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3 de diciembre de 2021

Fuego cruzado, Miyuki Miyabe


A veces pienso que leo demasiada poca literatura de mujeres y que también os las traigo demasiado poco.
En cualquier caso, intento hacer y dar lo mejor de mí e implicarme con ellas, porque es necesario y porque son demasiado desconocidas a pesar de su valía, que es mucha.
Este es uno de los libros que más me han gustado últimamente y, aunque he tardado en traerlo, y confieso que sentía cierto desasosiego porque así fuera, el tema me atrae y debo reconocer que desde que lo leí se convirtió en uno de los libros que debo leer más de una vez para empaparme de él.
Y aprovechando que se ha comparado a Miyuki Miyabe con Stephen King, y como da la casualidad que hace no muchas noches estuve hablando de él con unos amigos, que me ilustraron sobre obras suyas que no conocía y que ya he empezado a leer, hoy os he traído su segunda novela, la que ilustra esta imagen tan perturbadora.
Junko es nuestra protagonista esta vez. 
Es una joven con determinados poderes piroquinéticos que los intenta manejar y que presencia el asesinato de un hombre, y este hombre le revela el secuestro de una mujer que hay que salvar.
A su vez, aparecen dos investigadores, Chikako, detective de la brigada de incendios de la policía de Tokio, escéptica en lo que se refiere a este tipo de sucesos que se alejan de la cotidianeidad, y Makihara, un detective de lo más curioso que, por un hecho en su infancia, sí que reconoce la existencia de los poderes de Junko. 
Con este trío vamos recogiendo pistas acerca de los casos, y, a la vez, un retrato de lo que es la justicia y de lo que puede llegar a ser, llegando a un final que, personalmente, si no me sorprendió porque se va deduciendo, sí que supuso, cuando menos, un revulsivo.
No puedo hacer sino recomendárosla si os gusta el estilo del terror de los bestsellers de King, si bien no es igual, obviamente, sí que recuerda a su devenir con los tintes sobrenaturales de los que hace uso para imaginar a los personajes y el desasosiego que deja en el lector una vez lo ha terminado.
A mí, por lo menos, la mayoría de las veces me pasa lo mismo, acabo replanteándome en cierto modo la realidad y sus vestigios.
Asimismo, si sois unos amantes de Japón os encantará por los retazos de novela que entrelaza con la historia de este país, con sus tradiciones y su forma de vivir en definitiva, con personajes perfectamente planteados y desarrollados, que casi se hacen tan reales como los que se puedan llegar a soñar.

17 de octubre de 2021

Insomnia, Stephen King


Incauta o ingenua de mí, la primera vez que vi la portada de este libro lo relacioné con el insomnio como trastorno del sueño, algo que me atormenta a rachas discontinuas, algo que padezco demasiado a menudo para mi gusto, aunque, obviamente, no llego a alcanzar a los niveles del protagonista del libro que hoy nos ocupa. 
Inconsciente de mí, lo convertí en mi mente en una especie de ensayo, terrorífico, desde luego, porque ya había leído a Stephen King anteriormente —y os lo he traído a este anaquel virtual que poco a poco estamos llenando—; creo que el primero fue Carrie, el primero que leí y el próximo que traeré, pero la verdad es que ni mucho menos pensé que lo enfocaría así, y debo decir que me gustó. Muchísimo, además.
Stephen King —si me preguntáis, maestro del terror—, hace un maravilloso y cruento retrato de lo que puede llegar a ser semejante carga psicológica, pero lo convierte en algo bastante desconcertante como acostumbra. 
Nuestro anciano protagonista, Ralph Roberts, queda viudo, y, a raíz de este suceso, padece un insomnio progresivo que le lleva a adquirir o a desarrollar una sensibilidad paranormal que le permite ver más allá de las personas y de la vida. 
Aquí entremezcla la mitología griega con su relato, en el momento en que recurre a las Moiras, las que medían el hilo de la vida y lo cortaban para enviar al alma del difunto al Hades, para explicar una situación similar aunque en su presente, una especie de agentes de la Muerte que se llevan al humano en que habitan y que precisamente toman el nombre de ellas para identificarse ante Ralph, y mientras tanto, la gente que conforma su entorno, cada vez se va convirtiendo en más agresiva como una respuesta, quizá instintiva, hacia el nuevo don —o carga— de Ralph. 
Poco a poco, con esta novela, King va sentando precedentes de lo que luego será su bibliografía.
Encontramos a personajes que veremos después y conceptos que más tarde, a lo largo del tiempo, se irán asentando y, por qué no, tomando vida propia hasta seguir un camino totalmente diferente. 
La verdad es que ese pequeño detalle es algo que me gusta en los escritores, y hasta en los cantantes —Ismael Serrano lo hace mucho—, porque es como si te dejasen ver parte de su alma, de su mente, de lo que les asusta o de lo que planean. 
Igual son sólo imaginaciones mías por la falta de sueño. 

9 de marzo de 2021

No tengo boca y debo gritar, Harlan Ellison

Parece que cuando se acerca el buen tiempo es para mí la época de los Premios Hugo, teniendo en cuenta que con este es el tercer —si mal no recuerdo— elemento literario que ha sido galardonado con este premio de la ciencia ficción. 
No lo conocía, lo admito, fue un buen amigo, un apasionado del tema y de los videojuegos, el que me puso al tanto hace unos años de su existencia. 
También admito que fui posponiendo, y cuando lo leí, vi que había sido bastante a mi pesar, porque reconozco que, aunque quizá no sea igual que las obras de otros maestros del terror, Harlan Ellison ha conseguido que me estremezca pensando en el destino de los que protagonizan este relato de sólo catorce páginas. 
Es un futuro distópico, en el que un ordenador toma conciencia de sí mismo y conocedor de todas las cosas, decide provocar un holocausto nuclear que acabe con la humanidad, rescatando únicamente a cinco personas, una mujer y cinco hombres. 
Y no contento con haberles destruido, continúa su venganza, torturándoles y otorgándoles lo que a mi parecer es el peor don que puede dárseles en este contexto desolador, la inmortalidad, pero, lo que me resultó extraño, el suicidio les está concedido, pero no permitido, y precisamente contra el hecho de que lo lleven a cabo lucha AM, el ordenador rebelde. 
La desesperación toma partido y la humanidad vence a la lógica consiguiendo que uno de los habitantes mate a sus compañeros, poniendo fin a su sufrimiento y a la tortura, pero la venganza vuelve a girar la tuerca del dolor, convirtiéndole el ordenador cuando intenta suicidarse en una masa deforme incluso sin boca para impedir que se autolesione, que grite o que oponga resistencia, siendo la tortura mayor. 
Es de lo más violento que he leído últimamente, y lo único que en mucho tiempo ha hecho que la metaparanoia que a veces me asalta se alimente. 
Cuando lo acabé, reconozco que estuve parada bastante tiempo, intentando recomponer en mi mente los fragmentos del relato y tratando de buscarle una lógica coherente a los sucesos que cuenta. Parece mentira como en un cuento, a mi modo de ver, predecesor absoluto del cyberpunk más actual, se puede concentrar tanto odio, tanta venganza y tanta muerte. 
No sé si es idóneo para estas tardes que, al hilo del relato, va acercándose el calor, pero sí sé que es fantástico para queramos pasar un poco de miedo, del sano. 
Yo no sé vosotros, pero yo, desde entonces, intento mirar con otros ojos a mi ordenador.

