3 de noviembre de 2019

Trópico de Cáncer, Henry Miller


De vez en cuando me gusta ir a puntos donde suele estar mal visto llegar. 
No sé si por autoconvencimiento o por cierto matiz de rebeldía que a mis treinta años aún subyace en algún punto de mi mente me gusta permitirme, de tanto en tanto, el pequeño lujo del exceso.
Y últimamente este exceso del que hablo es fundamentalmente literario.
En estos días, no sé si por la tensión de las fechas que se acercan —y las preveo durísimas, como una prueba terrible—, me decanto por autores prohibidos, olvidados, digamos... trasnochados, y la verdad es que sumergirme en este mundo realmente sórdido me ayuda a afrontar y a asumir que las cosas sucederán cuando tengan que suceder y preocuparme por ellas no va a adelantarlas o hacer que las supere con mayor o menor éxito. 
Con este libro de Henry Miller nos trasladamos al París de los años treinta, una década en la que todavía brillaban los rescoldos del oropel de los felices años veinte. Entre esos rescoldos ya surgía la llama de la guerra, y haciendo uso de un álter ego recorremos su vida, llena de detalles —algunos ciertamente escabrosos para las mentes no acostumbradas—, sin contemplaciones en cuanto al lenguaje y un monólogo interior que es el que forma el libro que no se detiene en ningún límite puesto que el autor no lo tiene y es esencialmente un texto autobiográfico cuajado de anécdotas —principalmente eróticas— y lo convierte en un libro único en su género, pues aunque hace unos años vivimos un boom de la literatura erótica, lo cierto es que en la época en la que se escribió —1934— era raro encontrar textos de este tipo sin inhibiciones de ningún tipo —permitidme el descaro.
Y a pesar de todo este erotismo, de todo este tono aparentemente desenfadado por las anécdotas, de toda esta lascivia a flor de piel —o de letra— este libro junto con su compañero «Trópico de Capricornio» —que os traeré en un tiempo— destila un tremendo pesimismo existencial, y la verdad es que la época era proclive a ello. 
Recordad que estamos en el tiempo de la vanguardia, del exceso más excesivo, del surrealismo, de explorar, de, en definitiva, poner los sentimientos a flor de piel, y eso es un arma de doble filo de manual puesto que puedes conseguir los placeres más absolutos y, al mismo tiempo, encontrarte de cara con las miserias más profundas de tu alma. 

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