26 de enero de 2020

La huella del hereje, Susana Fortes


Teniendo en cuenta que llegué a conocer a Susana Fortes hace ya unos cuantos años por medio del club de lectura al que pertenezco la verdad es que me apetecía traerla aquí a este pequeño anaquel virtual que poco a poco va haciéndose más amplio. 
Sabéis también que no me puedo resistir a un thriller en toda regla. Como ya os he dicho varias ocasiones hay veces en las que me es imposible no sumergirme en el género de nuevo, aun a riesgo de pecar de predecible y este es el último que me cautivó. 
Susana Fortes, por lo que he visto a lo largo de la lectura de sus obras, es una escritora que se guía por las ciudades más famosas espiritual y artísticamente hablando.
Esta vez nos sitúa en la archifamosa Santiago de Compostela, una ciudad que ya de por sí es misteriosa por todos los secretos que guarda y recibe y, para qué negarlo, por todo lo que han oído sus piedras a lo largo de los siglos, que, teniendo en cuenta el Camino, no es de extrañar que sea muchísimo; y, por cierto, es una ciudad que tuve el placer de conocer hace algún tiempo justo después de una ruptura horrible y me dejó enamorada. 
En este caso, aparece el cadáver de una chica en mitad de la catedral, y a partir de ahí se producirá una mezcla impresionante de historia, con el robo, casi a la misma vez, de un manuscrito de Prisciliano, un hereje oriundo aparentemente de la propia Galicia. 
Claramente ambos hechos están unidos y un coro de investigadores, relacionados o no con la policía, serán quienes descubran esta liga entre ambos hechos y determinen quién es el asesino, alguien quien, a pesar de todo, no es quien esperamos que sea. 
Reconozco que en un principio casi pensé que era otra más, porque, seamos sinceros, todos conocemos un número alarmantemente alto de historias con una base parecida que se ajustan a determinados momentos y fin, dinero contante y sonante, pero si bien sí que aparecen estos momentos, estos personajes que rozan el maniqueísmo y, desde luego, el típico misterio que se resuelve con la búsqueda de un manuscrito perdido, guarda algo especial en sus páginas, algo que se confabula con lo frecuente para hacerla merecer consideración aparte. 
Quizá el hecho de que está basada en ciertos asuntos reales es lo que hace que me interese más.
A mí, por lo menos, me satisface el hecho de buscar este o aquel asunto mencionado en cualquier libro que pueda tener un viso de realidad, es como si hiciera de mí un personaje de la novela, una investigadora más entre los que luchan por conocer la verdad en el libro, y lo cierto es que Susana Fortes consigue convertirte en ese investigador que se une a la historia.

22 de enero de 2020

Juegos de la edad tardía, Luis Landero


Hace ya bastante tiempo que planeo traeros un libro que verdaderamente me marcó, aunque en realidad no tenía nada que ver con lo que yo pensaba que encontraría entre sus páginas.
Ese libro es «Hoy, Júpiter», y si todo va bien no querría retrasarlo mucho porque lo cierto es que vale la pena. Como este libro que os traigo hoy es hijo literario de Luis Landero, un escritor que, contrariamente a lo que suele pasar —o, al menos, eso encuentro con relativa frecuencia en este mundo—, no ha olvidado de dónde salió y con sus admiradores es más que encantador. 
En este caso he escogido su opus primum, que no por ello peor, porque supuso un bombazo literario el año en que salió, precisamente porque guarda cierta similitud con el Quijote de mis desvelos, en un año en que he aprendido a valorarlo un poquito más después de estudiarlo en profundidad. 
Y en un mundo en el que los sueños quedan proscritos para convertirnos en autómatas este libro es el pequeño —pero no por ello menos importante— toque de atención necesario para decidir si queremos perseguir nuestros sueños o preferimos la comodidad sistemática y, la mayor parte del tiempo, limitada.
Gregorio es nuestro personaje principal y en él todo es gris.
Su actitud se acerca a la abulia típica del realismo español y su trabajo es el de oficinista en una empresa. Allí todo está coartado, no hay lugar para la imaginación, para la necesidad o para los sueños, solo hay que seguir una rutina que, aunque per se no es necesariamente mala —me gustan las rutinas, lo reconozco—, una vez pasan los años puede resultar en cierto modo una carga.
Y, de repente, un día aparece Gil, un comercial con el que, primeramente, entabla relación telefónica, aunque después se personifique. Él es su contraparte, es la chispa que necesitaba para salir de su realidad abúlica y estimular su imaginación.
Este hecho, como os digo, es determinante, porque a partir de este momento Gregorio desarrolla una suerte de doble personalidad, si se me permite declararla tal.
Su imaginación se desborda y procede a inventar detalles de su vida, a convertir su vida en lo que hubiera querido que fuese y lo opaco torna explosión de colores en el momento en el que no puede parar de enlazar una ficción tras otra, haciendo que, lo que comenzó siendo una mentira piadosa por aquello de darle emoción, se convierta en una realidad alternativa de la que ya no puede deshacerse.
Me parece un libro fantástico que sirve no solo de advertencia para apartar hábitos que pueden considerarse ciertamente perniciosos, sino para tratar de conocernos a nosotros mismos.
Por lo que a mí respecta, la mentira no está justificada en ninguno de los casos, se va construyendo un castillo de naipes que, indefectiblemente, acaba cayendo a no ser que mueras antes —ya, soy un poco trágica— y ni aun así está asegurado el éxito. Quizá la aceptación es la que subyace en estas páginas llenas de diálogo, fantasía y desbordamiento.
Yo lo que entiendo es que no hace falta una mentira para hacer nuestra vida más jugosa de cara a los demás, sino que podemos hacerlo con una simple acción directa y efectiva. 

