja —da igual quién la forme— y otro más de sujetavelas. También conocemos más de Dumbledore y, fundamental, la creación de Hogwarts y el establecimiento de las casas y rivalidades que aún en la época del libro perduran a través de los siglos.
Creo que aunque realmente sea el segundo año de Harry casi lo habría añadido al primer volumen.
No es moco de pavo lo de salvar a los nacidos de muggle para que la xenofobia y el terror no se impongan, pero lo que más me gusta del libro es el recorrido que hace por el bestiario y por la historia.
Tiquismiquis que es una. 

31 de julio de 2018

Harry Potter y la Piedra Filosofal, J. K. Rowling.


La verdad es que no sé si por azar o por qué razón tuve la suerte relativa de nacer en una época de grandes cambios en diversos ámbitos; en la línea divisoria de un tiempo fragmentado y otro que giraría drásticamente para abrirse a todos sin distinción, por lo menos en la teoría.
Un poco después, casi al borde del nuevo milenio, fue un poco la culminación de estos cambios, y creo que estos se vieron reflejados también en la literatura. En este sentido, la novedad más rompedora fue la que nos trajo J. K. Rowling en 1997. 
Es curioso porque al principio nadie apostaba por ella ni por sus hijos literarios. Nadie creía que un mago huérfano fuera a tener siquiera un poco de éxito o rentabilidad, y hasta tuvo que ocultar su nombre porque le dijeron que una mujer nunca podría alcanzar el estrellato literario por decirlo de alguna forma y la obligaron prácticamente a usar únicamente sus iniciales, y aquí estamos, ante uno de los mayores revulsivos de la historia de la literatura contemporánea que ha conseguido reflejo en el cine con suculentos resultados y productos comercializados de todo tipo. 
Lo que más gracia me hace del asunto como lectora es imaginar la cara de pánfilos —lo que fueron, vaya— que se les quedaría a todos esos ejecutivos de editoriales que se permitieron el lujo de rechazar una serie de novelas así solo por el pequeño detalle de innovar.
Harry Potter vive con sus tíos, que le tratan mal, demasiado mal para lo que un niño se merece, acosado por su primo Dudley y obligado a llevar sus viejas ropas, siempre disimulando por el qué dirán los vecinos, y un día, glorioso para él si tenemos en cuenta lo que le brinda, le llega una extraña carta del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, pero le es imposible ver el contenido. Al principio sus tíos se alarman, y aunque tratan por todos los medios de apartarle de las cartas, Hagrid, el guardián de las llaves y los terrenos de Hogwarts, acude a buscarle personalmente y Harry descubre que ha vivido una gran mentira. 
Sus padres no murieron en un accidente de coche como le había sido dicho, sino que lo hicieron combatiendo y protegiéndole del mago más malvado de los últimos tiempos, Lord Voldemort. 
Una vez en la escuela se suceden las aventuras con sus nuevos amigos, Hermione Granger y Ron Weasley, y tendrán que ir descubriendo bajo el auspicio del Profesor Dumbledore el camino que poco a poco les llevará hacia su futuro.
Huelga decir que es una de mis sagas favoritas de libros, y aunque ya me pille un poco mayor —solo un poco— me gusta todavía releérmelos varias veces al año, tanto que casi me los sé de memoria, los libros y los diálogos de las películas.
Y creo que como todos los que hemos crecido con las aventuras de Harry Potter muchas veces he deseado que a los once años o tal vez un poco después nos llegara la carta de Hogwarts, en parte porque la educación que le proporcionaban en ese colegio excedía cualquier límite de la imaginación y nos parecía mucho más divertida que la que teníamos y por otro lado por correr todas esas aventuras.
Yo lo tengo claro, los guardo como uno de mis tesoros. En el futuro... quién sabe a quién pueden servir.