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12 de junio de 2021

La naranja mecánica, Anthony Burgess

Hola, hola, mis queridos drugos. 
La verdad es que tenía intención de comentarlo más adelante, pero me apetecía traéroslo hoy. 
No es que yo haga apología de la violencia, ni que me guste especialmente, ni la justifico, ni nada por el estilo, pero esta novela con su excelente crítica a una sociedad corrupta y estúpida, y la fantástica muestra de estudio antropológico que se adivina a través de la misma al relacionar la pertenencia a un grupo determinado mediante la jerigonza y vestuario me cautivó. 
Debo reconocer que, en esta ocasión, vi primero la película, y que, sólo a través de ella, investigando, descubrí que se había inspirado en esta novela de Anthony Burgess. 
La novela nos cuenta en una visión futurista la historia de Alex y sus amigos, que tras ingerir leche con determinadas sustancias, se entregan a una sesión de ultraviolencia, como vienen haciendo desde hace tiempo. 
Tras salir del bar, se producen diferentes situaciones de violencia como peleas, palizas, muertes e intentos de violación, siendo la pelea más significativa la que establecen con la banda de Billyboy, su banda rival. 
Después se dirigen a una casa con un coche robado, donde atan y pegan al escritor que vive en ella y matan y violan a su mujer; siendo esta escena el epicentro de la novela. 
Los drugos discuten porque Lerdo había insultado a Beethoven, de quien Alex es acérrimo admirador, y urden un plan, donde, tras un ataque a una casa, Alex será capturado. En la cárcel, tras asesinar a un compañero, el Primer Ministro le visita, y le ofrece someterse al Método Ludovico. Aceptando, es llevado a un lugar donde tiene todas las comodidades que él desea, se le inyectan algunas drogas y se le pasan imágenes de ultraviolencia con música clásica, y la combinación de éstos le producen malestar si decide volver a las andadas, haciendo únicamente el bien. Por esto, es liberado de la cárcel. Cuando vuelve a casa todo ha cambiado, sus padres le han sustituído y, presa del dolor, acude a la biblioteca... donde, tras esta situación, le esperan sorpresas, no demasiado agradables, en cualquier caso. 
Al final, se reduce a la crítica de la sociedad en tanto que se utiliza a Alex como método propagandístico y electoral. 
Su curación se utiliza como un avance del gobierno para prevenir situaciones violentas y reducir drásticamente la delincuencia, del partido en el poder, y la reelección depende del éxito que este método pueda tener. 
Desde el inicio de la novela, comienza y acaba un círculo a modo de síntesis. 
Alex ha madurado y comprende que la ultraviolencia no tiene sentido, y decide que la mejor forma de establecer esa madurez es formar una familia y tener un hijo al que explicarle el camino que tomó y el que ha decidido seguir, una vez es un hombre maduro. 
Es una novela más que interesante, ya no sólo desde el punto de vista de crecimiento personal del protagonista, sino que, a mi parecer, es una forma de mostrar lo que nunca se debe hacer, lo que debería ser proscrito porque no es forma de vida. 

9 de marzo de 2021

No tengo boca y debo gritar, Harlan Ellison

Parece que cuando se acerca el buen tiempo es para mí la época de los Premios Hugo, teniendo en cuenta que con este es el tercer —si mal no recuerdo— elemento literario que ha sido galardonado con este premio de la ciencia ficción. 
No lo conocía, lo admito, fue un buen amigo, un apasionado del tema y de los videojuegos, el que me puso al tanto hace unos años de su existencia. 
También admito que fui posponiendo, y cuando lo leí, vi que había sido bastante a mi pesar, porque reconozco que, aunque quizá no sea igual que las obras de otros maestros del terror, Harlan Ellison ha conseguido que me estremezca pensando en el destino de los que protagonizan este relato de sólo catorce páginas. 
Es un futuro distópico, en el que un ordenador toma conciencia de sí mismo y conocedor de todas las cosas, decide provocar un holocausto nuclear que acabe con la humanidad, rescatando únicamente a cinco personas, una mujer y cinco hombres. 
Y no contento con haberles destruido, continúa su venganza, torturándoles y otorgándoles lo que a mi parecer es el peor don que puede dárseles en este contexto desolador, la inmortalidad, pero, lo que me resultó extraño, el suicidio les está concedido, pero no permitido, y precisamente contra el hecho de que lo lleven a cabo lucha AM, el ordenador rebelde. 
La desesperación toma partido y la humanidad vence a la lógica consiguiendo que uno de los habitantes mate a sus compañeros, poniendo fin a su sufrimiento y a la tortura, pero la venganza vuelve a girar la tuerca del dolor, convirtiéndole el ordenador cuando intenta suicidarse en una masa deforme incluso sin boca para impedir que se autolesione, que grite o que oponga resistencia, siendo la tortura mayor. 
Es de lo más violento que he leído últimamente, y lo único que en mucho tiempo ha hecho que la metaparanoia que a veces me asalta se alimente. 
Cuando lo acabé, reconozco que estuve parada bastante tiempo, intentando recomponer en mi mente los fragmentos del relato y tratando de buscarle una lógica coherente a los sucesos que cuenta. Parece mentira como en un cuento, a mi modo de ver, predecesor absoluto del cyberpunk más actual, se puede concentrar tanto odio, tanta venganza y tanta muerte. 
No sé si es idóneo para estas tardes que, al hilo del relato, va acercándose el calor, pero sí sé que es fantástico para queramos pasar un poco de miedo, del sano. 
Yo no sé vosotros, pero yo, desde entonces, intento mirar con otros ojos a mi ordenador.

