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6 de diciembre de 2020

El árbol de las brujas, Ray Bradbury


Llevo bastante tiempo dándole vueltas al libro que debería poner hoy, y no lo digo porque sea puente y la vida vaya a un ritmo más lento de lo normal; pero aunque sea a destiempo me apetece traer este libro que está más en relación con Halloween que con esta época del año, y lo digo por lo que ancestralmente ha significado, no sólo para colectivos en particular, sino para la sociedad en general, una sociedad antigua y tradicional, temerosa de determinados signos y lugares de poder y no una sociedad descreída como la que padecemos ahora.
Así que una forma de revindicar este día —a destiempo, lo admito— de acuerdo a sus orígenes y no a la casi parodia que se lleva acabo ahora en los países anglófonos y por extensión a todos aquellos que acogen esta «tradición» por americanizarse y parecer más "chachiguays" he decidido que este libro de Ray Bradbury es el idóneo. 
La historia, cómo no, se desarrolla en Halloween, pero en un Halloween americanizado. Esto es, pidiendo por las casas caramelos con el archiconocido vía fílmica «truco o trato».
Un grupo de niños van haciendo esta propuesta por las casas hasta que uno de ellos se separa del grupo y les dice que le esperen en una casa abandonada, fantasmal para más señas, y cuando van a encontrarse con él, encuentran en su lugar a un señor bastante siniestro, todo hay que decirlo, que les dice que su amigo ha sido secuestrado por la muerte, y que para encontrarlo deberán recorrer diferentes etapas de la historia para comprender el auténtico significado de Halloween y su significado tan importante en diferentes culturas, bajo otros nombres. 
Esta será la clave para poder rescatar su alma de los brazos de la muerte.
Me ha resultado un libro muy ameno y, la verdad, necesario, pero no lo había leído antes.
Creo que, como todos, salvando las «Crónicas marcianas» —sé que no tengo vergüenza literaria, todavía no os lo he traído aun con todo el tiempo que ya tengo el blog en marcha, mea culpa, pero prometo que os lo traeré más pronto que tarde— y «Fahrenheit 451» pocos conocen todo lo bueno que implica la bibliografía de Ray Bradbury, así que traéroslo no ha sido sólo una forma de recorrer la historia de Halloween a lo largo del tiempo, porque no me negaréis que el camino que sigue a lo largo de diferentes épocas es maravilloso, sino que también es una forma de recordarle y traerle de nuevo a nuestra memoria.
Espero que recomendaros este libro y que lo leáis sea una forma de descubriros otro punto de vista acerca de él y su literatura.

14 de julio de 2020

La máscara de la Muerte Roja, Edgar Allan Poe

Hace tiempo que no os traigo un cuento, y creo que hace aún más que no os traigo uno de terror; así que mientras buscaba algo que leer, me topé hace unos días con este maravilloso cuento del maestro del terror gótico por excelencia, Edgar Allan Poe.
A pesar de que hoy en día estamos tan saturados y tan bombardeados con violencia y terror que cada vez se supera a sí mismo, este relato de mediados del siglo XIX sigue produciéndome inquietud cada vez que lo leo. 
No sé si se trata de la naturaleza humana que ante la enfermedad y la muerte sigue viéndose asaltada o si soy demasiado aprensiva; lo que no pongo en duda es la calidad de este cuento que, en sólo seis páginas, es capaz de conseguir su objetivo.
En una antigua región gobernada por el príncipe Próspero, que a semejanza de los príncipes de su tiempo —y creo que aún los de ahora— disfruta con copiosos banquetes, arte, música y los más diversos placeres, una devastadora peste, conocida como la Muerte Roja, destruye todo a su paso, dejando tras ella un reguero de muerte y destrucción. 
Tras conocer la terrible noticia, se encierra en su castillo con un selecto grupo de nobles para escapar de los efectos de esta enfermedad mientras la ciudad se sume en el más absoluto caos de devastación. Una noche, decide organizar el mejor baile de máscaras jamás llevado a cabo, en siete aposentos de su castillo, cada uno de un color con su vidriera del mismo exceptuando la negra, cuyas vidrieras son rojas como la sangre. Todos se pasean por todos los aposentos, excepto por la habitación negra, en la que un reloj marca fantasmagóricamente las horas, sumiendo a los invitados en el terror más absoluto; es entonces cuando el príncipe se fija en uno de los invitados, vestido de blanco con una máscara que representa a la Muerte Roja. Sintiéndose insultado, le persigue hasta la habitación negra, donde se revela como la personificación de esta enfermedad cruel y hace justicia.
Teniendo en cuenta la ambientación y la época en la que esta maravilla ve la luz, se aprecia que es una alegoría brutal y clara de la repercusión que tienen los vicios sobre la moral y la vida humana, pero también, como una suerte de justiciera, la Muerte Roja requiere lo que es suyo y estaba escrito, dejando claro que nadie es inmune a ella y que da igual el estrato o la ocultación; al fin y al cabo, se lleva a todos por igual sin importar el resto.
Ya lo decía Manrique, la muerte nos iguala a todos.