4 de marzo de 2021

Ventana secreta, jardín secreto, Stephen King

Siento no haber encontrado una portada mejor y con menos comentarios críticos, pero me apetecía comenzar el mes con un poco de terror, que no hace daño a nadie mientras se quede en los libros; y haciendo cábalas sobre quién podría ser el elegido, pensé que no había nadie mejor —en mi humilde opinión bibliófila— entre los escritores actuales de este género que Stephen King. Entre los estantes encontré esta pequeña joya del suspense y del thriller psicológico más puros, que pertenece a la serie «Las cuatro después de la medianoche», una especie de compendio de novelas cortas. 
Esta muestra de las dotes de King la descubrí de la mano de una película que compré por casualidad hace años y que escogí porque me llamó la atención el nombre que tenía y su sinopsis, que me pareció increíblemente interesante. 
Es la historia de un escritor frustrado, Mort Rainey, con la vida hecha pedazos, bloqueado por los derroteros en que ha acabado desempeñándose, que se aísla del mundo en una cabaña en medio del bosque. 
Pronto aparecerá un personaje que le acusa de plagio con un énfasis que pronto le hará dudar de sí mismo y dará comienzo a una serie de sucesos que le aterrorizarán y le desesperarán de una forma que sólo puede desencadenarse de la lucha contra uno mismo. 
Perderá el control de sí mismo y la conexión con la realidad desde el momento en que aparece este personaje que le confunde, que le ataca, pero que acaba siendo una revelación sorprendente. 
Si bien la película no es exactamente fiel al libro aunque esté basada en él, creo que es tan buena como el propio libro. La verdad es que la actuación de Depp es fantástica; lo cierto es que, a pesar de todo, su carrera cinematográfica demuestra que es un gran actor y que su identificación con el personaje que le toque interpretar es total y es como si lo absorbiera, y el director es capaz de crear ese ambiente necesario para el terror más profundo que puede sentir una persona, el psicológico.

6 de diciembre de 2020

El árbol de las brujas, Ray Bradbury


Llevo bastante tiempo dándole vueltas al libro que debería poner hoy, y no lo digo porque sea puente y la vida vaya a un ritmo más lento de lo normal; pero aunque sea a destiempo me apetece traer este libro que está más en relación con Halloween que con esta época del año, y lo digo por lo que ancestralmente ha significado, no sólo para colectivos en particular, sino para la sociedad en general, una sociedad antigua y tradicional, temerosa de determinados signos y lugares de poder y no una sociedad descreída como la que padecemos ahora.
Así que una forma de revindicar este día —a destiempo, lo admito— de acuerdo a sus orígenes y no a la casi parodia que se lleva acabo ahora en los países anglófonos y por extensión a todos aquellos que acogen esta «tradición» por americanizarse y parecer más "chachiguays" he decidido que este libro de Ray Bradbury es el idóneo. 
La historia, cómo no, se desarrolla en Halloween, pero en un Halloween americanizado. Esto es, pidiendo por las casas caramelos con el archiconocido vía fílmica «truco o trato».
Un grupo de niños van haciendo esta propuesta por las casas hasta que uno de ellos se separa del grupo y les dice que le esperen en una casa abandonada, fantasmal para más señas, y cuando van a encontrarse con él, encuentran en su lugar a un señor bastante siniestro, todo hay que decirlo, que les dice que su amigo ha sido secuestrado por la muerte, y que para encontrarlo deberán recorrer diferentes etapas de la historia para comprender el auténtico significado de Halloween y su significado tan importante en diferentes culturas, bajo otros nombres. 
Esta será la clave para poder rescatar su alma de los brazos de la muerte.
Me ha resultado un libro muy ameno y, la verdad, necesario, pero no lo había leído antes.
Creo que, como todos, salvando las «Crónicas marcianas» —sé que no tengo vergüenza literaria, todavía no os lo he traído aun con todo el tiempo que ya tengo el blog en marcha, mea culpa, pero prometo que os lo traeré más pronto que tarde— y «Fahrenheit 451» pocos conocen todo lo bueno que implica la bibliografía de Ray Bradbury, así que traéroslo no ha sido sólo una forma de recorrer la historia de Halloween a lo largo del tiempo, porque no me negaréis que el camino que sigue a lo largo de diferentes épocas es maravilloso, sino que también es una forma de recordarle y traerle de nuevo a nuestra memoria.
Espero que recomendaros este libro y que lo leáis sea una forma de descubriros otro punto de vista acerca de él y su literatura.