19 de octubre de 2020

El castillo, Franz Kafka


Este checo me puede. Y el género de este libro aún más.
No sé si os habéis fijado en que el libro que decidimos leer depende de nuestro estado de ánimo, a mí, por lo menos, me pasa. Y cuando estoy más triste me da por echarle mano a obras repletas de símbolos, de oscuridad, de complejidad, y hace un par de días no es que fuese yo precisamente unas castañuelas.
Así que, rebuscando entre la estantería que tengo más cerca, el único que cumplía con estas características era el libro que os traigo hoy, una obra inconclusa de Kafka que, personalmente, y aun después de haber leído «La metamorfosis», me sorprendió la primera vez que me perdí entre sus páginas.
K. es nuestro protagonista. Un agrimensor que acude a un pueblito, una aldea, contratado por los propietarios del pueblo, que viven en un castillo. Y todo parece controlado por este castillo, desde los permisos para alojarse en una posada del pueblo como hasta el más nimio detalle, y K. tiene que ir descubriendo en esos seis días las motivaciones, los usos y el motivo de la presión y del control que parece ejercer el castillo sobre los habitantes de la aldea, algo que no parece sano, sino que torna en una atmósfera opresiva de la que acaba el lector siendo parte.
Desde luego, tiene múltiples lecturas. 
En un primer recorrido, caemos en la cuenta del camino que tiene que superar K. para finalmente trabajar como lo que le han contratado; sin embargo, paralelamente se advierte la crítica hacia el férreo control que ejerce el castillo sobre los habitantes, equiparándolo desde un punto de vista claramente metafórico al Estado o, tal vez, a la religión.
Me gusta la diversidad de interpretaciones que se le puede dar a esta obra, que, como casi todas las suyas me atrevería a decir, gira en torno a la alegoría más dura, más brutal.
Creo que es imposible hacer un análisis del libro en el sentido de que lo que yo puedo interpretar viene delimitado y condicionado por mis circunstancias personales, por mis ideas —tanto políticas como sociales, etcétera— y por lo que ya he leído antes, tanto de él, como de otros autores, como del propio tema del simbolismo y de la metáfora, aunque está claro que hay unos temas evidentes que no se pueden obviar de la concepción que yo, o vosotros, mis queridos lectores, pueda llegar a adquirir de la obra. Y puede que sea esto lo que me guste más. 
La diversidad de opiniones abre un debate bastante interesante, y, lo más importante, nadie tiene la verdad absoluta. Sólo a través de este hipotético debate en, por ejemplo, un club de lectura, se podría llegar a acariciar el fin último de la novela y su significado, y me parece bastante agradable que la linealidad se diluya para dar paso a múltiples lecturas e ideas, porque de libros sosos están los anaqueles llenos.