17 de enero de 2020

El libro del destino, Brad Meltzer


A veces me planteo si no debería recuperar la infame categoría de infumables que tenía en el anterior periodo en que tuve abierto el blog porque lo cierto es que hay libros que no se sabe por dónde coger, pero luego hay algunos que están en una categoría intermedia entre infumables y libros legibles, porque aún puedes echar un buen rato leyéndolos, especialmente cuando estás en uno de esos días en los que lo único que necesitas es desconectar. 
Y este es el caso del libro que os traigo hoy, el tema es un tanto peculiar, por decirlo suavemente, pero está razonablemente bien escrito, recogiendo todos los cabos sueltos y, a veces, hasta sorprendiendo. 
Mientras me decido a pensar en un nombre que pueda catalogar este "casi-infumable-pero-no" aprovecho para traéroslo, porque soy consciente de que la literatura es entretenimiento y que en ocasiones lo único que se necesita es apagar el cerebro y dejarse llevar. 
Vamos con la trama.
Agarraos.
¿En qué cabeza cabe que haya una supuesta conspiración a nivel presidencial —aparentemente— en la que se asesina a una persona porque una banda con ínfulas masónicas —que luego ni es masónica ni nada y me da un coraje tremendo que al final todo se achaque a los masones— convence a un enfermo mental de que cometa el mencionado asesinato por unas relaciones religiosas y personales en la que se justifican un código secreto creado por Thomas Jefferson
Pues en la mía no, qué queréis que os diga, son cosas demasiado aleatorias para ser verosímiles, llamadme incrédula, no sé. 
De todas formas hay que reconocer que aunque parta de este batiburrillo surrealista la unificación de la historia no es mala, al contrario. 
Brad Meltzer esparce aquí y allá una serie de acontecimientos bastante aleatorios que luego recoge de una forma más que aceptable, de hecho admito que eso de soltar y recoger punto por punto me encantó, pero es que es tanta la ida de pinza de la narración que acabé dejando el libro en la mesilla alucinando porque no me creía muchas veces la mitad de lo que pasaba en la historia, era incapaz de reaccionar. 
Es, digamos, una tormenta de ideas aderezada por los masones para dar "credibilidad", fanatismos y tejemanejes de poder al punto de llegar a cometer un asesinato que, para más inri, encima es fallido.
Quizá en otro momento sí que me habría leído el libro de otra forma, tal vez en un trayecto demasiado largo me habría aferrado a sus páginas como un clavo ardiendo, o quizá en una espera tremendamente aburrida, pero lo leí en una de mis noches insomnes, casi como último recurso cuando estaba ya desesperada y empezaba a adivinarse luz en la ventana, así que puede que mi impresión fuese un cúmulo de cosas. 
De todas maneras y aunque mi mencionada impresión es absolutamente subjetiva el quid de la historia está ahí, en la sinopsis, y eso es indiscutible.

