10 de julio de 2018

El conde de Montecristo, Alejandro Dumas


Hacía tiempo que no me dejaba llevar por los clásicos, y encima este es uno de mis clásicos favoritos; en realidad no hace demasiado, lo confieso, pero sí lo suficiente como para que lo echara de menos. 
¿Qué mejor forma de volver al redil literario con uno de los que hacen historia, de los que hacen —y confío que harán— mil y unas versiones y de los que marcan hitos por ser paradigma de su género?
Hoy os traigo una de las obras cumbre de Alejandro Dumas, con cierta anécdota de escritura conjunta detrás pero solventada por dinero para convertir al francés en su único autor.
Como supongo que sabréis, porque es un clásico inmortal que, personalmente, me fascina, es la historia de una venganza —acaso la mejor muestra de ella—, de justicia y de amor, pues es este último el que hace que el engranaje gire como motivo último de la recuperación de una vida joven arrebatada por el mayor de los pecados, la envidia.
Está basada en un relato aparentemente real, y creo que su éxito radicó precisamente en este punto y en que lo que reflejan sus páginas no son sino un poderoso retrato humano, que movido por la ambición es capaz de recurrir a los más bajos instintos para obtener lo deseado, sea lo que sea lo que se desee. Si bien esto podría haber sido suficiente para hacer una historia atrayente Dumas lo adereza con fantásticos tesoros, tan del gusto de la época, fugas que rozan la inverosimilitud por la dificultad y la astucia de la que debe de hacer gala nuestro Edmond Dantés y la idea de la supremacía del denostado tras haber cumplido su propósito y la combinación genial de estos hechos influyeron deliberada y totalmente en su éxito.
Es el tópico del militar que se hace miserable y que retoma su lugar haciendo pagar todo lo que le han hecho porque en todas las personas prácticamente se esconde el deseo de venganza y restauración, olvidando la piedad o el perdón exigidos por una sociedad marcada y encorsetada por las normas.
Aunque reconozco que es una novela extremadamente densa y la relación entre los personajes puede llegar a confundir en cierto modo por lo alambicado pronto se pierden todos aquellos prejuicios que como lector podamos llegar a tener para dejar que el sentimiento de Edmond Dantés nos invada, ya que, si por algo destaca, además de por las fantásticas descripciones que nos regala Dumas, es por la caracterización de los personajes que, sin dejar un cabo suelto, es sencillamente perfecta. 
Creo que si algo destila la novela es la exaltación de la paciencia, no solo a la hora de leerla, ya que, en cierto modo, deberemos hacer acopio de ella para cambiar nuestra mente y sumergirnos en sus palabras, sino en la propia venganza de Dantés, que espera el momento preciso sin importar los años que transcurran para desarrollar su plan. 