14 de junio de 2020

Malpertuis, Jean Ray

Hacía tiempo que venía pensando en este libro, supongo que fue Malpertuis, que me encontró a mí y fue inútil escapar de ella.
Creo que, al margen de mi aprensión que puede llegar a ser legendaria, tengo un puntito de masoquista que me arrastra —y yo me dejo— hacia el terror, ya sea en forma literaria o cinematográfica.
Tengo muchísimos documentos del género, incluso programas de radio grabados con esta temática, y aunque siento un estremecimiento bastante importante cuando me sumerjo en este mundo, me gusta.
Y un día, no recuerdo exactamente cuando, vi esta portada en una vieja estantería de una librería que no visito desde hace tiempo y me quedé parada delante mirándola. No sólo por el título, que evocaba cierto misterio ya per se, sino por que me recordó a Poe y a la Casa Usher, no sé por qué. 
En ese momento no pude llevármelo, pero sí que tuve la oportunidad de leerlo en el ordenador, y ni que decir tiene que me fascinó.
Es oscura, agobiante, macabra. Recupera lo mejor del género gótico sin lugar a dudas, y precisamente ahí radica su genialidad.
Consigue convertir el libro en una ventana a la terrorífica mansión y al lector en uno de los que la rondan, inquietando a cualquiera que ose pasar sus páginas y dejarse acariciar por ellas.
Un poderoso hechicero que agoniza ha conseguido encerrar a los dioses en cuerpos de seres humanos, de ciudadanos de los que, tal vez, nadie espere nada porque no destacan por nada, siendo perfecto este encierro. En el relato, la mansión agobiante donde vive, se nos explica el proceso de encierro, las peripecias de este malvado brujo y los cambios que se producen en las personas que le rodean a su muerte.
La verdad es que no me esperaba algo así en estos días.
Siempre pensé que el terror gótico había llegado a su cénit bajo el auspicio del opio de la época victoriana y la pluma de Poe, pero Ray me abrió los ojos, y a pesar de que el libro en cuestión ya tiene ciertos añitos —no en vano se publicó en 1943—, no deja de ser una obra maestra del terror que debería estar en vuestra mesilla de noche si sois apasionados de este género.