12 de enero de 2020

Kokoro, Natsume Sōseki


Kokoro, en japonés, en su primera acepción significa corazón, aunque también puede significar mente, sentimientos o alma.
Es una palabra que me parece dulce, supongo que por la forma de decirla —lo más posible es que la pronuncie mal con el acentazo que tengo, pero como lo hago me vale y me parece dulce— y por lo que evoca. 
La verdad es que si he escogido este libro de Natsume Sōseki es porque a veces se necesita que te muestren que no eres el único que lo está pasando mal y que el tuyo no es el primer corazón que se rompe en pedazos cuando las cosas no van tan bien desde hace ya un tiempo; por eso, en estas ocasiones, me parece hasta recomendable sumergirse en el mar de las palabras que te descubren mundos complejos, llenos de sentimientos extraños y de certezas imposibles que ponen en tela de juicio la moral y hasta lo que deja de ser correcto con un simple gesto.
«Kokoro» está lleno de eso. 
Desde la perspectiva de la primera persona se van entretejiendo relaciones plenamente humanas, algo que le da valor al libro, porque al final casi acaba siendo una especie de psicoanálisis que, si bien no cura las heridas, sí que las dota de una pátina que las mejora, dejando patente una perspectiva que desde la única convicción del desgarro del corazón es imposible de ver.
«Kokoro» me ha hecho recordar por qué las cosas son como son, me ha hecho llorar hasta que me han dolido los ojos y me ha hecho sonreír como solo se sonríe cuando ves que no todo está perdido, sino que el dolor físico que sientes al tener cercana la pérdida es una especie de transición hacia algo nuevo que quizá te estuviera esperando y no veías al estar cubierta por una cortina que tú misma has echado sobre ti; y, sobre todo, ha hecho que me acuerde de que los silencios pueden ser incluso más elocuentes que las palabras, de que, a veces, solo los silencios son los que llegan a alimentar el alma.
A pesar de que se ha convertido para mí en un libro precioso y de referencia que siempre va a estar conmigo no discuto que, a veces, un libro así puede ser un arma de doble filo, sobre todo si estás pasando un momento no demasiado bueno emocionalmente hablando, o si solo de pensar en unos ojos asoman las lágrimas a los tuyos, porque sabes que las miradas ya no van a ser iguales.
Quizá en otras circunstancias me habría parecido un libro denso, porque es innegable que la trama se desarrolla de una forma bastante lenta, pero, hoy por hoy, tal vez lo necesitaba y creo que no soy la única.
Vivimos tan deprisa que olvidamos los pequeños placeres que puede otorgar la calma, y quizá «Kokoro» sea precisamente un recordatorio de que no hay nada más transitorio, más prescindible que nosotros mismos.
Debo decir que me gusta mucho la meticulosidad de la literatura japonesa, supongo que porque me los imagino pasito a pasito, hilando cada cabo y construyendo un castillo de naipes sin precipitaciones, sin dejar nada al azar y dotándolo de esa primavera eterna que ocurre aunque sea invierno de una forma sensible y suave que, a mí, por lo menos, me hace pensar en las cosas de una forma más tranquila. Natsume Sōseki es, a mi parecer, uno de los genios de esta forma de escribir, en cada palabra se aprecia la puntada de interés, de exquisitez, y en un libro gusta encontrar este preciosismo, el arte por el arte más allá de las palabras.