14 de julio de 2020

La máscara de la Muerte Roja, Edgar Allan Poe

Hace tiempo que no os traigo un cuento, y creo que hace aún más que no os traigo uno de terror; así que mientras buscaba algo que leer, me topé hace unos días con este maravilloso cuento del maestro del terror gótico por excelencia, Edgar Allan Poe.
A pesar de que hoy en día estamos tan saturados y tan bombardeados con violencia y terror que cada vez se supera a sí mismo, este relato de mediados del siglo XIX sigue produciéndome inquietud cada vez que lo leo. 
No sé si se trata de la naturaleza humana que ante la enfermedad y la muerte sigue viéndose asaltada o si soy demasiado aprensiva; lo que no pongo en duda es la calidad de este cuento que, en sólo seis páginas, es capaz de conseguir su objetivo.
En una antigua región gobernada por el príncipe Próspero, que a semejanza de los príncipes de su tiempo —y creo que aún los de ahora— disfruta con copiosos banquetes, arte, música y los más diversos placeres, una devastadora peste, conocida como la Muerte Roja, destruye todo a su paso, dejando tras ella un reguero de muerte y destrucción. 
Tras conocer la terrible noticia, se encierra en su castillo con un selecto grupo de nobles para escapar de los efectos de esta enfermedad mientras la ciudad se sume en el más absoluto caos de devastación. Una noche, decide organizar el mejor baile de máscaras jamás llevado a cabo, en siete aposentos de su castillo, cada uno de un color con su vidriera del mismo exceptuando la negra, cuyas vidrieras son rojas como la sangre. Todos se pasean por todos los aposentos, excepto por la habitación negra, en la que un reloj marca fantasmagóricamente las horas, sumiendo a los invitados en el terror más absoluto; es entonces cuando el príncipe se fija en uno de los invitados, vestido de blanco con una máscara que representa a la Muerte Roja. Sintiéndose insultado, le persigue hasta la habitación negra, donde se revela como la personificación de esta enfermedad cruel y hace justicia.
Teniendo en cuenta la ambientación y la época en la que esta maravilla ve la luz, se aprecia que es una alegoría brutal y clara de la repercusión que tienen los vicios sobre la moral y la vida humana, pero también, como una suerte de justiciera, la Muerte Roja requiere lo que es suyo y estaba escrito, dejando claro que nadie es inmune a ella y que da igual el estrato o la ocultación; al fin y al cabo, se lleva a todos por igual sin importar el resto.
Ya lo decía Manrique, la muerte nos iguala a todos.

14 de junio de 2020

Malpertuis, Jean Ray

Hacía tiempo que venía pensando en este libro, supongo que fue Malpertuis, que me encontró a mí y fue inútil escapar de ella.
Creo que, al margen de mi aprensión que puede llegar a ser legendaria, tengo un puntito de masoquista que me arrastra —y yo me dejo— hacia el terror, ya sea en forma literaria o cinematográfica.
Tengo muchísimos documentos del género, incluso programas de radio grabados con esta temática, y aunque siento un estremecimiento bastante importante cuando me sumerjo en este mundo, me gusta.
Y un día, no recuerdo exactamente cuando, vi esta portada en una vieja estantería de una librería que no visito desde hace tiempo y me quedé parada delante mirándola. No sólo por el título, que evocaba cierto misterio ya per se, sino por que me recordó a Poe y a la Casa Usher, no sé por qué. 
En ese momento no pude llevármelo, pero sí que tuve la oportunidad de leerlo en el ordenador, y ni que decir tiene que me fascinó.
Es oscura, agobiante, macabra. Recupera lo mejor del género gótico sin lugar a dudas, y precisamente ahí radica su genialidad.
Consigue convertir el libro en una ventana a la terrorífica mansión y al lector en uno de los que la rondan, inquietando a cualquiera que ose pasar sus páginas y dejarse acariciar por ellas.
Un poderoso hechicero que agoniza ha conseguido encerrar a los dioses en cuerpos de seres humanos, de ciudadanos de los que, tal vez, nadie espere nada porque no destacan por nada, siendo perfecto este encierro. En el relato, la mansión agobiante donde vive, se nos explica el proceso de encierro, las peripecias de este malvado brujo y los cambios que se producen en las personas que le rodean a su muerte.
La verdad es que no me esperaba algo así en estos días.
Siempre pensé que el terror gótico había llegado a su cénit bajo el auspicio del opio de la época victoriana y la pluma de Poe, pero Ray me abrió los ojos, y a pesar de que el libro en cuestión ya tiene ciertos añitos —no en vano se publicó en 1943—, no deja de ser una obra maestra del terror que debería estar en vuestra mesilla de noche si sois apasionados de este género.

1 de abril de 2020

Lo que esconde tu nombre, Clara Sánchez


Por suerte —no las tenía todas conmigo—, he podido traeros el libro hoy y la verdad es que lo agradezco, porque me apetecía muchísimo empezar el mes con Clara Sánchez.
Desde que la conocí con «Presentimientos» Clara Sánchez me tocó el corazón con sus escritos y ha hecho que me interese aún más por todo aquello que, desde la ficción, tiene relación con la vida misma.
Asimilando esta lectura a mi momento actual, lo que os traigo hoy, esta fantástica novela de Clara Sánchez,  trasciende más allá de lo que nos tiene acostumbrados.
Sandra está desencantada y embarazada, y decide dejar su trabajo para buscar algo que la llene, acabando en la costa levantina, y una vez allí conoce a Julian, un anciano argentino, superviviente de Mauthausen, que se dedica a vigilar a los noruegos que vienen y van a la localidad, pero, un día, decide abordar a Sandra, haciéndola partícipe de su vida y de sus recuerdos, y va borrando lo poco que le quedaba de inocencia a Sandra, haciendo que se replantee todo lo que había construido a lo largo de su vida.
Es, por decirlo de alguna manera, una novela sencilla, que roza la irrealidad en algún momento —algo muy propio de la autora— y que hace capaz una revisión de un tema tan usado y a la vez nuevo por cómo lo cuenta, pero debo admitir que, como siempre, mi relación literaria con ella comienza de un modo más bien insulso. 
No sé si porque estoy sin ganas en general o si es que los principios no se le dan bien, pero una vez la novela va avanzando, la trama crece sin parar hasta culminar en un final absolutamente sorprendente y fantástico. Ya me pasó como os digo con «Presentimientos», y me ha vuelto a pasar con este, y si os digo la verdad, justo lo que necesitaba era un final a lo grande, que me dejara huella.
Me parecía que un poco de terror también era necesario, aunque sea psicológico y radique en nosotros mismos más que en elementos ajenos.
Esta novela me recuerda que nuestros enemigos más feroces somos nosotros mismos, y que no siempre somos capaces de adjudicarnos ese papel en ocasiones tan ruin y que tanto daño nos hace. 
Es curioso cómo no somos capaces de identificarnos cuando nosotros mismos nos vetamos y nos ponemos las trabas más importantes de nuestra vida, y quizá sea un buen ejercicio pararnos a pensar los límites que nos autoimponemos, incluso en los que dejamos que los demás nos impongan para facilitar las cosas aun a costa de nuestra cordura.

