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14 de junio de 2020

Malpertuis, Jean Ray

Hacía tiempo que venía pensando en este libro, supongo que fue Malpertuis, que me encontró a mí y fue inútil escapar de ella.
Creo que, al margen de mi aprensión que puede llegar a ser legendaria, tengo un puntito de masoquista que me arrastra —y yo me dejo— hacia el terror, ya sea en forma literaria o cinematográfica.
Tengo muchísimos documentos del género, incluso programas de radio grabados con esta temática, y aunque siento un estremecimiento bastante importante cuando me sumerjo en este mundo, me gusta.
Y un día, no recuerdo exactamente cuando, vi esta portada en una vieja estantería de una librería que no visito desde hace tiempo y me quedé parada delante mirándola. No sólo por el título, que evocaba cierto misterio ya per se, sino por que me recordó a Poe y a la Casa Usher, no sé por qué. 
En ese momento no pude llevármelo, pero sí que tuve la oportunidad de leerlo en el ordenador, y ni que decir tiene que me fascinó.
Es oscura, agobiante, macabra. Recupera lo mejor del género gótico sin lugar a dudas, y precisamente ahí radica su genialidad.
Consigue convertir el libro en una ventana a la terrorífica mansión y al lector en uno de los que la rondan, inquietando a cualquiera que ose pasar sus páginas y dejarse acariciar por ellas.
Un poderoso hechicero que agoniza ha conseguido encerrar a los dioses en cuerpos de seres humanos, de ciudadanos de los que, tal vez, nadie espere nada porque no destacan por nada, siendo perfecto este encierro. En el relato, la mansión agobiante donde vive, se nos explica el proceso de encierro, las peripecias de este malvado brujo y los cambios que se producen en las personas que le rodean a su muerte.
La verdad es que no me esperaba algo así en estos días.
Siempre pensé que el terror gótico había llegado a su cénit bajo el auspicio del opio de la época victoriana y la pluma de Poe, pero Ray me abrió los ojos, y a pesar de que el libro en cuestión ya tiene ciertos añitos —no en vano se publicó en 1943—, no deja de ser una obra maestra del terror que debería estar en vuestra mesilla de noche si sois apasionados de este género.

18 de diciembre de 2019

Frankenstein, Mary Shelley

«Frankenstein o el moderno Prometeo».
Ya solo el título arrastra unas connotaciones mitológicas deliciosas en la figura del, en mi opinión, primer filántropo de la historia, el que roba el fuego de los dioses para dárselo a los humanos, Prometeo. 
Iluminador, ¿eh?
Creo que por eso me gusta, pullas aparte, porque representa mucho más que la relación con la divinidad, sino que es protagonista el propio chispazo de electricidad que da vida al «monstruo» —y lo entrecomillo porque, ¿quién es el monstruo en realidad? ¿es monstruo tras el rechazo de la humanidad y de su creador o lo es desde antes?— del que trata esta novela que hoy os traigo por puro deleite personal. 
Si dijera que Mary Shelley la publicó con apenas veintiún años y desconocéis este dato quizá podríais empezar a sorprenderos. 
Demostrado queda que era un auténtico genio literario y que sentó las bases de un género que aún hoy se estira y expande por doquier.
Lo paradójico es que no es solo el género, sino que a día de hoy es el engendro creado por Victor Frankenstein o una referencia suya el que se encuentra en cualquier recreación terrorífica que se precie. Quién no recuerda la figura desgarbada y popularizada por Hollywood —entre otros— de los tornillos a cada lado del cuello.
Es el experimento del joven doctor Frankenstein, que, deseoso de descubrir el alma del hombre, crea con cadáveres un monstruo al que una chispa eléctrica le infunde vida y aterrorizado de su propia creación huye, y tras este rechazo de su creador, así como del entorno, despierta en el monstruo el sentimiento de rencor y la venganza, convirtiéndole esto en más humano que la propia chispa de vida. Y decidido a acabar con su creación le persigue hasta su muerte, en la que el mal llamado monstruo desiste de sus crímenes en una confesión cuya humanidad, en el sentido más estricto de la palabra, queda patente, demostrando que él en realidad no era el monstruo. ¿No os recuerda en cierto modo a Lucifer, otro portador de luz, que rechazado por Dios, su creador, y expulsado del paraíso decide vengarse porque él es el hijo rechazado del Padre? A mi mente viene la maravillosa obra de Alexandre Cabanel, llena de rabia, rencor y odio, pero también de miedo y de humanidad pura. 
Creo que, además de altamente recomendable, es una novela de la que se pueden extraer muchas enseñanzas, y quizá ahí radique la causa de su éxito y no únicamente ser de las pioneras en su género.
Lo más importante es reconocer que somos las consecuencias de nuestros propios errores y que asumirlos es la forma de enmendarlos, pero siempre recordando que asumir no es destruir. La moralidad está patente a lo largo de toda la obra.
Quizá lo que le faltó al joven doctor Frankenstein fue la humildad de reconocer que se equivocó y no detener la experimentación durante su periplo; quizá debió aprender del monstruo que, rechazado, marginado y denostado a causa de su diferencia, decidió defenderse de la única forma que sabía, sin que esto le hiciera perder un ápice de la humanidad que creía no tener.