8 de enero de 2020

Mansfield Park, Jane Austen


Admito que he comenzado el año un poco más... digamos, de una forma un poco más negra que de costumbre, y a las pruebas del libro que os traje la semana pasada me remito. Y quizá es porque mi ánimo no daba para otra cosa que para asesinatos, misterios y cosas que me hacen pensar en resolver puzles mentales, aunque luego haya dejado que las páginas me los resolvieran. 
Siempre es refrescante esa chispa que te hace activarte.
De todas maneras considero que ya me he dado el tiempo necesario para reaccionar —creo— y no me puedo permitir estar más días buscando algo que me anime, debo animarme yo misma. 
Así, para volver a mi estado natural levemente más despreocupado y definitivamente mucho más cariñoso me he lanzado a los brazos de mi adoradísima Jane Austen, porque en ocasiones así solo ella puede arrancarme, literariamente hablando, de mi abulia y hacerme soñar con mundos delicados en determinadas clases, encorsetados y tremendamente rígidos, soy incapaz de negarlo, pero en definitiva mundos donde el orden imperaba para cada uno de los ámbitos de la vida y en el que para ciertos sectores —puedo ser empalagosa pero ciega no estoy todavía, las preocupaciones de la clase social de la que escribía nuestra Austen no eran la del ciudadano de a pie— se desarrollaba la existencia con una placidez que asusta al común de los mortales. 
Fanny Price, la protagonista de esta novela que os traigo hoy, siempre me recordó a Jane Eyre en cierto modo, quien es para mí la heroína romántica por antonomasia, aunque otros discrepen, por sus vivencias. 
Ella es la hija de una familia acomodada venida a menos, pero la crían sus tíos ricos y sus primos la desprecian porque la consideran inferior al carecer de fortuna como ellos; sin embargo, esto no ocurre con todos, Edmund, que al ser siempre bueno con ella se convierte en su objeto de deseo, en el protagonista de un amor platónico que no es bien recibido porque Edmund únicamente la ve como la muchachita pobre que pertenece a su familia y, en fin, su amiga, la prima a la que contar todos sus desvelos amorosos sin saber que la está hiriendo porque ella le ama desde el primer día.
Y con la llegada de otras familias a Mansfield solo se va enredando la trama, creando historias en la mente de Fanny, que sueña con una especie de libertad reprimida y algo extraña en la que el centro de todo es su amor para con Edmund y que, al final, como buen castillo en el aire, acaba convirtiéndose en el sufrimiento del que da todo y no recibe nada pero que calla porque prefiere dar aunque así solo tenga condescendencia a cambio.
Es importante tener en cuenta que nos va a chirriar, como lectores actuales, este casi folletín lleno de pastel, de lazos, de empalagosismo y de sufrimiento por amor, algo a lo que, en general, no estamos dispuestos en esta sociedad actual.
Para disfrutarlo hay que situarse mentalmente en el contexto de la época y, a partir de ahí, dejarse llevar. Ahora recuerdo las palabras de una profesora de literatura al principio de la carrera, ella siempre nos decía que un libro, por ser de otra época, no tiene que ser necesariamente malo aunque no comulguemos con lo que expone, aunque no lleguemos a entenderlo; solo hay que pensar que está escrito en otro tiempo y que nosotros, como lectores, debemos intentar identificarnos con el, aunque solo sea un instante, y así empezaremos a entender las cuitas de nuestra pobre Fanny. 

3 de enero de 2020

El poder del perro, Don Winslow


Si la novela negra se combina con historias reales, historias con las que yo pueda documentarme para seguir "investigando" el asunto a mi manera —es que suelo quedarme con ganas de saber más, sobre todo si el libro me llena tantísimo como lo ha hecho este— ya puede considerarme ganada el autor, pero si encima está tan brutalmente bien escrita y plantea sin tapujos y sin miedo a las consecuencias cuáles son los problemas reales de algo tan crudo como las noticias de las terribles matanzas entre cárteles y entre nacrotraficantes en México es que me enamora. 
No me malinterpretéis, no soy una sádica aunque a veces pueda parecerlo, sino que es que el libro que os traigo hoy plantea de forma directa y clara la problemática de uno de los países más violentos del mundo, al menos así suele considerarse, un país que, paradójicamente, no está metido en ninguna guerra oficialmente declarada pero que, sin embargo, sigue viendo cómo sangran sus calles por causa de las drogas y su tráfico. 
Don Winslow ha utilizado un contexto literario en el que se produce un ataque más violento que de costumbre —y, desgraciadamente, hasta a masacres así nos estamos acostumbrando— y nos plantea la historia desde los informativos para crear una novela policíaca que, para mi gusto, es prácticamente redonda. 
El autor nos muestra la fina línea que divide el lujo del desenfreno, cómo a costa de perjudicar cientos, miles de vidas, muchos se enriquecen hasta límites obscenos y acaban guerreando entre sí para controlar este o aquel territorio que pertenece a un rival, quizá más feroz que el anterior, y toda esta descripción nos viene dada por un miembro de la DEA que, aunque es un personaje al uso en este tipo de obras, nos va introduciendo lentamente y bien agarrados de su mano en un entramado que desde el desconocimiento imaginamos brutal pero que desde dentro es aún más terrible. 
La verdad es que no me extraña que Winslow sea un autor polémico, tanto por obras como por declaraciones, pero lo cierto es que eso no hace sino añadir extras a un autor que, para mí, ya tiene muchos puntos ganados. Él escribe retazos de realidad incómoda, igual que incómodas son sus declaraciones, y no se oculta.
Por eso os digo que si sois especialmente receptivos a estas atrocidades, porque por mucho que las suelan maquillar no dejan de serlo, y acabáis dándole una oportunidad a esta fantástica novela intentéis buscar un momento en el que no os persiga ninguna tristeza, porque aunque os preparéis acabará revolviéndoos el estómago y os hará plantearos cualquier circunstancia que hayáis dado antes por sentada.