29 de marzo de 2020

Leyes de mercado, Richard Morgan


En un tiempo de capitalismo salvaje como el que vivimos, más nos valdría echar el freno, recapacitar y plantearnos si realmente esto que tenemos es lo que queremos, aunque puedo asegurar que sí que es lo que nos merecemos, por años de consumismo  descontrolado que nos han llevado a lo que ahora tenemos, aunque admito que no es nuevo, ya lo decía el grandísimo Quevedo: "Poderoso caballero es Don Dinero".
Y, para que conste, no me excluyo de esta espiral autodestructiva que nos hemos impuesto con nuestras acciones.
Richard Morgan nos ilustra acerca de lo que puede llegar a ser este mundo si no ponemos interés en ver el mundo de otra manera, sabiendo que otros métodos son igual de prósperos, válidos y posibles.
Estamos en el futuro, un futuro no tan lejano. Es una época también de recesión, donde los totalitarismos han aflorado —algo propio de tiempos de crisis—, y, al final, la supervivencia como leitmotiv.
Hay empresas que se dedican al todo por el todo, a invertir en conflictos en el tercer mundo que es más paupérrimo si cabe, en drogas, en asesinatos, inversión en riesgos lo llaman, a cambio de una importante parte del PIB del país de turno, las autopistas están privatizadas completamente, y es allí donde se desarrolla parte de la acción y donde nos ubica, por cierto, la fantástica portada; en las autopistas se produce el darwinismo socioeconómico más aterrador, los trabajadores de estas empresas de inversión, los zektivs deben luchar en ellas coche contra coche, el que mata, gana, y puede trabajar. 
Ya no es la supervivencia del más apto, sino que va más allá, la aptitud no es la fortaleza, es la astucia combinada con ella. Y ya no importa ni la vida ni la muerte, sino la corrupción del término «desarrollo» y los beneficios que se pueda obtener de él.
Al margen de toda política me ha fascinado la forma en la que ha sido escrita. 
Es dura, ultraviolenta, sádica por momentos en la forma en que nos presenta el futuro, desesperanzada, y a la vez perfecta.
Creo que con otro tono no habría sido mejor novela y, partiendo de sus premisas, habría sido imposible desarrollarla como se ha desarrollado en un entorno mucho más "azucarado", por decirlo de alguna manera. Y, volviendo a ella, lo cierto es que me parece una hipótesis válida. Es más, me resulta casi profético, al paso que vamos, y aunque parezca un poco pesimista o agorera, creo que, a la larga, es más que posible que acabemos en una sociedad así, si bien no de forma tan drástica, sí que creo que nos daremos cuenta cuando hayamos estirado tanto la cuerda que acabe partiéndose bajo nuestras narices. 

13 de marzo de 2020

Metro 2033, Dmitry Glukhovsky


Si bien es habitual que haya adaptaciones literarias de cara al cine, es menos frecuente —o por lo menos lo he encontrado en menos ocasiones— que un libro se adapte a un videojuego. Y sí, conocí el juego antes que el libro, y creo recordar que hasta jugué un rato.
Los caminos de los devoralibros son insondables.
Dmitry Glukhovsky nos sitúa en un futuro apocalíptico en el que ha habido una cruel guerra atómica que ha obligado a la escasa población superviviente a abandonar la superficie y habitar los subterráneos, creando una nueva civilización en las redes de metro; gran parte del mundo ha quedado sepultada bajo toda clase de escombros y residuos provenientes de esta guerra.
Moscú es ahora una ciudad fantasma, y bajo ella crece toda una serie de ciudades en cada estación de metro, cada una con su propia ideología, su política y sus peligros, cada una de ella es un reflejo de la propia humanidad, inconstante y peligrosa para sí misma, no sólo por las amenazas de los mutantes de la superficie, sino por las amenazas entre ciudades, que no son sino facetas de nosotros mismos.
En este ambiente, Artyom es un joven soldado al que se le encomienda la misión liberadora de encontrar la Polis, que tal vez sólo exista en las leyendas y que puede que sólo sea un mito, para advertirles de todo el mal que les puede afectar si no están prevenidos.
Me gusta porque me parece original el planteamiento y la forma de radiografiar al colectivo de la humanidad a través de estas ciudades que crea.
A pesar de que lo postapocalíptico está a la orden del día con tantas y tantas profecías que señalan el fin del mundo para dentro de nada y, cómo no, este tema surge en la literatura con profusión, alimentando un género y un morbo inherente al ser humano —qué le haremos, me parece que, en esencia, todos tenemos cierto punto de masoquistas—, el tema de dónde se crea la civilización nueva, cómo se crea y los detalles hacen que me parezca un libro en el que uno se puede deleitar con tranquilidad, tal vez de noche, en una cama, haciéndole un pulso al sueño. 
Es una distopía deliciosa, un libro para "paladear", para disfrutar en todos los sentidos. A mí me parece toda una revelación.