21 de marzo de 2020

El silencio de los corderos, Thomas Harris


Supongo que, como todos, tengo ese puntito de masoquismo que hace que, aunque me dé un miedo tremendo, lea o vea cosas que a priori podría descartar precisamente por esa razón. A mi favor tengo que decir que suplo ese masoquismo viendo las películas de terror acompañada, porque cuando lo hago necesito desesperadamente agarrarme y esconderme.
Ya, lo sé, ni yo misma me entiendo.
Sin embargo, a pesar del miedo que a veces me da, debo reconocer que disfruto, sobre todo cuando se me presenta una novela y un protagonista tan inteligentes como los que nos ocupan, obra de Thomas Harris.
¿Quién, aunque deplore sus actos, no admira al doctor Hannibal Lecter?
Es formidablemente brillante, seductor, y, lo que es más importante, tremendamente manipulador.
Y como contraparte, Clarice Starling —«quid pro quo, Clarice», ¿recordáis?—, una alumna del FBI a la que encomiendan entrevistarle para conocer quién está detrás de unos pavorosos crímenes que asolan la ciudad y que cumple con unos patrones muy determinados, enfocándose en determinado tipo de chicas.
Me parece absolutamente maravillosa la forma en la que se va estableciendo la relación entre los dos y cómo se desarrolla la investigación policial. A través de ella, de "desahogarse", por decirlo de alguna manera, con la faceta buena del psiquiatra, va paliando sus miedos y consigue resolver el caso con su ayuda.
Creo que es una obra de lectura obligada.
Principalmente porque aunque, como decía antes, sus actos no son lo más recomendable para llevar a cabo, hay que reconocer la tremenda elegancia con la que los desempeña, casi con la precisión de una obra de arte un tanto sui géneris con la que se deleita. E igualmente me parece fascinante la propia película, creo que sin Anthony Hopkins no hubiera sido lo mismo. 
Además de ser un actor maravilloso, creo que él es el que define finalmente el carácter y la actitud del doctor Lecter; de una forma memorable consigue que hasta nos identifiquemos en cierto modo con él y que aceptemos sus actos.
Hasta el detalle de aprender con las vivencias del doctor Lecter que la carne humana más sabrosa es la de las mejillas tiene un punto de humor negro que me fascina.

22 de febrero de 2020

La larga marcha, Stephen King



Publicado originalmente bajo el pseudónimo de Richard Bachman, Stephen King explora otro aspecto del terror, en este caso, más bien con tintes distópicos, para acercarnos esta vez al futuro más sórdido.
En el futuro, como os comentaba, las cosas no son en apariencia tan bonitas como se supone que son.
Estados Unidos ahora es abiertamente autocrático y despótico, ya no necesita disimular ante las demás potencias.
Es un estado policial y ultraconservador que organiza periódicamente un concurso perverso consistente en una caminata, la larga marcha, en la que se selecciona por azar a cien personas y estas deberán hacer lo que sea por sobrevivir.
En el caso del ganador, es decir, del superviviente, ya que sólo uno puede quedar vivo, recibirá premios, fama y todo lo que pida, pero para convertirse en el vencedor tendrá que dejar de lado la humanidad y hacer cualquier cosa aunque choque de frente con su ética y su moral, ya que, en esa larga marcha, todos van contra todos, convirtiéndoles en depredadores en la victoria del más astuto sobre el más fuerte, ya que aunque se van haciendo grupos, están vigilados por unos militares que aunque tienen entre sus motivaciones principales dar comida y agua a los participantes, también se ocupan de "liberar" a quienes intentan hacer algo no permitido o se quedan rezagados.
En este contexto, nuestro protagonista, Ray, un chico de 17 años elegido entre estas cien personas que deberán llevar a cabo la caminata, y con las conversaciones que entabla, las amistades y enemistades que crea a lo largo de la marcha, hace entrever que las cosas no siempre fueron así, que no se sabe exactamente quién instauró este sádico concurso y deja claro que todo lo considerado democrático se ha perdido a manos de un Líder, una especie de Gran Hermano orwelliano.
Obviamente, acercándolo así a la cultura actual estadounidense, el concurso está retransmitido por televisión y es, de hecho, uno de los grandes hitos de la misma. El espectáculo no es quien llega al final, porque sólo se lleva la vida y los premios conseguidos. El espectáculo real es contemplar la muerte de los otros noventa y nueve.
A pesar de que el amigo que me lo recomendó lo hizo para que profundizara más en la bibliografía de King, ya que, aunque me gusta, reconozco que no he devorado toda su obra, algo que, por ejemplo, sí me ha pasado con otros autores; me dijo que no daba especial miedo y que lo podía leer de noche, siendo las únicas horas en las que puedo leer con cierta concentración últimamente, pero lo cierto es que sí que hubo momentos en los que tuve que apartar la vista del libro, porque, la verdad, soy bastante aprensiva en lo que se refiere a estos temas.
A veces me cuesta imaginarme a King en estos derroteros distópicos —bajo mi opinión— y me ha resultado agradable saber que la imaginación de este hombre sigue siendo tan prolífica como siempre, y que, aun en sus inicios, como se trata de este libro, ya era retorcido hasta decir basta y capaz de hacer temblar hasta al más firme en las convicciones de resistencia.