6 de julio de 2018

El cuento de la criada, Margaret Atwood


No os engaño si os digo que este es el libro que peor cuerpo me ha dejado en mucho tiempo, ya sea por ser mujer y por la forma en que se tratan en esta distopía de Margaret Atwood que hoy nos ocupa, ya sea porque de alguna manera el grueso de los hechos que en este libro se narran se suceden en muchas partes del mundo y amenazan con suceder en otras. 
Estamos en Gilead, un estado teocrático nacido de unos supuestos ataques de terrorismo islamista en los antiguos Estados Unidos. Debido a estos ataques se instaura un gobierno ultrarreligioso y autoritario que disminuye los derechos sociales y las libertades individuales, especialmente los de las mujeres que directamente se suprimen. Entre otras cosas y salvo servidumbre, se les prohíbe específicamente trabajar y tener cualquier cosa a su cargo, su trabajo es el de ser madres y esposas y si han incurrido en cualquier "pecado" —ser lesbiana, ser la segunda esposa y por tanto ser considerada adúltera, etc. — se las fuerza a ser criadas, su único cometido es el de gestar a los hijos de los altos cargos que las violan cada mes en algo llamado "la ceremonia" en las que las esposas de los comandantes deben sujetarlas siguiendo las Escrituras. Cada jerarquía femenina está identificada con los colores que deben vestir, las criadas llevan una toca blanca que les cubre el rostro —porque nadie salvo su comandante puede fijarse en ellas— y un vestido rojo que las muestra como mujeres fértiles y dignas de honra, en su perversa visión del mundo, puesto que en ellas reside la esperanza de la vida y del futuro de Gilead.
Las criadas pierden su nombre y se las llama por el nombre de su comandante, el comandante Waterford, precedido de la preposición de, no son más que propiedades con la función de procrear. Nuestra protagonista se llama June, pero se refieren a ella como Defred, Offred en el inglés original. 
Atwood utiliza los flashbacks y la noche para contraponer la vida anterior de June, con las libertades propias de una sociedad civilizada y avanzada, con su marido y su hija, y el día donde se debe someter a los deseos de la esposa de su comandante, Serena Joy, ultraconservadora y frustrada por su esterilidad y en cierto modo envidiosa de la posición de Defred porque ella sí es fértil y su marido la tiene en cierta estima a pesar de las aberraciones que esta sufre. 
A pesar de las barbaridades que la novela narra el trasfondo es claramente revelador. Incita a una rebelión no necesariamente silenciosa porque advierte de forma visionaria —recordemos que se escribió en 1985— adónde podría llegarse en caso de seguir cediendo en derechos y libertades por una supuesta seguridad. El fantasma de la novela llega a todos los ámbitos, no solo al femenino, aunque las mujeres seamos las más perjudicadas en el futuro que ofrecen sus páginas. 
Si por algo se ha hecho archifamosa esta novela es por la serie de igual nombre que está actualmente en emisión, y la crudeza que transmite es indecible. 
El libro es, tal vez, más aséptico, pues cada lector imagina Gilead de una manera diferente, más o menos grave de acuerdo a su forma de ser y de entender el mundo, pero la serie es la realización de toda esa cruel distopía y nos la pone delante sin dar lugar a la interpretación. Desde luego cabe, es indiscutible, pero entender algo diferente es más complicado. 
No dejemos que nos pase, en nuestra mano está ser capaces de ver más allá de todas las manipulaciones posibles y no permitir que algo tan horrible se instaure con la normalidad del silencio.

4 de julio de 2018

Hombres desnudos, Alicia Giménez Bartlett


¿Qué seríamos capaz de hacer o de ser si las circunstancias nos obligaran a ello? ¿Hasta dónde podríamos llegar por tal de sobrevivir?
Alicia Giménez Bartlett, autora reconocida principalmente por la saga policíaca de Petra Delicado aunque obviamente no solo por eso, de hecho os traeré más pronto que tarde otra de sus obras que me llegó al corazoncito esta vez nos introduce de lleno en una tesitura que quién sabe si muchos seríamos capaces de afrontar o, al menos, de sobrevivir a ella. 
Los protagonistas son Javier, un profesor de literatura que acaba en el paro debido a la consabida crisis que ha pasado el país y que en medio de toda esa desesperación la única solución que encuentra es convertirse en chico de compañía para señoras, e Irene, una señora adinerada de mediana edad a quien cuyo marido ha abandonado por una chica más joven y la deja en mitad de las dificultades que la mencionada crisis provoca y que resuelve que parte de sus problemas pueden arreglarse recurriendo a chicos de compañía. Y el coro que les acompañan en su devenir serán quienes unan a estos dos personajes en apariencia tan opuestos y que acaban complementándose en cierto modo. 
Ambos convergen en estas circunstancias y la crisis que les destruye a ambos, que derrumba todo su entorno y las vidas aparentemente perfectas que tenían, les hace coincidir y darse cuenta de que quizá es cierto que en cada paso atrás hay una carrera hacia delante, porque no sabes ni de lo que te libras ni de lo que puedes encontrar en el camino a cambio de lo que perdiste.
Esta novela es dolorosamente actual, y remarco el dolorosamente porque cuántas personas habrá que hayan tenido que recurrir a métodos drásticos para salir adelante y que, en cierto modo, hayan tenido que ocultarlo por cualquier motivo. Los personajes se sienten deprimidos, cuando tomas el mando de sus vidas leyéndolos eres capaz de advertir todo ese vacío, toda esa tristeza, que existe en su interior, y se agradece esa cercanía aunque te acabe arañando el alma si tú también tienes ese vacío dentro.
Lo cierto es que todas nuestras decisiones nos marcan, pero las que tomamos en el filo de la navaja son aquellas que nos destruyen porque al final siempre acabamos con grietas, no importa cuánto luchemos después para reconstruirnos. Y esta novela trata de eso, es en sí una navaja sobre las que nos pone la autora para mostrarnos que las certezas que tenemos en la vida no siempre lo son y que de un momento a otro las tornas pueden cambiar de forma drástica, y en nuestra mano está reaccionar.