22 de febrero de 2020

La larga marcha, Stephen King



Publicado originalmente bajo el pseudónimo de Richard Bachman, Stephen King explora otro aspecto del terror, en este caso, más bien con tintes distópicos, para acercarnos esta vez al futuro más sórdido.
En el futuro, como os comentaba, las cosas no son en apariencia tan bonitas como se supone que son.
Estados Unidos ahora es abiertamente autocrático y despótico, ya no necesita disimular ante las demás potencias.
Es un estado policial y ultraconservador que organiza periódicamente un concurso perverso consistente en una caminata, la larga marcha, en la que se selecciona por azar a cien personas y estas deberán hacer lo que sea por sobrevivir.
En el caso del ganador, es decir, del superviviente, ya que sólo uno puede quedar vivo, recibirá premios, fama y todo lo que pida, pero para convertirse en el vencedor tendrá que dejar de lado la humanidad y hacer cualquier cosa aunque choque de frente con su ética y su moral, ya que, en esa larga marcha, todos van contra todos, convirtiéndoles en depredadores en la victoria del más astuto sobre el más fuerte, ya que aunque se van haciendo grupos, están vigilados por unos militares que aunque tienen entre sus motivaciones principales dar comida y agua a los participantes, también se ocupan de "liberar" a quienes intentan hacer algo no permitido o se quedan rezagados.
En este contexto, nuestro protagonista, Ray, un chico de 17 años elegido entre estas cien personas que deberán llevar a cabo la caminata, y con las conversaciones que entabla, las amistades y enemistades que crea a lo largo de la marcha, hace entrever que las cosas no siempre fueron así, que no se sabe exactamente quién instauró este sádico concurso y deja claro que todo lo considerado democrático se ha perdido a manos de un Líder, una especie de Gran Hermano orwelliano.
Obviamente, acercándolo así a la cultura actual estadounidense, el concurso está retransmitido por televisión y es, de hecho, uno de los grandes hitos de la misma. El espectáculo no es quien llega al final, porque sólo se lleva la vida y los premios conseguidos. El espectáculo real es contemplar la muerte de los otros noventa y nueve.
A pesar de que el amigo que me lo recomendó lo hizo para que profundizara más en la bibliografía de King, ya que, aunque me gusta, reconozco que no he devorado toda su obra, algo que, por ejemplo, sí me ha pasado con otros autores; me dijo que no daba especial miedo y que lo podía leer de noche, siendo las únicas horas en las que puedo leer con cierta concentración últimamente, pero lo cierto es que sí que hubo momentos en los que tuve que apartar la vista del libro, porque, la verdad, soy bastante aprensiva en lo que se refiere a estos temas.
A veces me cuesta imaginarme a King en estos derroteros distópicos —bajo mi opinión— y me ha resultado agradable saber que la imaginación de este hombre sigue siendo tan prolífica como siempre, y que, aun en sus inicios, como se trata de este libro, ya era retorcido hasta decir basta y capaz de hacer temblar hasta al más firme en las convicciones de resistencia.

13 de diciembre de 2019

El señor de las moscas, William Golding

Hoy no sé por qué me he levantado con este libro en la cabeza. 
Bueno, sí lo sé. 
Además de ser una de mis distopías favoritas creo que es uno de los sueños que casi todos hemos tenido de niños: una vida sin adultos —al menos influyendo directamente— y el gobierno de nosotros mismos. 
Tan inquietante y soñada es que se han hecho diferentes adaptaciones y la primera que me viene a la cabeza es la que se hizo en uno de los episodios de los irreverentes Simpson. 
He descubierto en parte el argumento, pero aun así me permitiré dirigir unas preguntas a vosotros: ¿Qué pasaría si volvieseis a ser niños y si, siéndolo, os encontrarais tras un accidente de avión solos en una isla sin más mandato que el vuestro? ¿sería muy diferente a cómo lo afrontaríais siendo adultos? ¿con qué etapa desempeñaríais una actuación más eficiente?
Quizá fue esto lo que se plantease William Golding en el tiempo en el que este género era el rey entre todos los demás, y por el que se dejó llevar por los pensamientos para llegar a elucubrar esta fantástica novela distópica. 
Como os he mencionado, tras un accidente de avión en la guerra y sin adultos a quien obedecer, o más bien, que se hagan obedecer, son unos niños los que tienen que sobrevivir en un terreno inhóspito con las rencillas irremediables que surgen entre los grupos que controlan el poder y los que lo ansían.
Sin adultos las obligaciones parecen desaparecer y comienzan las desavenencias y las desatenciones, hechos que en un entorno normal no supondrían mayor problema pero que, en el momento en que lo que cuenta es sobrevivir, resulta desencadenante de disturbios y trifulcas, llegando incluso a guerras —mínimas, claro— entre ellos hasta el punto de tomarse prisioneros. Y lo curioso es que cuando son rescatados no supone en ellos el contento que debería haber sido encontrarse salvados y liberados de los peligros. 
Cuando leía esta novela no leía que un grupo de niños se encontraba perdido y formaban una minicivilización que poco a poco se hacía con todo lo malo de la que habían dejado atrás, leía el reflejo de la humanidad, producto de su educación y de sus circunstancias, que se aferra a la vida al precio que sea y que ansía el poder por encima de todas las cosas, más aún cuando está derivado de un vacío legal —los adultos, en este caso— que obligue a acatar las normas para autolimitarse.
No sé dónde leí algo parecido, que las leyes las habíamos creado nosotros para controlarnos a nosotros mismos, no para beneficiar a los demás, conocedores de los niveles de crueldad a los que podemos llegar sin ellas. 
Después de haber leído esta novela por enésima vez llegué a la conclusión de que quizá era cierto y que la civilización es un fantasma que nosotros mismos hemos creado para aterrorizarnos y no alcanzar el potencial destructor que podríamos alcanzar de no tenerla sobre nuestro cuello cada día, a cada momento. 