18 de diciembre de 2019

Frankenstein, Mary Shelley

«Frankenstein o el moderno Prometeo».
Ya solo el título arrastra unas connotaciones mitológicas deliciosas en la figura del, en mi opinión, primer filántropo de la historia, el que roba el fuego de los dioses para dárselo a los humanos, Prometeo. 
Iluminador, ¿eh?
Creo que por eso me gusta, pullas aparte, porque representa mucho más que la relación con la divinidad, sino que es protagonista el propio chispazo de electricidad que da vida al «monstruo» —y lo entrecomillo porque, ¿quién es el monstruo en realidad? ¿es monstruo tras el rechazo de la humanidad y de su creador o lo es desde antes?— del que trata esta novela que hoy os traigo por puro deleite personal. 
Si dijera que Mary Shelley la publicó con apenas veintiún años y desconocéis este dato quizá podríais empezar a sorprenderos. 
Demostrado queda que era un auténtico genio literario y que sentó las bases de un género que aún hoy se estira y expande por doquier.
Lo paradójico es que no es solo el género, sino que a día de hoy es el engendro creado por Victor Frankenstein o una referencia suya el que se encuentra en cualquier recreación terrorífica que se precie. Quién no recuerda la figura desgarbada y popularizada por Hollywood —entre otros— de los tornillos a cada lado del cuello.
Es el experimento del joven doctor Frankenstein, que, deseoso de descubrir el alma del hombre, crea con cadáveres un monstruo al que una chispa eléctrica le infunde vida y aterrorizado de su propia creación huye, y tras este rechazo de su creador, así como del entorno, despierta en el monstruo el sentimiento de rencor y la venganza, convirtiéndole esto en más humano que la propia chispa de vida. Y decidido a acabar con su creación le persigue hasta su muerte, en la que el mal llamado monstruo desiste de sus crímenes en una confesión cuya humanidad, en el sentido más estricto de la palabra, queda patente, demostrando que él en realidad no era el monstruo. ¿No os recuerda en cierto modo a Lucifer, otro portador de luz, que rechazado por Dios, su creador, y expulsado del paraíso decide vengarse porque él es el hijo rechazado del Padre? A mi mente viene la maravillosa obra de Alexandre Cabanel, llena de rabia, rencor y odio, pero también de miedo y de humanidad pura. 
Creo que, además de altamente recomendable, es una novela de la que se pueden extraer muchas enseñanzas, y quizá ahí radique la causa de su éxito y no únicamente ser de las pioneras en su género.
Lo más importante es reconocer que somos las consecuencias de nuestros propios errores y que asumirlos es la forma de enmendarlos, pero siempre recordando que asumir no es destruir. La moralidad está patente a lo largo de toda la obra.
Quizá lo que le faltó al joven doctor Frankenstein fue la humildad de reconocer que se equivocó y no detener la experimentación durante su periplo; quizá debió aprender del monstruo que, rechazado, marginado y denostado a causa de su diferencia, decidió defenderse de la única forma que sabía, sin que esto le hiciera perder un ápice de la humanidad que creía no tener.

16 de agosto de 2019

Duma Key, Stephen King


Hace tiempo que no volvía a los brazos literarios de Stephen King y la verdad es que, como hacía tiempo que no leía nada suyo, en estos días de asueto me decidí por ella. 
Y qué sustito, madre mía, aunque también os digo que es que yo soy de natural aprensivo, sobre todo con estas cosas y más aún cuando las leo de noche, porque aunque esté de «vacaciones» lo cierto es que solo tengo tiempo para leer robándole horas al sueño.
Edgar es nuestro protagonista y ha sufrido un terrible accidente de coche que le provoca la pérdida de un brazo y una grave lesión cerebral que le vuelve violento hasta el punto de atacar a su mujer. Como consecuencia y naturalmente ésta pide el divorcio.
Aconsejado por su médico decide llevar a cabo una cura geográfica, es decir, retirarse a un sitio alejado de todo para recuperarse y encontrarse a sí mismo, y en esta cura redescubre su capacidad de dibujar, que había olvidado con los tejemanejes de la empresa donde trabajaba antes del accidente.
Sin embargo, este accidente parece haber trastocado todo, y no solo su vida. 
Ahora algunos de sus dibujos parecen oscuros, malignos, y él no recuerda haberlos dibujado.
Los dibujos tienen vida propia y son perversos hasta el punto de matar, y el pasado de la casa y de él mismo sale a la luz impulsado por la maldad que destilan estos cuadros.
Normalmente el terror psicológico me suele aterrorizar, valga la redundancia, no sé si porque soy demasiado imaginativa en según qué ocasiones o porque lo interiorizo de tal forma que empiezo a ver problemas en todas partes, y este librazo no se queda atrás.
Pocos escritores hay como Stephen King para mi gusto que consigan dotar de vida —y de maldad, que no se nos olvide— a algo tan inocente en apariencia como puede ser un dibujo y consagrarlo de tal forma que hasta el más triste garabato nos asuste.
Está claro que King es el gran maestro de este género, y como tal no tiene parangón, pero en relación con libros anteriores suyos que he tenido el placer de leer Duma Key es diferente. Lo que no sé es por qué razón lo es.
Es, sin lugar a dudas, un libro extraño, muy extraño, pero pensándolo fríamente, ¿qué libro de King no lo es?

10 de julio de 2019

Zona uno, Colson Whitehead


Sin que sirva de precedente debo admitir que poco a poco me estoy sumergiendo más en el mundo de los zombis. 
No sé si porque, por suerte, va pasando el furor por la novela erótica —y no es que no me guste, la disfruto mucho en el sentido más amplio de la palabra, pero considero que la dosis hace el veneno— o porque, en realidad, voy progresivamente endureciendo mi aprensión y mi miedo —que es mucho todavía, os lo aseguro— y pensando que el hecho de que te coma el cerebro un zombi no es, al fin y al cabo, una opción tan mala. Especialmente en épocas de hastío. 
Colson Whitehead ha sido el primero que en un libro serio de zombis —un día os traeré el «Lazarillo Z» y sabréis a qué me refiero en lo que respecta a la seriedad— ha conseguido que me enganche de verdad y que acabe en cierto modo pensando que un apocalipsis de estos que han predicho tantos libros y series al mismo tiempo no es necesariamente malo.
Desde luego, la hipótesis inicial con la que se sostiene el libro es la básica, la de una epidemia de un virus malo malísimo que ha dividido a la humanidad en sanos y en zombis, una zona acordonada —exacto, lo habéis adivinado, la zona que da nombre al libro— que supuestamente contiene la enfermedad y que, naturalmente, esconde secretos no excesivamente agradables.
Sin embargo, lo bueno a mi parecer de este libro es que no necesita de grandes cambios o invenciones para hablar de algo totalmente nuevo: Colson Whitehead trasciende el bicharraco comecerebros —permitidme la expresión— habitual hacia una reflexión filosófica que no deja de ser una terrible metáfora de nuestra realidad, empleando la zombificación ficticia para ilustrar la que padecemos hoy en día bombardeados por anuncios y hasta por la gente que nos rodea, una zombificación que nos reduce a meras caricaturas de nosotros mismos y que, en última instancia, nos destruye como personas y, por extensión, como humanidad. 
La contraparte es que no encontramos algo demasiado dinámico en según qué fragmentos porque el autor es muy puntillista en su narración, que, si bien en determinados momentos es densa, no deja de ser perfectamente brillante la mayor parte del tiempo.
No sé si la metáfora que yo veo y que menciono más arriba es fruto de la abulia general, pero me ha parecido interesante porque no esperaba encontrar tal vez una reflexión así en un libro del estilo.
A veces los prejuicios nos privan de cosas tan interesantes. 