7 de abril de 2019

El gato negro, Edgar Allan Poe


Hace tiempo que, en cierto modo, mi mente divaga por páramos oscuros de los que parece no querer salir porque ya se ha acomodado, y reconozco que a veces tampoco quiero sacarla de ahí porque en ocasiones me compensa la fertilidad literaria con un poco de tormento existencial. 
La razón principal además de la aducida es que aunque me horade poco a poco estoy redescubriendo entre todos los libros que tengo, tanto digitales como físicos, viejos clásicos que de un modo u otro me impactaron profundamente, y eso me ayuda a traer viejas glorias a estos anaqueles virtuales que adoro profundamente y que estoy convencida de que vosotros también amáis. 
Y este relato que os traigo hoy —que también he elegido porque no sé por qué razón no suelo reseñar libros de terror, con lo que me gustan— es precisamente uno de los que recuerdo con mayor claridad por ser uno de los que más me obsesionó en una época tan crucial para una persona como es la adolescencia, una adolescencia en la que me inclinaba hacia lo gótico —arte, literatura, estética— como si fuese una fuente que debía alimentarme a mí y a mi espíritu. 
Siendo sincera, toda la obra de mi adorado Edgar Allan Poe es perturbadora; creo que esa palabra se asentó con él y con su bibliografía, pero quizá la profunda carga cultural que arrastran los gatos desde tiempos ignotos, tanto de fuentes beatíficas como de prácticas supersticiosas —ya sabéis, aquella que dice que si se cruza un gato negro en tu camino ocurrirán desgracias— o brujescas —tradicionalmente, y como sabréis, se ha relacionado al gato con demonios o con familiares, hecho que supuso que muchos de ellos dieran con sus pobres huesos en la hoguera junto con sus supuestas protegidas hechiceras y que propició la expansión de la Peste negra— es la que hace que el relato, si cabe, sea aún más inquietante.
Qué decir de Poe.
Qué decir de este relato.
Aún sigue pareciéndome increíble cómo las palabras son capaces de caracterizar tan bien la inquina del ser humano y de formar frases tan espeluznantes, como si fuesen retratos construidos con letras cuya función es la de inquietar.
Y es que realmente Poe no recurre a hechos especialmente sangrientos, si obviamos la muerte del pobre primer gato que es, a todas luces, deleznable, sino que construye con sus palabras una especie de laberinto terrorífico que atrapa al lector desde el primer momento, introduciéndole en el relato y convirtiendo su propia mente, nuestra propia mente, en el arma más mortífera, en nuestro más poderoso enemigo. 
Esto de sentirme controlada en cierto modo, por dejarme llevar de tal manera que noto que los vellos de la nuca se me erizan como si fuera yo la que padece lo que nuestro protagonista se ha buscado me produce sentimientos encontrados. 
Por una parte es una muestra de la excepcionalidad de Poe. Por otra me hace mirar a mi gato con mucho más cuidado, aunque os aseguro que está exquisitamente tratado. 

10 de marzo de 2019

La Historiadora, Elizabeth Kostova


Debo admitir que no me planteé traer este libro de Elizabeth Kostova hasta hace poco, porque la verdad es que la primera vez que lo leí me resultó complicado  engancharme a él aunque me fascinen los vampiros y el vampirismo y no me gustó para nada.
Lo terminé porque no soporto dejarme libros de primera lectura sin acabar y lo metí en un cajón recóndito de la memoria, donde no podía encontrarlo.
Hace no mucho, sin embargo, me lo volví a encontrar limpiando una estantería, y me resultó bastante más amable que la primera vez que llegó a mis manos, si bien sigo mostrando cierta reticencia hacia el resultado final.
El eje del libro se resume en la búsqueda de la tumba de Vlad Tepes en tres épocas históricas diferentes, y se sirve de esta búsqueda cuajada de obstáculos —no podía ser de otra forma— como detonante de la reflexión sobre el hombre y el mito y todo lo que le rodea.  
No voy a negar que tiene ciertos momentos de lucidez en tanto puede representar en ocasiones una suerte de reivindicación de las bibliotecas, de esos lugares tan sumamente atrayentes como recónditos, del placer de la investigación —se supone que Kostova estuvo investigando diez años para escribir el libro y eso no es para desmerecerlo— y las dudas y el misterio que acechan entre las estanterías donde los libros guardan polvo y recuerdos, pero aun así tiene algo que no termina de convencerme. 
La descripción de paisajes es un auténtico lujo, pero a mi parecer sobra el enlace sentimental que acaricia la obsesión en muchos momentos durante el libro. No lo veo necesario para vertebrar la novela, o por lo menos no para esta novela. Creo que el peso de la investigación y la historia debería haber pesado más que la relación, pero supongo que es cuestión de gustos. 
No es que sea una insensible —o sí, no lo sé—, pero al final puede llegar a confundir la mezcla de estilos que utiliza para escribir. Llegado cierto momento acabas dudando de si estás leyendo una novela con tintes históricos —que los tiene— o un culebrón televisivo.
Estoy abierta al debate si lo habéis leído.