25 de septiembre de 2018

Ready player one, Ernest Cline


Este libro llegó a mí de una forma bastante peculiar. Fue el regalo de cumpleaños de alguien que hoy es amigo mío y la verdad es que fue un poco a la aventura, si bien creo que acerté y para mí fue el descubrimiento del año.
Reconozco que puedo ser un poco predecible en cuanto a regalos se refiere, la mayoría de las veces suele haber un libro de por medio, sobre todo si sé que se trata de personas receptivas a la lectura y este fue uno de esos casos. En momentos así acudo a mi librería de referencia en la que me siento como en casa —en serio— y normalmente es la misma entrada la que ya me ilumina. 
Como me suele pasar se me fueron los ojos hacia él, y la verdad es que en ese momento iba sin saber con cuál me iba a quedar. Quería acertar en ese regalo en concreto. Cuando lo vi no necesité buscar más, este libro de Ernest Cline, del que reconozco que lo que primero me enamoró fue la portada y después la sinopsis, era el idóneo para la persona a quien se lo regalé. 
Estamos en un futuro distópico en el que la vida de la gente se desarrolla principalmente en un juego de realidad virtual, OASIS, casi como si de un Second Life se tratara. Ahí la gente trabaja, va al colegio y, sobre todo, se divierte, ya que como si fuese solo un juego de rol, los avatares, los personajes en los que se mueven y viven los habitantes, pueden subir de nivel, y debido a estas subidas conseguir mejoras, ya sea en vestimentas o incluso en dinero virtual.
La sociedad, por qué no decirlo, se ha ido al traste. Debido al cambio climático tan bestial, la carencia de petróleo y la crisis social en la que se han hundido, la gente huye, y la forma de huir es sumergirse en OASIS, un mundo creado con la ayuda de Ogden Morrow por James Halliday, geek al uso, que en su madurez ve cómo los valores de su juventud, la cual vivió en los ochenta, se han perdido horriblemente y deja como testamento un reto a sus jugadores-habitantes: encontrar un huevo de pascua que esconde un tesoro en este mundo virtual. Este tesoro consiste en encontrar tres llaves y tres puertas que conducen a la herencia del creador y, se sobreentiende, al control OASIS al completo. 
Al principio, naturalmente, todo el mundo se desespera por encontrarlas, casi como si de una Excalibur moderna se tratase, y poco a poco ante la falta de resultados la búsqueda va decayendo hasta que un día, de súbito y casi por casualidad, nuestro protagonista Wade, bajo el nick de Parzival —muy propio, ¿verdad?— encuentra el camino a la primera llave. Y como todo protagonista debe tener su antagonista hacen acto de presencia los sixers, esbirros de IOI, una compañía que busca privatizar el juego y obtener beneficios de él. 
La verdad es que no solo me ha maravillado el contenido, sino lo que yo he interpretado como intertextualidad. En los pequeños detalles de la novela se advierten momentos que te recuerdan a otras obras del género como puede ser la incombustible «1984», que, por desgracia, es cada vez un retrato más fidedigno de la realidad que nos está tocando vivir, «El juego de Ender» e, incluso, «Charlie y la fábrica de chocolate» entre otros muchos clásicos. Eso, a mi parecer, enriquece la novela con detalles que no necesariamente se advierten en una primera lectura e invita a la relectura.
El bastión fuerte de la novela es sin duda que juega con la nostalgia, está claro.
A mí me pilló un poco tarde, pero a quien se haya criado en esta década de los ochenta, tan fantástica y tan llena de innovaciones y de cambios estoy segura de que se le removerá dentro todo un terremoto de sentimientos. No solo por el ambiente, que aunque desarrollado en el futuro bien parece sacado de esta época, sino por el magnífico repaso que hace a toda la cultura musical, fílmica, social y de videojuegos que nos trajeron los ochenta. Estoy segura de que si habéis crecido en esta espiral os va a encantar tanto como a mí, y eso que yo ya solo viví retazos. 
Lo único que os pido si decidís leérosla es que os desliguéis absolutamente de la película, esta, desgraciadamente, no tiene nada que ver. 