1 de julio de 2018

La voz a ti debida, Pedro Salinas


Estaba tardando bastante tiempo en verme asaltada por mi blanditez y esta vez lo ha hecho pero bien. Me ha dejado más tocada que de costumbre. Se ha aliado con una serie de circunstancias adversas y me ha asestado un golpe mortal del que sé que me costará recuperarme y recuperar la confianza en mí.
En plena reflexión recordé unos versos dolorosísimos pero cargados de sentimientos, de temor y de lágrimas. Nadie salvo mi adorado Pedro Salinas podría haber puesto su corazón de esa forma en ellos para escribirlos. 
El gran juglar del 27 es, siempre bajo mi criterio de humilde lectora, el mejor domador de versos que ha podido existir. Siendo últimamente más adepta a la poesía que antes, que me prodigaba en la novela, pocas veces he encontrado poemas más bellos en otras páginas y solo algún poeta posterior y anterior ha podido comparársele. 
Este es el primer libro de una trilogía llena de amor y todos los adjetivos, positivos y negativos, que se le pueden aplicar a este sentimiento. Quizá para algunas personas llegue a rozar lo "empalagoso", que el sentimiento a flor de piel que destila es excesivo porque no estamos acostumbrados o no nos permitimos ser capaces de mostrarlo con la debida frecuencia, pero es innegable la calidad de sus poemas, su profundidad y lo que a mí me parece mejor, no tiene que recurrir a lo retorcido para conseguir expresar todo lo que siente de una forma bella.
Si por algo destaca, y si por algo me gusta, es porque la sencillez es su bandera, porque es transparente y hermoso, y porque, tras matices de luz y sombras, se atisba una sensualidad abrumadora, llena de imágenes más sugeridas que explicitadas.
Permitidme que os regale este fragmento recogido en la obra, que es el que me hizo recordarla y uno de los que más me han dolido sumergiéndome en su poesía. Comprende desde los versos 1385 a 1406.

La forma de querer tú
es dejarme que te quiera.
El sí con que te me rindes
es el silencio. Tus besos
son ofrecerme los labios
para que los bese yo.
Jamás palabras, abrazos,
me dirán que tú existías,
que me quisiste: Jamás.
Me lo dicen hojas blancas,
mapas, augurios, teléfonos;
tú, no.
Y estoy abrazado a ti, 
sin preguntarte, de miedo
a que no sea verdad
que tú vives y me quieres.
Y estoy abrazado a ti
sin mirar y sin tocarte.
No vaya a ser que descubra
con preguntas, con caricias,
esa soledad inmensa
de quererte solo yo.

27 de junio de 2018

Algún día este dolor te será útil, Peter Cameron


Antes de haceros mi particular pseudocrítica de este libro tan maravilloso debo declararme fan absoluta de la editorial Libros del Asteroide —no, no me pagan, ni siquiera en especies y ya os digo que moriría de felicidad si así fuese—, de su nombre y, sobre todo, de sus portadas.
Qué preciosas son, por todos los libros del universo.
Y una vez dicho esto, ¿no conocéis algún libro que hayáis leído en un tiempo concreto y se os ha quedado cara de idiotas porque lo habríais necesitado mucho antes?
Pues algo así me pasó a mí con este libro de Peter Cameron cuando lo leí, con la de veces que lo habría necesitado de adolescente mientras estaba en mi primer instituto, y resulta que llega a mí en un momento en el que más o menos los asaltos de tristeza no son tantos. 
Sin embargo, ha sido una pequeña señal que llegue justo ahora que estoy tan sensible, porque he podido extrapolar algunos de sus contenidos a mi situación actual y me han ayudado a afrontar de otra forma los acontecimientos, recordando las palabras de un amigo que me recomendó ver las cosas de otra manera en un momento en el que no podía más.
James Sveck es el narrador y protagonista de esta novela que me ha llegado tan dentro. 
Es un adolescente un poco fuera de lo común en tanto que es bastante maduro para su edad. Acaba de terminar el instituto y está admitido en una universidad bastante prestigiosa, pero la verdad es que él no se plantea su futuro de esa forma, él preferiría una casa en el campo, leyendo en soledad.
No entiende a la gente de su edad y ellos tampoco le entienden a él, y esta difícil convivencia hace que marque su carácter hasta el punto de preferir una soledad autoimpuesta antes que una soledad infligida.
Y desde este punto de madurez casi inusual nos retrata su realidad, la suya de verdad, no la que se supone que tiene que tener con bastantes dosis de acidez y mordacidad y critica con ellas las determinaciones que toma su familia, como la de mandarle a un psiquiatra para conseguir sacarle de un aislamiento que no es malo per se pero que no entienden.
Como decía antes, el libro me habría venido muy bien hace unos cuantos años porque me habría enseñado a ver las cosas con otra perspectiva, desde luego no con la que tenía tan dañina para conmigo, pero es bonito saber que no se está solo aunque lo parezca, y más cuando estás rodeado de gente que no te llena y cuyo único afán es destruirte, por diversión o por cualquier otra razón que, desde luego, carece de fundamento. Pero aun así es una prosa muy bonita, con mucho talento, así que para mí se convierte en un libro necesario en esa época tan terrible que es la adolescencia, para enseñar y aprender a un mismo tiempo que no todo es como creemos, sino que, más bien al contrario, también puede que haya algo mejor más allá de nuestro mundo reducido, quizá hasta esperándonos. 

