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14 de julio de 2020

La máscara de la Muerte Roja, Edgar Allan Poe

Hace tiempo que no os traigo un cuento, y creo que hace aún más que no os traigo uno de terror; así que mientras buscaba algo que leer, me topé hace unos días con este maravilloso cuento del maestro del terror gótico por excelencia, Edgar Allan Poe.
A pesar de que hoy en día estamos tan saturados y tan bombardeados con violencia y terror que cada vez se supera a sí mismo, este relato de mediados del siglo XIX sigue produciéndome inquietud cada vez que lo leo. 
No sé si se trata de la naturaleza humana que ante la enfermedad y la muerte sigue viéndose asaltada o si soy demasiado aprensiva; lo que no pongo en duda es la calidad de este cuento que, en sólo seis páginas, es capaz de conseguir su objetivo.
En una antigua región gobernada por el príncipe Próspero, que a semejanza de los príncipes de su tiempo —y creo que aún los de ahora— disfruta con copiosos banquetes, arte, música y los más diversos placeres, una devastadora peste, conocida como la Muerte Roja, destruye todo a su paso, dejando tras ella un reguero de muerte y destrucción. 
Tras conocer la terrible noticia, se encierra en su castillo con un selecto grupo de nobles para escapar de los efectos de esta enfermedad mientras la ciudad se sume en el más absoluto caos de devastación. Una noche, decide organizar el mejor baile de máscaras jamás llevado a cabo, en siete aposentos de su castillo, cada uno de un color con su vidriera del mismo exceptuando la negra, cuyas vidrieras son rojas como la sangre. Todos se pasean por todos los aposentos, excepto por la habitación negra, en la que un reloj marca fantasmagóricamente las horas, sumiendo a los invitados en el terror más absoluto; es entonces cuando el príncipe se fija en uno de los invitados, vestido de blanco con una máscara que representa a la Muerte Roja. Sintiéndose insultado, le persigue hasta la habitación negra, donde se revela como la personificación de esta enfermedad cruel y hace justicia.
Teniendo en cuenta la ambientación y la época en la que esta maravilla ve la luz, se aprecia que es una alegoría brutal y clara de la repercusión que tienen los vicios sobre la moral y la vida humana, pero también, como una suerte de justiciera, la Muerte Roja requiere lo que es suyo y estaba escrito, dejando claro que nadie es inmune a ella y que da igual el estrato o la ocultación; al fin y al cabo, se lleva a todos por igual sin importar el resto.
Ya lo decía Manrique, la muerte nos iguala a todos.

7 de abril de 2019

El gato negro, Edgar Allan Poe


Hace tiempo que, en cierto modo, mi mente divaga por páramos oscuros de los que parece no querer salir porque ya se ha acomodado, y reconozco que a veces tampoco quiero sacarla de ahí porque en ocasiones me compensa la fertilidad literaria con un poco de tormento existencial. 
La razón principal además de la aducida es que aunque me horade poco a poco estoy redescubriendo entre todos los libros que tengo, tanto digitales como físicos, viejos clásicos que de un modo u otro me impactaron profundamente, y eso me ayuda a traer viejas glorias a estos anaqueles virtuales que adoro profundamente y que estoy convencida de que vosotros también amáis. 
Y este relato que os traigo hoy —que también he elegido porque no sé por qué razón no suelo reseñar libros de terror, con lo que me gustan— es precisamente uno de los que recuerdo con mayor claridad por ser uno de los que más me obsesionó en una época tan crucial para una persona como es la adolescencia, una adolescencia en la que me inclinaba hacia lo gótico —arte, literatura, estética— como si fuese una fuente que debía alimentarme a mí y a mi espíritu. 
Siendo sincera, toda la obra de mi adorado Edgar Allan Poe es perturbadora; creo que esa palabra se asentó con él y con su bibliografía, pero quizá la profunda carga cultural que arrastran los gatos desde tiempos ignotos, tanto de fuentes beatíficas como de prácticas supersticiosas —ya sabéis, aquella que dice que si se cruza un gato negro en tu camino ocurrirán desgracias— o brujescas —tradicionalmente, y como sabréis, se ha relacionado al gato con demonios o con familiares, hecho que supuso que muchos de ellos dieran con sus pobres huesos en la hoguera junto con sus supuestas protegidas hechiceras y que propició la expansión de la Peste negra— es la que hace que el relato, si cabe, sea aún más inquietante.
Qué decir de Poe.
Qué decir de este relato.
Aún sigue pareciéndome increíble cómo las palabras son capaces de caracterizar tan bien la inquina del ser humano y de formar frases tan espeluznantes, como si fuesen retratos construidos con letras cuya función es la de inquietar.
Y es que realmente Poe no recurre a hechos especialmente sangrientos, si obviamos la muerte del pobre primer gato que es, a todas luces, deleznable, sino que construye con sus palabras una especie de laberinto terrorífico que atrapa al lector desde el primer momento, introduciéndole en el relato y convirtiendo su propia mente, nuestra propia mente, en el arma más mortífera, en nuestro más poderoso enemigo. 
Esto de sentirme controlada en cierto modo, por dejarme llevar de tal manera que noto que los vellos de la nuca se me erizan como si fuera yo la que padece lo que nuestro protagonista se ha buscado me produce sentimientos encontrados. 
Por una parte es una muestra de la excepcionalidad de Poe. Por otra me hace mirar a mi gato con mucho más cuidado, aunque os aseguro que está exquisitamente tratado.