17 de septiembre de 2018

Watchmen, Alan Moore y Dave Gibbons


No sé si es que últimamente estoy más pesimista de lo normal, que puede ser, pero cada vez tengo más claro que esto acabará mal, pero no mal de algo ligero que se pueda arreglar, no, mal de hecatombe apocalíptica de acabar todos muertos.
Y mientras tanto y locuras agoreras aparte, y muy en relación con la ucronía en la que se desarrolla, he decidido volver a traeros una novela gráfica que, personalmente, me encanta. 
Alan Moore haciendo un dueto inestimable con Dave Gibbons en lo que se refiere a ilustraciones vuelve a tocar la llaga de una sociedad zaherida para hacernos ver adónde podemos llegar si no se detiene este frenesí de poder y ansia capitalista que, como todo en esta vida, en exceso es terriblemente pernicioso para todo y para todos. 
Es con esta base que se desarrolla una historia de superhéroes que se alejan del uso habitual, puesto que técnicamente no tienen poderes que los saquen de lo normal si obviamos el caso del Doctor Manhattan, que obtuvo los suyos debido a una exposición a la radiación, y solo son gente muy entrenada y vestida con vistosos trajes que se adecuan a su personalidad para luchar por su país en un tiempo convulso.
Estamos en un 1985 alternativo, si bien en la obra encontramos un repaso desde la creación de este cuerpo de héroes hasta la actualidad propuesta.
Frente al transcurso normal de la historia en esta realidad alternativa Estados Unidos ha ganado la Guerra de Vietnam, y lo que supuso un revulsivo social para apartarse —en cierta medida— de conflictos armados durante un tiempo se ha convertido en la gran victoria americana, la que permite que su camino hacia el capitalismo típicamente conservador estadounidense sea imparable. 
Al principio, y debido al éxito de la guerra por su mano, estos superhéroes son socialmente aceptados, sin embargo, conforme pasa el tiempo y la sociedad se va degradando más y más, dejan de ser las estrellas para ser considerados una carga y hasta se les persigue, considerándose a ellos y a sus métodos ilegales.
Algunos continúan con su quehacer en la sombra, otros aprovechan ese tirón mediático inherente a la popularidad, otros prefieren asumir su recuperado anonimato, y todos se unirán para protagonizar esta historia que llega a nuestras manos en forma de novela gráfica. 
Huelga decir que el planteamiento es impecable y que en cierto modo podemos extrapolar esta historia que nos ocupa a la nuestra.
Bajo la frase "¿quién vigila al vigilante?" encontramos ya una bofetada de realidad importante, y más con los tiempos que corren y lo que estamos empezando a acostumbrarnos —si es que no lo estamos ya— a ver y oír en nuestros televisores y radios, y junto con ella la psicología de los personajes, que fácilmente se pueden identificar con cualquiera.
La verdad es que toda la obra en sí es un golpe a lo establecido, a lo que por predisposición —de cualquier tipo— estamos acostumbrados a aceptar.
Personalmente, aunque es una obra dura en ese sentido, me gusta precisamente por eso, porque ofrece la otra cara de la moneda, una nueva impresión de algo que pretendemos controlar y nos muestra que quizá lo que tenemos o tendremos no es tan bonito como quieren hacernos ver. 

6 de julio de 2018

El cuento de la criada, Margaret Atwood


No os engaño si os digo que este es el libro que peor cuerpo me ha dejado en mucho tiempo, ya sea por ser mujer y por la forma en que se tratan en esta distopía de Margaret Atwood que hoy nos ocupa, ya sea porque de alguna manera el grueso de los hechos que en este libro se narran se suceden en muchas partes del mundo y amenazan con suceder en otras. 
Estamos en Gilead, un estado teocrático nacido de unos supuestos ataques de terrorismo islamista en los antiguos Estados Unidos. Debido a estos ataques se instaura un gobierno ultrarreligioso y autoritario que disminuye los derechos sociales y las libertades individuales, especialmente los de las mujeres que directamente se suprimen. Entre otras cosas y salvo servidumbre, se les prohíbe específicamente trabajar y tener cualquier cosa a su cargo, su trabajo es el de ser madres y esposas y si han incurrido en cualquier "pecado" —ser lesbiana, ser la segunda esposa y por tanto ser considerada adúltera, etc. — se las fuerza a ser criadas, su único cometido es el de gestar a los hijos de los altos cargos que las violan cada mes en algo llamado "la ceremonia" en las que las esposas de los comandantes deben sujetarlas siguiendo las Escrituras. Cada jerarquía femenina está identificada con los colores que deben vestir, las criadas llevan una toca blanca que les cubre el rostro —porque nadie salvo su comandante puede fijarse en ellas— y un vestido rojo que las muestra como mujeres fértiles y dignas de honra, en su perversa visión del mundo, puesto que en ellas reside la esperanza de la vida y del futuro de Gilead.
Las criadas pierden su nombre y se las llama por el nombre de su comandante, el comandante Waterford, precedido de la preposición de, no son más que propiedades con la función de procrear. Nuestra protagonista se llama June, pero se refieren a ella como Defred, Offred en el inglés original. 
Atwood utiliza los flashbacks y la noche para contraponer la vida anterior de June, con las libertades propias de una sociedad civilizada y avanzada, con su marido y su hija, y el día donde se debe someter a los deseos de la esposa de su comandante, Serena Joy, ultraconservadora y frustrada por su esterilidad y en cierto modo envidiosa de la posición de Defred porque ella sí es fértil y su marido la tiene en cierta estima a pesar de las aberraciones que esta sufre. 
A pesar de las barbaridades que la novela narra el trasfondo es claramente revelador. Incita a una rebelión no necesariamente silenciosa porque advierte de forma visionaria —recordemos que se escribió en 1985— adónde podría llegarse en caso de seguir cediendo en derechos y libertades por una supuesta seguridad. El fantasma de la novela llega a todos los ámbitos, no solo al femenino, aunque las mujeres seamos las más perjudicadas en el futuro que ofrecen sus páginas. 
Si por algo se ha hecho archifamosa esta novela es por la serie de igual nombre que está actualmente en emisión, y la crudeza que transmite es indecible. 
El libro es, tal vez, más aséptico, pues cada lector imagina Gilead de una manera diferente, más o menos grave de acuerdo a su forma de ser y de entender el mundo, pero la serie es la realización de toda esa cruel distopía y nos la pone delante sin dar lugar a la interpretación. Desde luego cabe, es indiscutible, pero entender algo diferente es más complicado. 
No dejemos que nos pase, en nuestra mano está ser capaces de ver más allá de todas las manipulaciones posibles y no permitir que algo tan horrible se instaure con la normalidad del silencio.