23 de junio de 2018

Anatomía de un instante, Javier Cercas


Casi tan prolífico como el tema de la Guerra civil que nos terminó de dividir —y siendo pesimistas puede vislumbrarse otra en el horizonte al paso que vamos—, en la literatura y en el cine español es el del golpe que en la tarde del 23 de febrero de 1981 intentó llevar a cabo un guardia civil impulsado seguramente por gente de más poder que él que se mantuvieron del lado de la democracia al ver que se desplomaba por la falta de apoyo internacional.
Como digo seguramente habrá chorromil —permitidme la expresión— libros que traten de un tema tan agreste como lo es el que pudo suponer la vuelta a una época oscura que, en principio, no debería haber existido jamás; sin embargo, de todos los que he leído, y he leído bastantes de ellos, este de Javier Cercas con el que intento haceros olvidar esta tarde tan calurosa de verano es el que quizá más me ha gustado. 
No solo es por la forma tan particular de escribir que tiene este hombre, que puede hacer, si estás versado, que reconozcas un texto suyo aunque no ponga que es de su autoría, sino que es, a mi parecer, un relato humilde, que acepta sus carencias sin denostar sus fortalezas y que, sin lugar a dudas, ofrece una de las teorías más serias y sencillas de lo que fue ese día o pudo llegar a ser.
El eje que utiliza para enhebrar la novela es el del gesto de tres políticos: Suárez, en ese momento presidente del gobierno caído en desgracia, Gutiérrez Mellado, vicepresidente del anterior, y Santiago Carrillo, el mítico e incombustible dirigente comunista, un geesto que desconcertó a todo el mundo —y aún hoy sigue arrastrando literatura como vemos, ya que podía haber sido determinante para un hipotético asesinato por parte de los golpistas— y que produjo división de opiniones, tanto considerando que Suárez estaba en connivencia con los guardias civiles que asaltaron el Congreso o que Carrillo se aferraba a la heroicidad del que no tiene nada que perder, porque en un cambio de tornas de poder, de vuelta a la dictadura o gobierno de concentración, moriría de igual forma.
Casi se acerca al ensayo aun siendo novela, pero lo que plantea, a mi parecer, es un punto de vista tan revulsivo como interesante, porque la verdad es que en una semana que llevo un poco extraña es uno de los libros que me han hecho reflexionar y plantearme unas circunstancias que aunque se acercan a la conspiración —para qué negarlo— están ahí, y que pueden ser tan válidas como otras con las que nos amartillan los sentidos cada aniversario del suceso en cuestión, quizá hasta más. 
Si os lo he traído es para que juzguéis vosotros mismos y para que comprendáis que está la verdad que nos cuentan y la verdad que está ahí, y que aunque desde luego este libro de Javier Cercas no tiene por qué ser la verdad absoluta —seguro que no lo es— tal vez sea un pequeño rayo de esperanza para que poco a poco se vaya aclarando todo.
Podéis llamarme conspiranoica, quizá lo sea, pero con ciertas cosas me gusta darle una vuelta al pensamiento.