2 de julio de 2019

El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde


Hace muchísimo tiempo que quería traeros este delicioso libro que hoy nos ocupa. 
La leí por primera vez cuando tenía unos quince años, nos la mandaron en clase, en una de estas asignaturas raras que ponen para rellenar horario y que creo recordar que se llamaba "Preparación para el estudio y el trabajo" o algo así y en la que en realidad, lo único bueno, consistía en hacer fichas y más fichas y leer libros. Hace poco, sin embargo, la volví a encontrar en mi estantería y me picó la curiosidad y decidí comprobar si mi punto de vista era el mismo o había cambiado respecto a esa época.
Siguió pareciéndome fantástica, para qué mentiros. 
Esta maravillosa obra de Oscar Wilde es un relato gótico de terror fascinante, un clásico de la literatura, y os lo digo a sabiendas de que no todos los clásicos por ser clásicos son buenos. Por suerte este no es el caso. 
En estas páginas, el irlandés nos narra la historia de Dorian Gray, un joven excepcionalmente hermoso que es retratado y su pintor se encapricha de él. El hedonismo en su vertiente más cruda se hace patente en la obra y en las frases que salen por la boca de Dorian cuando charla con el amigo del pintor en sus jardines, con Lord Henry, y dándose cuenta de que la belleza, como la vida, es efímera, hace un pacto, desea no envejecer nunca, de ser siempre terriblemente bello, de poder dedicarse a la perversión —entendida en la moral victoriana— y a la búsqueda más extrema del placer, y este deseo se le cumple, sufriendo los achaques del tiempo el cuadro en lugar de él.
Podría parecer banal esta historia de no ser por lo fantástico que subyace en la novela. 
Todos los actos, todo el libertinaje y los pecados tienen un precio, y este precio se refleja en el cuadro, que siendo una suerte de reflejo del alma del muchacho sufre todas las consecuencias.
En determinadas circunstancias nos podría resultar violenta la historia, pues al fin y al cabo es una bofetada de moral y de realidad que, quizá, nos venga sin esperarla. Sin embargo, lo que en su momento realmente me impactó es que se escribiera a finales del siglo XIX, en una sociedad oprimida real y virtualmente, que es capaz de encarcelar y denostar a todo aquel que rompa el statu quo que las reglas imponen como modo de vida. 
Por eso para mí este libro es un acto de expiación amén de un acto de rebeldía, otro punto de vista posible, si bien no se pierda el carácter moralizante detrás de todos esos actos de libertad y satisfacción.