16 de junio de 2018

V de Vendetta, Alan Moore y David Lloyd


Podría decirse que soy una mujer de obsesiones. 
Bueno, qué diablos, no me voy a quitar méritos, soy una mujer bastante obsesiva con según qué cosas.
Sé que no tiene por qué ser bueno, pero tampoco necesariamente malo, y a mí, de momento, me satisface razonablemente. De esta manera y siguiendo el dicho popular que reza "si algo funciona, no lo toques" mientras no me afecte demasiado en mi vida cotidiana pienso seguir llevando a cabo mis pequeñas manías que, en fin, no sé si me proporcionan suerte o tranquilidad o una mezcla inefable de ambas. 
Esta obsesión en concreto tuvo su inicio cuando empecé la carrera y consiste en que la noche anterior a comenzar las semanas de exámenes siempre veo "V de Vendetta". Es una especie de desconexión que me permito y que hace que ya me sepa prácticamente de memoria casi todos los diálogos de la película, tan fantásticamente protagonizada por Hugo Weaving —¿quién no recuerda al Agente Smith de Matrix o a Cráneo Rojo en el Universo Marvel?— y por Natalie Portman. 
Me gusta mucho, me gusta el tema, los actos y disfruto como una niña con la banda sonora y fue la película lo primero que llegó a mí.
Un tiempo más tarde supe que era la adaptación de una novela gráfica, esta que nos ocupa hoy, escrita por Alan Moore e ilustrada por David Lloyd, y digo adaptación porque aunque capta la esencia del cómic obviamente no es una reproducción fidedigna, algo que, sin embargo, sí que ocurre con otra novela gráfica que os traeré dentro de un tiempo y que, igualmente, me fascina, tanto el original como la adaptación cinematográfica, "Watchmen". 
Así que esta es mi decisión de hoy, traeros esta obra —a mi parecer prácticamente maestra— del cómic que considero ineludible en cualquier anaquel.
Estamos en unos años en el futuro, ha habido una guerra nuclear a escala mundial y ahora Inglaterra está bajo el control totalitario del partido Fuego Nórdico, un partido de ultraderecha liderado por el Líder Susan. La gente ha cedido su libertad y hasta su vida para "protegerlos" de un peligro ideado precisamente por los ideólogos del régimen, que los crea en las mentes de los ciudadanos para seguir ostentando el poder. A cambio reprime en campos de concentración y experimenta con judíos, homosexuales, musulmanes e izquierdistas, pero todos callan, todos salvo uno, V, un misterioso enmascarado con la faz de Guy Fawkes. Con la ayuda de Evey Hammond, encontrada prácticamente por casualidad y salvada de los Dedos del partido, le dará a la gente algo por lo que luchar y en lo que creer, un camino inevitable de vuelta hacia la democracia.
Creo que una de las cosas que más curiosas me resultó de la adaptación fue precisamente el papel que interpreta John Hurt, actor que tristemente nos dejó hace relativamente poco. Y la causa de que me pareciera curioso y hasta divertido es que en esta película interpretara al opresor mientras que en otra memorable adaptación, en este caso de 1984, obra que os traeré con el tiempo, interpretara al oprimido, al siempre interesante Winston Smith. 