2 de julio de 2019

El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde


Hace muchísimo tiempo que quería traeros este delicioso libro que hoy nos ocupa. 
La leí por primera vez cuando tenía unos quince años, nos la mandaron en clase, en una de estas asignaturas raras que ponen para rellenar horario y que creo recordar que se llamaba "Preparación para el estudio y el trabajo" o algo así y en la que en realidad, lo único bueno, consistía en hacer fichas y más fichas y leer libros. Hace poco, sin embargo, la volví a encontrar en mi estantería y me picó la curiosidad y decidí comprobar si mi punto de vista era el mismo o había cambiado respecto a esa época.
Siguió pareciéndome fantástica, para qué mentiros. 
Esta maravillosa obra de Oscar Wilde es un relato gótico de terror fascinante, un clásico de la literatura, y os lo digo a sabiendas de que no todos los clásicos por ser clásicos son buenos. Por suerte este no es el caso. 
En estas páginas, el irlandés nos narra la historia de Dorian Gray, un joven excepcionalmente hermoso que es retratado y su pintor se encapricha de él. El hedonismo en su vertiente más cruda se hace patente en la obra y en las frases que salen por la boca de Dorian cuando charla con el amigo del pintor en sus jardines, con Lord Henry, y dándose cuenta de que la belleza, como la vida, es efímera, hace un pacto, desea no envejecer nunca, de ser siempre terriblemente bello, de poder dedicarse a la perversión —entendida en la moral victoriana— y a la búsqueda más extrema del placer, y este deseo se le cumple, sufriendo los achaques del tiempo el cuadro en lugar de él.
Podría parecer banal esta historia de no ser por lo fantástico que subyace en la novela. 
Todos los actos, todo el libertinaje y los pecados tienen un precio, y este precio se refleja en el cuadro, que siendo una suerte de reflejo del alma del muchacho sufre todas las consecuencias.
En determinadas circunstancias nos podría resultar violenta la historia, pues al fin y al cabo es una bofetada de moral y de realidad que, quizá, nos venga sin esperarla. Sin embargo, lo que en su momento realmente me impactó es que se escribiera a finales del siglo XIX, en una sociedad oprimida real y virtualmente, que es capaz de encarcelar y denostar a todo aquel que rompa el statu quo que las reglas imponen como modo de vida. 
Por eso para mí este libro es un acto de expiación amén de un acto de rebeldía, otro punto de vista posible, si bien no se pierda el carácter moralizante detrás de todos esos actos de libertad y satisfacción. 

7 de abril de 2019

El gato negro, Edgar Allan Poe


Hace tiempo que, en cierto modo, mi mente divaga por páramos oscuros de los que parece no querer salir porque ya se ha acomodado, y reconozco que a veces tampoco quiero sacarla de ahí porque en ocasiones me compensa la fertilidad literaria con un poco de tormento existencial. 
La razón principal además de la aducida es que aunque me horade poco a poco estoy redescubriendo entre todos los libros que tengo, tanto digitales como físicos, viejos clásicos que de un modo u otro me impactaron profundamente, y eso me ayuda a traer viejas glorias a estos anaqueles virtuales que adoro profundamente y que estoy convencida de que vosotros también amáis. 
Y este relato que os traigo hoy —que también he elegido porque no sé por qué razón no suelo reseñar libros de terror, con lo que me gustan— es precisamente uno de los que recuerdo con mayor claridad por ser uno de los que más me obsesionó en una época tan crucial para una persona como es la adolescencia, una adolescencia en la que me inclinaba hacia lo gótico —arte, literatura, estética— como si fuese una fuente que debía alimentarme a mí y a mi espíritu. 
Siendo sincera, toda la obra de mi adorado Edgar Allan Poe es perturbadora; creo que esa palabra se asentó con él y con su bibliografía, pero quizá la profunda carga cultural que arrastran los gatos desde tiempos ignotos, tanto de fuentes beatíficas como de prácticas supersticiosas —ya sabéis, aquella que dice que si se cruza un gato negro en tu camino ocurrirán desgracias— o brujescas —tradicionalmente, y como sabréis, se ha relacionado al gato con demonios o con familiares, hecho que supuso que muchos de ellos dieran con sus pobres huesos en la hoguera junto con sus supuestas protegidas hechiceras y que propició la expansión de la Peste negra— es la que hace que el relato, si cabe, sea aún más inquietante.
Qué decir de Poe.
Qué decir de este relato.
Aún sigue pareciéndome increíble cómo las palabras son capaces de caracterizar tan bien la inquina del ser humano y de formar frases tan espeluznantes, como si fuesen retratos construidos con letras cuya función es la de inquietar.
Y es que realmente Poe no recurre a hechos especialmente sangrientos, si obviamos la muerte del pobre primer gato que es, a todas luces, deleznable, sino que construye con sus palabras una especie de laberinto terrorífico que atrapa al lector desde el primer momento, introduciéndole en el relato y convirtiendo su propia mente, nuestra propia mente, en el arma más mortífera, en nuestro más poderoso enemigo. 
Esto de sentirme controlada en cierto modo, por dejarme llevar de tal manera que noto que los vellos de la nuca se me erizan como si fuera yo la que padece lo que nuestro protagonista se ha buscado me produce sentimientos encontrados. 
Por una parte es una muestra de la excepcionalidad de Poe. Por otra me hace mirar a mi gato con mucho más cuidado, aunque os aseguro que está exquisitamente tratado. 

