21 de mayo de 2021

El guardián entre el centeno, J.D. Salinger

Si la he elegido es porque en una época personal convulsa una novela no exenta de polémica siempre constituye una especie de bálsamo. 
Imagino que el ver que otros son o están peor que uno mismo produce una falsa imagen de bondad o éxito que nos exime de nuestra fragilidad real. 
Y es la experiencia de su protagonista, Holden Caulfield, la que se narra en esta fantástica novela de J.D. Salinger y la que le erige como icono de rebeldía adolescente
La élite a la que pertenece le marca, y le convierte en un joven arrogante, cínico e hipócrita. Lo peor de la sociedad.
Pero es precisamente lo que no quiere ser lo que más brilla en él, y, además de asco, acabas sintiendo pena. El sexo, el desmadre, los excesos... todo lo socialmente proscrito abunda en la novela, y es precisamente porque está proscrito que lo dota de una dolorosa realidad. 
Por más que se intente evitar, son esos «pecados» los que mueven el mundo, y el férreo control ejercido sobre ellos no hace sino fomentarlos, la belleza de lo prohibido. Salinger, ya muerto, huyó de la popularidad otorgada por su obra, llegando a desarrollar ciertos modos de conducta que rozaban lo compulsivo, y es curioso que ya cuando publicó esta obra se le considerara como un elemento disruptivo, un instigador de malas conductas, preludio, tal vez, de lo ocurrido, pero lo que más llama la atención es que, aún hoy, después de casi cincuenta años de haber sido publicada por primera vez, ésta sea una de las obras más prohibidas. 
Esto da que pensar acerca de la libertad de elección que tenemos. La manipulación y el control no hacen sino mostrarnos que realmente no todo es tan bueno como parece ser, y el hecho de que las palabras sean prohibidas, de que la expresión sea coartada, demuestran que quizá los que nos equivocamos seamos nosotros. 
Algo falla.

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