9 de junio de 2018

Solaris, Stanisław Lem


Hacía tiempo que me apetecía retomar la ciencia ficción en tanto que es un género que me fascina y que suelo consumir a menudo, y qué mejor manera de hacerlo que de la mano de Stanisław Lem, máximo exponente de una generación en la que lo satírico y lo filosófico daban luz a novelas tan maravillosas como es esta que os traigo hoy. 
Me parece genial el punto de vista desde el que se refleja este texto, porque se enfoca directamente desde el protagonista. Esto consigue que tenga la cualidad de omnisciente, algo que en lo personal me encanta en la literatura porque me hace sentir como una especie de titiritera que mueve a la vez los personajes.
Ya sea porque soy una maniática a la que le gusta tener todo bien agarrado y estructurado, ya porque otorga unos puntos de vista que un narrador no omnisciente no podría tener de ninguna de las formas, lo cierto es que desde las primeras páginas del primer capítulo me enamoré de esta novela. Me parece destacable para bien el detalle y el detenimiento de las descripciones, siendo para mí uno de los puntos fuertes de la novela. 
El planteamiento, pensaréis, poco tiene de ajeno en las novelas de ciencia ficción de la época. 
Lem nos lleva a una realidad en la que la humanidad intenta establecer contacto con un ente alienígena, personificado, si se puede decir así, en forma de océano. Este océano es, aparte de una forma de vida en sí, receptáculo de de muchas otras sustancias y que se presupone inteligente y vivo en un principio. Cuando la forma de contacto comienza a ser agresiva comienzan a sucederse circunstancias imprevistas: el océano es más inteligente que la tripulación que lo estudia y lo utiliza en su contra, extrayendo información de ellos. De esta manera Lem nos permite un viaje a la mente humana y sus características, al conocimiento en sí mismo y a las relaciones afectivas que podemos crear en cualquiera de los niveles.
Me reitero en que, además de lo previsor o visionario que pudo resultar Lem a la hora de reflejar estos contactos, anteriores a los que se intentaron con la sonda Voyager y la propia exploración extraterrestre, el punto fuerte de la novela es la descripción minuciosa y detallada de los seres y del mismo espacio que los rodea y que se pretende contactar. Milimétricas y destallistas, son estas descripciones las que hacen Solaris perfecta para adaptarla en cualquier medio, algo que se hizo en dos ocasiones con diferentes resultados. Me resulta maravilloso el modo en que acerca la psicología de los personajes y del propio ente a la realidad, acariciando con ello el abrazo de estas dos realidades, literaria y fantástica. 
Creo que tanto si sois fanáticos de la ciencia ficción como si no os gustará, y si es el último caso, os introducirá en una espiral deliciosa de fantasía y posibilidades que cada vez parecen estar más y más cerca. 

30 de mayo de 2018

El jinete de la onda de shock, John Brunner


No sé si sabéis que soy un poco dramática y que me gustan los libros que me hacen "sufrir", entendido en el sentido de ponerme en tensión, sorprenderme y disfrutar de esa adrenalina que se agolpa conforme voy leyendo más y más páginas.
También disfruto especialmente con esas obras que se adelantan a su tiempo y parecen prevenir a los lectores de una época futura que se antoja extraña, como si el autor fuera una especie de profeta o visionario y para mi gusto particular John Brunner es uno de ellos. 
Nos encontramos en el año 2010 —para nosotros cercano en el tiempo, pero en el momento en que se escribió, 1975, aún estaba lejos y la imaginación se disparaba acerca de lo que podía pasar en ese futuro aún ignoto—, donde una red informática abarca todo Estados Unidos pero que, en contra de las ventajas que se podrían presuponer derivadas de este acceso a la información, la sociedad se consume, con un código basta para intentar encontrar algo a lo que agarrarse, pero es de todas formas imposible. 
Se ha vuelto al primitivismo en el sentido peyorativo de la palabra contra lo que se podría suponer en este entorno futurista y en apariencia halagüeño, y en este marco hostil surge un informático, nuestro protagonista, reclutado por el gobierno en un plan de sobredotación intelectual que no es nunca quien dice ser, o que puede ser nadie, y que trata de desmontar esta red que reduce a la sociedad a poco menos que ineptos sin causa y sin ninguna motivación.
Como veis hoy os traigo un fantástico hijo del cyberpunk más duro que me fascina.
Se me queda corto este espacio para recomendaros todas las obras de Brunner. Cada cual es mejor que la anterior y lo cierto es que consigue innovar aunque el tema, claro está, esté relacionado entre sí. Os iré trayendo poco a poco más obras suyas para que las disfrutéis tanto como lo hago yo.
Si he elegido este clásico de las distopías es porque a veces me da por filosofar y me parece un preludio bastante aterrador de lo que podría venir con el tiempo.
Está claro que no hay que ser alarmista, lo que sea que elijamos acabará siendo, pero me resulta curioso cómo se puede tergiversar algo tan útil —pero que seamos sinceros, consume el tiempo que antes pasábamos, por ejemplo, buscando información que ahora tenemos a golpe de clic con mil ediciones complementarias que refutan cualquier cosa que buscáramos— hasta convertirlo en una especie de Gran Hermano, en el detonante de lo peor que puede haber en nosotros mismos.
Uno de mis mejores amigos dice que la información es poder, está claro que sí, el problema es en qué manos cae ese poder y cómo puede llegar a usarlo.