10 de marzo de 2019

La Historiadora, Elizabeth Kostova


Debo admitir que no me planteé traer este libro de Elizabeth Kostova hasta hace poco, porque la verdad es que la primera vez que lo leí me resultó complicado  engancharme a él aunque me fascinen los vampiros y el vampirismo y no me gustó para nada.
Lo terminé porque no soporto dejarme libros de primera lectura sin acabar y lo metí en un cajón recóndito de la memoria, donde no podía encontrarlo.
Hace no mucho, sin embargo, me lo volví a encontrar limpiando una estantería, y me resultó bastante más amable que la primera vez que llegó a mis manos, si bien sigo mostrando cierta reticencia hacia el resultado final.
El eje del libro se resume en la búsqueda de la tumba de Vlad Tepes en tres épocas históricas diferentes, y se sirve de esta búsqueda cuajada de obstáculos —no podía ser de otra forma— como detonante de la reflexión sobre el hombre y el mito y todo lo que le rodea.  
No voy a negar que tiene ciertos momentos de lucidez en tanto puede representar en ocasiones una suerte de reivindicación de las bibliotecas, de esos lugares tan sumamente atrayentes como recónditos, del placer de la investigación —se supone que Kostova estuvo investigando diez años para escribir el libro y eso no es para desmerecerlo— y las dudas y el misterio que acechan entre las estanterías donde los libros guardan polvo y recuerdos, pero aun así tiene algo que no termina de convencerme. 
La descripción de paisajes es un auténtico lujo, pero a mi parecer sobra el enlace sentimental que acaricia la obsesión en muchos momentos durante el libro. No lo veo necesario para vertebrar la novela, o por lo menos no para esta novela. Creo que el peso de la investigación y la historia debería haber pesado más que la relación, pero supongo que es cuestión de gustos. 
No es que sea una insensible —o sí, no lo sé—, pero al final puede llegar a confundir la mezcla de estilos que utiliza para escribir. Llegado cierto momento acabas dudando de si estás leyendo una novela con tintes históricos —que los tiene— o un culebrón televisivo.
Estoy abierta al debate si lo habéis leído. 


11 de enero de 2019

El último pasajero, Manel Loureiro


Reconozco que me da cierto pudor abarcar este libro. 
No porque lo denueste o porque lo desprestigie por el género, sino porque me ha tenido sin dormir toda la noche y cuando eso pasa no suelo ser capaz de dar pie con bola. Un amigo me solía decir que dormir es de cobardes, pero solo hasta que caes rendido de sueño. Y de ahí el pudor, por no ser capaz de soltar toda la retahíla de cosas que se me pasan por la cabeza. 
Yo descubrí a Manel Loureiro casi por casualidad, en una de estas charlas que se tienen con amigos en las que picas de aquí y de allá sin centrarte en un tema concreto. Y siendo de natural aprensivo y sin ser muy dada a leer o ver cosas que den mucho miedo salvo que antes me haya leído de cabo a rabo todos los spoilers del universo porque aun así soy capaz de sobresaltarme al principio no estaba precisamente contenta de ponerme a leerlo. 
Fue precisamente uno de estos amigos quien me hizo ceder en cuanto a leer cosas de zombis cuando ya se había desmadrado el asunto —comercialmente hablando— y por suerte comprobé que no todo era igual de morralla y que había autores como Loureiro que agrandan el género y lo dotan de una calidad que el exceso ha hecho que se diluya.
Así las cosas cuando me enteré de que sacaba un nuevo libro me puse a dar saltitos interiores de alegría y cuando supe que se alejaba del género me alegré aún más, no porque no me gusten, sino porque la verdad es que me ponen muy nerviosa si nacen de su pluma.
En retrospectiva, en 1939 el barco Valkirie aparece de la nada entre una densísima niebla, preparado como si la vida se hubiera mantenido intacto hasta el mismo momento en que lo encuentran con el único problema de que los pasajeros parecen haberse volatilizado. Los tripulantes de la embarcación que lo encuentra se queda estupefacta ante el descubrimiento, y quedan aún peor cuando descubren que el único superviviente es un bebé envuelto en una manta, un bebé al que nadie puede identificar.
En la actualidad un millonario controvertido se hace con el barco a toda costa y decide repetir paso por paso el viaje del Valkirie para descubrir qué es lo que sucedió entre esas planchas de acero, para saber con rigurosidad científica si los rumores son ciertos y descubrir qué ha sucedido en determinadas zonas del planeta a los largo de los siglos.
Simplemente os digo que ahora después de devorarlo veo la niebla de otra manera.
No sé si debido a mi natural inclinación a la divagación he encontrado referencias y homenajes por todas partes, relaciones con series y con experimentos cuyos visos de verdad empiezan a dejar de estar en entredicho y me ha gustado muchísimo, sobre todo el hecho de que el lector va sacando conclusiones conforme va leyendo —a mí por lo menos me ha pasado—, y luego... ¿serán esas conclusiones ciertas o habrá algo ancestral, más terrible, escondido tras las paredes del barco que es al mismo la causa y la consecuencia de todos los actos?
Como digo es un libro que te atrapa desde el primer momento. Lo que comienza siendo algo «normal» en el sentido de que puede pasarle a cualquiera poco a poco se va convirtiendo en algo más irreal, en algo que solo la literatura puede permitir. ¿O no?

15 de noviembre de 2018

Apartamento 16, Adam Nevill


Estamos acostumbrándonos últimamente, por desgracia para los lectores y por suerte para los autores que los venden como churros y se hacen ricos, a que las oleadas literarias vayan por modas, es decir, hace unos años, cuando la fiebre Crepúsculo todos los libros que salían del género eran de vampiros, hasta que se les agotó el modelo y empezaron a salir zombis y, de nuevo, todo fueron zombis, y así hasta la saciedad.
Vamos, que el género de terror se había quedado en una mera zarandaja y, aun pecando de exagerada, creo firmemente que los mismísimos Edgar Allan Poe y Bram Stoker se revolvían en su tumba al ver cómo se había defenestrado el género.
Pero, albricias, no todo es el mal absoluto.
De vez en cuando surgen autores como Adam Nevill que con su gusto victoriano y el placer que proporciona al relatar historias de la vieja escuela sorprenden porque realmente queda algo de luz en un género tan vilipendiado y, por eso, os traigo la primera publicación suya que llegó a mis manos.
Esta vez no os voy a dar pinceladas de la historia porque temo contaros demasiado.
Solo os diré que, como mencionaba arriba, es un libro de la vieja escuela, que va construyendo el terror y el clímax final peldaño a peldaño, como si fuera una escalera que conduce a la buhardilla donde Dorian Gray escondía su cuadro, al apartamento que da título al libro que hoy os traigo, y eso es algo que yo, por lo menos, aprecio con toda mi alma de bibliófila casi bibliófaga, porque el cuentagotas con el que va dosificando los temores acaba llenando el vaso antes de que lo imaginemos, y es precisamente esa cualidad la que hace que nos bebamos, literalmente, con gusto el libro, a pesar de que pueda pensarse que se hará pesado en algún momento de la lectura.
Ni por asomo.
De veras os digo que hacía tiempo que no me daba tantísimo miedo leer un libro, y mucho menos un libro relativamente actual porque este se publicó en 2010. Nevill narra su historia con un gusto exquisito, con una mezcla de susto y desasosiego tremendo, y ya sabéis que la imaginación es una yegua que corre libre y la mía es poderosa, muchas veces demasiado poderosa para mi gusto. 

31 de octubre de 2018

Drácula, Bram Stoker


Creo que pocas cosas quedan por decir de esta genial novela.
Siendo una de las pioneras en su género, retrata como nadie al vampiro, al nosferatu, al ser de la noche que acecha para desangrar a sus víctimas... pero la grandeza de Bram Stoker radica en que el vampiro asesino que no tiene piedad tiene una de las capacidades más maravillosas de las personas a pesar de todo el odio, el dolor, de toda la muerte, es capaz de amar, el último rasgo, ineludible, de humanidad.
En la novela Jonathan Harker se ve obligado a sustituir en una venta a su predecesor, Reinfield, que, misteriosamente, ha caído preso de una locura que parece perpetuarse en el tiempo, así que acude al castillo de Drácula a Transilvania, que le recibe con las palabras archiconocidas «Bienvenido a mi casa. ¡Entre con libertad y por su propia voluntad! ¡Bienvenido a mi casa. Venga libremente, váyase a salvo, y deje algo de la alegría que trae consigo!». Creo que pocas veces, con tan pocas palabras, se había transmitido tanto: sospecha, libre albedrío, dolor... todo un cúmulo de sensaciones que se agolpan al leerlas.
Y poco a poco, aquel complaciente conde se va convirtiendo en poco menos que un secuestrador cuando le retiene en contra de su voluntad entre las paredes de su castillo y de su propia mente. Mina, la prometida de Jonathan, le espera impaciente en la casa de su rica amiga Lucy Westenra mientras el conde se traslada a Londres en tierra de su patria, la única manera, puesto que debe descansar en ella.
Cuando el conde pisa la tierra de Inglaterra, en la casa Westenra se empiezan a suceder las desgracias, y habiendo entre sus pretendientes un doctor, el doctor Seward, que trabaja en el manicomio donde está Reinfield, se llama al experto médico Abraham Van Helsing, y, a través de él, se irá descubriendo cuál es la cruel mano que mueve los hilos que controlan a los Harker, a los pretendientes, a la casa Westenra y a él mismo. 
Reconozco que es uno de los pocos casos en los que la adaptación cinematográfica —que, por cierto, constituye una lista casi interminable— me ha fascinado, y hablo en concreto de la de 1992 protagonizada por mis adorados Gary Oldman y Winona Ryder. Me parece que esa película es capaz de transmitir todo lo que pretendía Stoker, con las obvias licencias, claro está. 
Ambos, película de Coppola y libro de Stoker tienen para mí un hueco ineludible en las estanterías. Ya no solo para el que le guste el tema vampírico o misterioso, sino por todo lo que significa para la historia de la literatura y la producción posterior. 

8 de mayo de 2018

Cuernos, Joe Hill


No tiene que ser para nada fácil darte a conocer en el mundo de la literatura —en mi humilde opinión, saturadísimo, y eso que yo soy una de las que aspira a poblarlo— y sobrevivir en él, y reconozco que no debe de ser fácil tampoco dedicarte al mundo de la literatura, concretamente a la literatura de terror y fantasía, cuando uno carga en la espalda un bagaje tan amplio como el que supone que tu padre sea el autor que más libros del estilo vende a nivel mundial aunque esto suponga, por supuesto, una inestimable ayuda, tanto por el respaldo económico como por el conocimiento indescriptible que puedes llegar a tener sobre el tema. 
Hoy os traigo la que quizá sea la novela más conocida del autor estadounidense Joe Hill, una historia que parte de la base tan inverosímil como surrealista de que al protagonista, Ig Perrish, un día le crecen cuernos en la cabeza. Este es el punto de partida de una novela que explora la condición humana, la venganza.
Este desafortunado incidente de la aparición de los cuernos tiene que ver con que la novia de Perrish, Merrin, fue asesinada hace un año y todo el pueblo, incluyendo a su familia, y sin saberlo él le cree culpable, y un año después y después de una borrachera amanece con estos apéndices en la cabeza, que le descubren todos los susurros y sospechas de las que era objeto y que nadie se atrevía a exponer directamente.
Los cuernos, aunque al principio suponen un obvio desconcierto, le proveen de cierto poder de seducción, podríamos decir, que le hacen depositario de los secretos de sus conciudadanos, porque de ellos emana una fuerza diabólica que les impele a desnudarse y contarle todos sus deseos más oscuros.
Aunque peque de algo a lo que ahora mismo no puedo ponerle nombre admito que si me hubieran dicho en el momento en que llegó a mis manos que Joe Hill es el hijo del archiconocido Stephen King me habría echado a temblar figuradamente. Habría pensado de forma injusta que no merecía la pena, que era otro más de los polluelos a la sombra de su padre o madre famosos que intentan abrirse paso en el mismo campo que ellos porque todo les viene dado, o, simplemente, no me habría atrevido a dejarme llevar por sus páginas.
Ni que decir tiene que me habría perdido un libro muy entretenido, de esos que te gusta leer por ejemplo cuando viajas o cuando todo lo que necesitas es sumergirte en una historia de suspense y, por qué no decirlo, un poco de terror que te permita ver con perspectiva cualquier cosa que en el momento te aflija. Creo que sabéis a qué momentos me refiero.
Así que por eso os lo recomiendo, por los momentos de humor negro que se permite Hill para ilustrar una situación tan surrealista como la que padece su protagonista, por los pequeños enlaces entre capítulos que unen a un tiempo presente y pasado y, en fin, porque es una novela que captura desde el primer momento y que devoras de una vez. Recordad que, como bien dice el subtítulo, "el diablo está en los detalles".